EL INQUILINO. Leonardo Espinal

Llegué a casa mucho más tarde, hambriento, y hastiado de lo usual, por lo que fui recibido por una inquietante cantidad de preguntas por parte de mi amada esposa apenas puse un pie en la sala principal; demasiadas para mi gusto. Por lo tanto, decidí ignorar sus interrogantes por completo y en cambio me acerqué a ella para darle un fuerte abrazo que efectivamente logró calmar su fluctuación de emociones.

—Todo va a estar bien —murmuré en su oído derecho antes de trasladarme al comedor, donde un jugoso filete de res bañando en salsa de pimienta negra me esperaba con los brazos abiertos bajo una tenue luz amarilla que perfectamente iluminaba la mesa en la que gozaría de mi ansiada cena. La emoción que recorrió la plenitud de mi larguirucho cuerpo fue tal que desencadenó un insaciable apetito primitivo que me impidió tomarme la molestia de buscar los utensilios necesarios, por lo que procedí a comer con mis manos desnudas; una imagen semejante a un voraz león devorando su desamparada presa en un auténtico frenesí. Capté un vívido vislumbre de esa imagen bestial cuando levanté la mirada y me encontré con mi propio reflejo en la puerta de vidrio opuesta al comedor que llevaba al patio. Los suculentos jugos de la carne y la salsa de pimienta negra se podían ver babeando de mi boca para gotear de vuelta en el empapado plato de porcelana, cuando de repente, mi reflejo esbozó una desconcertante sonrisa de oreja a oreja que congeló mi cuerpo en un santiamén, y fue en ese espeluznante momento que escuché un par de pasos ligeros bajando por las gradas, los cuales resultaron ser del inquilino que había estado viviendo en nuestro cuarto de huéspedes por poco más de un año. Su renta era muy baja, debido a que el cuarto apenas encajaba una cama individual y un pequeño armario de madera, pero su dinero nos ayudaba con la hipoteca de todos modos. Frunció el ceño en puro disgusto tan pronto me vio comer sin utensilios tal animal salvaje, algo que no me molestó viniendo de él, por la simple razón de que nos hemos hecho muy cercanos. Le dije que el hambre siempre saca lo peor de nosotros, una respuesta que no lo detuvo de asentir con desaprobación antes de adentrarse a la cocina en busca de un cuchillo, con el cual empezó a hostigarme sin cesar, insistiendo que lo tomara para así dejar de comer con las manos. Fue en ese odioso momento que mi esposa regresó con sus molestas preguntas acerca de mis llegadas tardías, y estas rápidamente se tornaron en reclamos hacia el inquilino, exclamando que dejara de prestarle tanta atención. Intenté escapar de sus interrogantes con respuestas evasivas, pero ella se rehusaba a darme un solo segundo de paz ininterrumpida y continuó elevando su voz, así que en cuestión de segundos, arruinó mi preciada cena. Sentí como la sangre me hervía al ver que su hostigamiento no conocía límite alguno, entre tanto mi reflejo me regresaba la mirada al estilo más puro de Nietzche con un par de ojos que llegaban hasta los rincones más oscuros y recónditos de mi subconsciente, nublando mi abrumada mente con una serie de pensamientos incontrolables. Fijé mi mirada en el inquilino que había dirigido su atención inmaculada hacia mi esposa mientras ella lo ignoraba como siempre suele hacerlo. Luego, volvió a fijar sus oscuros e intimidantes ojos en mí, y cuando nuestras miradas se encontraron, un trance hipnótico aligeró mi cuerpo de manera repentina, logrando apagar la voz de mi esposa por completo; podía verla mover la boca y las manos, pero ningún sonido salía de ella. Experimenté la gradual erosión de mi cordura en cada pasante segundo en el que nos mirábamos profundamente el uno al otro; somos tan parecidos, pero al mismo tiempo antónimos adversos. Y fue en ese aberrante momento de convergencia que el inquilino de repente apuñaló a mi esposa por la espalda sin romper contacto visual conmigo por un solo segundo. Sus perturbadores gritos de terror asaltaron mis ya delirantes sentidos, haciéndome perder la consciencia en un fugaz abrir y cerrar de ojos. De un segundo a otro, me encontré tirado en el suelo junto a un escalofriante charco de sangre proveniente del frio cuerpo de mi amada y bajo el agobiante peso de una mente atiborrada de pensamientos inteligibles. El inquilino inmediatamente trató de ayudarme pero me levanté por mi cuenta y lo empujé con todas mis fuerzas. Le grité una y mil cosas hasta perder la voz, sin embargo, él respondió que era una simple cuestión de tiempo, ya que siempre quiso hacerlo. Trató de acercarse para consolarme pero lo golpeé a través de la mandíbula tan pronto puso sus espantosas manos en mí tremulante cuerpo, logrando que cayera inconsciente por los suelos. Sin pensarlo dos veces, lo arrastré hasta el baño y rápidamente fui al sótano en busca de una soga, con la cual lo até al inodoro de tal manera que le fuera imposible desatarse. Di un paso atrás y lo quedé viendo de una manera repugnante por un minuto entero a medida que un diluvio de impulsos inundaba mi mente, y cuando recobró la consciencia, finalmente me decidí. Salí del baño y corrí al cuarto principal lo más rápido que pude. Abrí la puerta de un golpe y en la última gaveta de mi mesa de noche encontré lo que estaba buscando: el revólver que él me regaló hace un par de meses; lo cogí con decisión y regresé para confrontarlo. Una vez dentro del baño, cerré la puerta con llave y el inquilino se fijó en el arma que sostenía en mi mano.

—¿Cómo tienes el descaro de odiarme cuando a ti también se te cruzó por la mente más de una vez? —dijo con su característica voz calmante, capaz de encarrilar cualquier situación a su favor. Sentí una necesidad innata de responderle, pero siempre hace eso, dice cosas para jugar con mi subconsciente, así que me resistí, amartillé el arma, y le apunté sin el menor indicio de vacilación. Me sentí sumido en una realidad distorsionada que al igual que las antiguas Moiras griegas, amenazaba con cortar los últimos hilos de cordura presentes en mi ser a la vez que miraba la distorsionada silueta del inquilino a través de la mira. Mientras tanto, la desgarradora realidad se veía reflejada en el espejo de baño: Yo, completamente solo con manos culpables y ensangrentadas, apuntando el frio cañón a mi propia, abrumada cabeza; jalé el gatillo y la maldición que tornó mi vida en una terrible agonía repleta de días desdichados y noches eternas de insomnio por fin se desvaneció como la radiante sonrisa que alguna vez llegó a caracterizar a mi jovial persona.

© All rights reserved Leonardo Josué Espinal
Leonardo Josué Espinal (
Tegucigalpa, 1999). Un joven escritor bilingüe que actualmente cuenta con un ensayo, dos cuentos, y tres artículos a su nombre: The Triviality of Our Pale Blue (Sky Island Journal), El Inquilino (Nagari Magazine), Pútrido (Revista Esperanta), La naturaleza de la nada (El coloquio de los perros), Un Holocausto moderno (Revista Esperanta), y Hesíodo: El creador de dioses (Revista Literaria Galeradas).

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