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Noviembre 2023

EL CHICO DEL PISO DE ARRIBA… (Otoño de 1989)

Me lo encontré por la mañana en el rellano de la escalera de casa, oí sus pasos mientras cerraba la puerta con llave. Alguien, a mi espalda, me saludó. Yo, como señal de cortesía, le devolví el “buenos días” sin prestar demasiada atención, hasta que me giré y lo vi, miré aquello y me impresionó. Sin embargo, pude disimular mi repugnancia: su cuerpo no medía más de medio metro, me recordó a los seres diminutos y monstruosos de las películas de terror.

Su cara estaba completamente desfigurada, no sabría decir si lo tenía todo en su sitio o si le faltaba algo. Tenía la cabeza rapada por partes, como si se arrancara el pelo a mechones. Por suerte tuve fuerzas para contener el asco que me dio, pero estoy seguro de que él se  enteró de todo lo que en esos momentos me pasaba por la mente y por el estomago.

—Hola, vives aquí, ¿no? Yo estoy con mi madre en el piso de arriba, justo encima del tuyo.

Me sonrió, y me pareció extraño que un ser así pudiera tener todavía sentido del humor. Moví los labios avergonzado:

—¿Tú eres el nuevo…? Bueno, ya nos veremos, es que voy a llegar tarde al colegio, de hecho ya no llego a tiempo.

Hice un gesto de encogimiento de hombros.

—Tendré que correr…

—De acuerdo, como prefieras, supongo que querrás ir solo, es que ¿sabes? llevo aquí un rato esperándote, yo también voy a tu instituto y pensé…si no te importa, claro, que podríamos ir juntos, a no ser que te moleste mi compañía o que te vean conmigo.

Se miró su corta figura. Poco podía ver, pensé.

—No, no, qué tontería…vamos, pero démonos prisa.

 Mentí, ¿y qué otra cosa podía hacer?

—Gracias Jorge…es así como te llamas, ¿Verdad?

—Sí, Jorge Santos ¿Y tú?

—Yo…eeehh, mira ya está aquí el ascensor.

Bajamos sin hablar, un poco incómodos (al menos yo).

Anduvimos por las calles de Barcelona. Mi vecino me contó historias muy interesantes y me hizo reír con sus ideas que fluían inteligentemente, con rapidez y gracia. Sus ocurrencias casi me hicieron olvidar el apuro que daba ir a su lado, pensaba acalorado qué dirían mis compañeros, cuando me vieran con un tullido enano lleno de muñones. Llegamos y nos despedimos, dijo que iba a otra clase. Me alegré. Luego volvió todo a la normalidad, igual que todas las mañanas.

Nadie me comentó nada, supongo que no me vieron, mejor. Todo siguió con el mismo monótono aburrimiento cotidiano, salvo que mi mente no estuvo allí en todo el día. Abstraído, pensaba en el nuevo muchacho, qué rara sensación, me causaba malestar, pero por otro lado sentía una necesidad de verle que aumentaba a cada minuto que pasaba. Me preguntaba cómo podía vivir con tanta energía un engendro tan horroroso. En un descanso intenté indagar sobre el chico nuevo. Nadie supo decirme, ni siquiera estaban enterados de que hubiera llegado. Esto me confundió más, pues a esas horas tendría que estar hablando de él, todo el instituto.

Esa noche soñé con mi vecino de arriba. Su madre era como él, como un duende tras una dura guerra perdida. Me invitaron a comer, y a medida que hablábamos, me daba cuenta de que la batalla la habían ganado, pues si no fuera por el físico, eran personajes maravillosos convirtiéndose en hermosas hadas, espíritus de los genios de la tierra.

 La mujer trajo y puso sobre la mesa un plato lleno de cucarachas y otros asquerosos bichos, él los comía mientras reía a carcajadas. La madre también reía a gusto.

Después, trajo otro plato cubierto y al destaparlo se pudo ver el contenido:

Mi cabeza asomaba humeante, adornada con perejil y rellena de sensaciones de ridículo y burla, todo se podía ver claramente, igual que en las bolas mágicas de las gitanas. La cabeza miraba suplicante y las cucarachas entraban por la boca y los oídos, devoraban la carne. Ellos dos me miraban y decían:

—¿Cómo te sientes ahora?, ya sabes, ya conoces lo que es la desgracia, el sentirse comido. Ahora aprende a resignarte. Yo lloraba y rogaba que me sacaran de allí y entonces el chico se acercó y me hizo volver a la realidad, mientras una lágrima recorría su supuesta mejilla.

Desperté empapado en sudor, temblando de frío. Era temprano, me levanté y dejé caer una ducha con el agua congelada sobre mi castigado cuerpo (¿por qué habré dicho lo de castigado?). El solo pensamiento del chico del piso de arriba me perturbaba, me aturdía y a la vez me tenía perdidamente obsesionado, como poseído, me mortificaba. No sabía qué me ocurría y ese estado me inquietaba.

