Sentadas de cara al océano, tomábamos café en vasos de cartón. Ella era mi custodio. En su rostro residía una feminidad provocativa que me excitaba. Estuve a punto de acercarme y besarla, pero ese impulso conllevaría que nunca me permitieran volver a ver el mar. — ¿Es verdad que te has pasado los mejores años … Continuado