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Puede 2026

EL PITIDO. Gustavo Rivas

Mi perro ha de burlarse de mí cada vez que le ladro al microondas. Reconoce el zumbido del electrodoméstico en marcha y corre a buscarme. Me observa sentado, con las patas delanteras marcando paso, la boca cerrada, las orejas atentas. Yo ladro en cuanto suena el pitido, lo más fuerte que me permiten las cuerdas vocales. A veces aúllo si la comida es para mí. Cuando callo, ahí está mi perro, con la boca abierta y la lengua de fuera, jadeando. Una carcajada bastante bruta, pero la distingo.

Mucho antes de que pudiera articular mis primeras palabras o asociar el sonido con la hora de comer, el pitido del microondas detonaba ladridos en mí. De bebé, a mis padres la escena les parecía tierna y la provocaban frente a amigos y conocidos. Programaban el microondas con apenas cinco segundos para hacerme ladrar. Una y otra vez. Conforme crecía, dejó de tener gracia. Vinieron las horas de terapia, los regaños, los castigos. Nada lograba evitarlo, así que se optó por prescindir del microondas en casa.

Pero entre más me enfrentaba al mundo, más me topaba con el aparato. En la escuela, en casa de mis amigos, de mis novias, luego en el trabajo. Me convertí en una burla. Empecé a vestirme raro, adopté manías, con la esperanza de diluir la extrañeza de los ladridos. Convertirlos en un grano de arena en un mar de excentricidades. Funcionó a medias, más por el aislamiento que por otra cosa.

Tuvimos que comprar un microondas después de una fuga de gas. Para cuando arreglaron la estufa, mis padres ya no estaban dispuestos a renunciar a él. Tuve un atisbo de esperanza cuando apareció la freidora de aire. Corrí al Costco a comprar una, la más grande que encontré, pero ocurrió lo mismo. Con el timbre, yo ladraba. Durante meses me dediqué a detener ambos aparatos antes de que el temporizador llegara a cero. Hasta que llegó Timoteo.

Tener un perro siempre fue motivo de conflicto en mi casa. Mis padres no lo querían. Un animal que les recordara mi condición. Un día mi padre atropelló a uno y lo llevó a la casa. Iba a quedarse sólo mientras se recuperaba, pero no se fue. Se ganó nuestro cariño y ese ridículo nombre. Él me eligió a mí. Tal vez porque sabía que yo hablaba su lengua y emitía sus mismos sonidos. Junto a él, yo dejé de sentirme un extraño. Ya no me importó parar el microondas. Los ladridos, míos o suyos, gobernaron la casa.

Nunca me molestó que el perro se burlara de mí. También yo sentía gracia al verlo arremeter contra su mundo de ladridos: el camión de los garrafones, el repartidor de Amazon, las palomas que llenaban el jardín de mierda. En todo caso, me lamentaba de que no les ladráramos a las mismas cosas.

Entrenamos a Timoteo en lo básico: que no se orinara adentro, que no se subiera a los sillones. Aprendió rápido qué podía hacer y qué no, y cómo esas normas cambiaban según quién estuviera en casa. Al verlo, pensé que la solución a lo mío se encontraba con un adiestrador.

Quise poner a prueba mi teoría, antes de pasar por la vergüenza de contratarme al adiestrador. Utilicé a mi perro como sujeto de pruebas, pero no dio resultado. A diferencia de cómo aceptaba el regaño por destruir un cojín, rechazaba con vehemencia cualquier reprimenda por ladrar. Era como si le pareciera injusto ser castigado por ceder a sus instintos. Ladrar, tal vez, provenía de un deseo inherente a su especie. Un deseo que compartíamos.

Por entonces me aceptaron en uno de los trabajos a los que había aplicado. En mi intento por alejarme de los microondas, había solicitado una posición como cuidador de un faro, en una planta petrolera, en un crucero de Disney. Quedé en este último y, con suerte, me tocaría utilizar una botarga de Pluto y todo encajaría. Lo único que me pesó fue dejar a Timoteo. Después, en una llamada con mi madre, me dijo que ahora el perro le ladra al microondas cada vez que suena.

© All rights reserved Gustavo Rivas Torres

 

 

Gustavo Rivas Torres. Nacido en 1999, en la ciudad de San Luis Potosí, México. Ganador del Concurso Estatal de Cuento 2012 en la categoría juvenil. En 2016, concluyó el taller: “Análisis de creación Literaria del CEARTSLP”, impartido por Xalbador García. Durante 2018 participó en el curso: “Los exiliados de la revolución mexicana en Cuba, una historia por escribir” del Colegio de San Luis. Publicó en la Revista Matices, 2020, la Revista Resonancia SoM #2, 2021 y Nagari 2024

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