Con estos pensamientos ni siquiera me había dado cuenta del tiempo que llevaba bajo el chorro de agua. De pronto desperté y pegué un salto hacia la toalla. Había agarrado mucho frío y tiritaba, me froté con la toalla y me vestí a toda prisa. Seguía siendo muy temprano, pero temía que él no me esperara y necesitaba verle.

Madre me preparaba el desayuno. De la manera en que me miró, seguro que dedujo algo de lo que me estaba ocurriendo. Cuando preguntó me apresuré a negar con la cabeza.

—No pasa nada, mamá, no te preocupes.

Ya sé que no se lo creyó, pero tampoco podía contárselo. Aunque hubiera querido, ¿Qué le iba a contar? Le di un beso agradeciendo que no me hiciera preguntas.

—Adiós mamá, hoy llegaré pronto…te lo prometo.

La pobre mujer vino detrás de mí, trayendo los libros y el bocadillo. De nuevo gracias, adiós, ¿Qué te pasa?; nada, nada, adiós, cuídate hijo tienes mala cara.

—Sí, mamá, adiós.

Cerré la puerta de un golpe, me había empezado a agobiar con tanta ceremonia.

Bajé por las escaleras y allí en el portal me senté a esperar. Soplaba el viento, me subí el cuello de la cazadora, podía estar diez minutos más aguantando las inclemencias del tiempo. Cuando ya me iba, se abrió la puerta

—Hola Jorge, perdona que me haya retrasado. Mi madre no se encontraba muy bien.

Me contagiaba su alegría enigmática. Su mirada era triste, amarga, pero llena de comprensión. Estando a su lado, el jorobado de Notre-Dame parecía yo, me sentía bien, orgulloso de ser su amigo. ¿Me estaba volviendo loco? Creí por un momento que todo, incluso mi vida, dependía de él.

—Vamos, llegaremos tarde…

—Si, si, claro, vamos.

Desplegó el paraguas y yo lo aguanté mientras anduvimos por la misma calle.

Llegamos ante el edificio negro de posguerra, subimos las escaleras y, ya  resguardados, me dijo que se iba. Le pregunté a dónde y por qué, y no quiso o no supo decírmelo.

—Ya no hace falta, ahora nos hemos conocido.

De pronto, toda la lluvia me cayó encima. ¿Qué habría querido decir? se lo preguntaría después.

Como el anterior, pasé el día en otro mundo, ensimismado, pensando en el chico cuyo nombre ni siquiera sabía. Pensé de qué manera me había cautivado su simple presencia. Pocas palabras y creía conocerlo bastante bien, solo una incógnita me preocupaba. Di un pretexto al profesor para poder salir antes, tenía la esperanza de encontrarle, pero no fue así, por lo que me fui solo a casa.

Dormí otro extraño sueño. El y yo corríamos contentos por el campo, el sol siempre se apoyaba en la sombra de uno, así que cuando uno brillaba, el otro se apagaba, éramos hermanos, la luz y la oscuridad nos delataban. Yo era un enano y un gigante y madre nos llamaba, y era la voz de madre.

No pude llegar al final, desperté sobresaltado, salté como un resorte de la cama, con la última duda abrochándome los cordones de los zapatos.

Subí los pocos escalones que separaban los dos pisos. Allí estaba, frente a la puerta, sin importarme el ruido llamé al timbre con insistencia, hasta que oí unos pasos que se acercaban y una voz que preguntaba. Le dije que era el vecino de abajo. La puerta se abrió y un abuelo de pelo canoso asomó la cabeza.

—¿Qué te pasa chico?

—¿Dónde está él, el chico pequeño…? No sé su nombre…

—¿Te refieres al tullido?

—Sí, ése, llámele.

—Mira chaval, si me estás tomando el pelo se lo diré a tu madre. ¡Llamar a estas horas para esto!

—Necesito hablarle, llámele por favor. Llámele…

—Te estás poniendo pesado. El enano vive abajo, justo debajo de mi piso.

—¿Qué dice?, si ahí vivo yo, no puede ser.

El viejo me cerró la puerta en las narices, quizá tenía razón.

Me quedé allí un buen rato, como un idiota. Caí como por un golpe.

Qué ciego había estado todo el tiempo, bajé corriendo y antes de entrar me detuve, sonreí y miré mi cuerpo pequeño, por primera vez respeté ese físico de ciencia-ficción. Me sentí orgulloso de mi lucha para que todos compartieran mi visión y no compadecieran la magia  de los gnomos, genios de la tierra habitada por los difíciles humanos.

 

 

© All rights reserved Kim Bertran Canut

 

 

Kim Bertran Canut. Jubilado, vive en Barcelona (España) 

Tiene dos novelas, relatos y escritos sociales. Hace fotografía callejera (Literaria) 

Correo electrónico perrodecarton@msn.com 

 

 

 

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