ELLA MAGDALENA MEDIA Y OTROS MICRORRELATOS. Fernanda Palomino

Ella Magdalena Media

Amo los murmullos de un río mujer. Ella es plateada en la noche, los hipopótamos que habitan allí también lo son, nunca discuten delante de Ella, pero salpican el agua, salpican como si se tratara de un charco. Todas las noches me dice que sople, que sople como si fuera brisa y si empieza a rascarse, ellos se sumergen en el río y a lo lejos es como si flotara… se la llevan cuando su cuerpo se irrita. Al volvemos a ver, tiene otra mancha blanca en forma de mapa. Tal vez un lugar nuevo al cual ir.

Se sube en el lomo de uno de ellos para hidratarse, de esa manera evita descascararse sin consuelo por ver piel. Luego me permite acompañarlos a buscar comida, aunque sea por horas. En la hierba, los hipopótamos no son tan agresivos y la puedo observar de cerca. Estando desnuda me saluda, nunca estamos completamente en silencio, pues ella no puede evitar hacer chiflidos extraños cuando respira. La luz de mi linterna refleja los pedazos plateados que todavía no se han caído. No sé dónde reposa al salir el sol y, en ese instante cuando de repente regresa el color rojizo en la piel de estos animales.

Pronto será temporada de lluvia y aun así iré a visitarla. El río que le pertenece a Ella esmalta la hierba húmeda que huele a noches ajetreadas, y cubre a los hijos de las madres hipopótamo que la cuidan. El agua da hasta las rodillas estando en el lugar de siempre. Entre tanta lluvia aparece y me besa, no cierro los ojos, mis manos están en la piel más blanca que jamás haya visto y su cabello es el más blanco. El beso blanquecino fue interrumpido mientras me decía su nombre: “Magdalena Media”. Y ya no recuerdo su voz.

De manos y de pies

Vahos nocturnos, la brisa siempre es fresca en la madrugada descalza. Cómo se mueven las pitas del tendedero y en lugar de sábanas blancas que me acarician la cara, obtengo cuerpos fríos y delgados que me extienden sus manos de un lado y del otro los pies. La lechuza nos silencia a todos, nos ve desnudos, esperando que la noche nos seque, como un cadáver que no colabora y que espesa el suelo. La lechuza siempre me ve.

Huele a hierba húmeda. Llovió sobre la limonaria. En el patio, arriba del tragaluz, hay un ratón muerto, se parece al que vi en mi último sueño. Aquel entraba en una alcantarilla rodeada por unas ratas diminutas, del tamaño de hormigas. Estas yacían en el pasto, secas de tanto sol, de tanta luz.

Prendí unas velitas cerca de las botellas que colecciono, espero que pase la Virgen o que se me cumpla el deseo: dejaré de trabajar en esa tienda de ropa. Odio que ellas me extiendan la mano para buscar una talla que les quede, incluso verles los pies cuando se suben el jean. Pienso en los barandales calientes sobre los que me colgaba de cabeza al mediodía. Y me condenso. Y chiflo como las botellas verdes con aliento a licor. A las 4:00 a.m., bailo entre las tiras que arrastran en el piso, descuelgo mis tallarines rojos y beis.

Naves y torres o naves y ábside

Entonces me sueñas con el torso plateado cuando quieres mantener la cabeza fría, cuando quieres conservarla. Tú sabes mejor que nadie las implicaciones de este color. Y yo soy nadie, o algo, dirías…Por un milagro dado gracias a un comprometido acto de fe, logras fundirte en mí y hacer que mis hilos metálicos te enreden. Nos convertimos en una pieza de filigrana momposina.

Desde arriba le sonrío a tu espalda que se mueve tranquila, todavía respiras. Inhalas mi aire y yo exhalo el tuyo. Respiramos. Ahora besas mi corazón sin que los senos lo impidan. “Liviandad, liviandad, los amantes han de ser livianos”, repites deliberadamente. Siempre insistimos, vestidos de feligreses en un amor criado por Dios, tu cuerpo que sale del mío o el mío que sale de tu cabeza bajo el ábside de la Iglesia que sólo los tres conformamos.

Ahí las naves y las torres plateadas. Pintadas en el escudo de mi torso compartido. Ahí tu canto inesperado haciendo eco en mí. Ahí nuestras ganas de habitarnos, tus ganas de vivirme. Ahí las naves nuevamente y el ábside, que definitivamente son algo, mas no lo sabemos todavía. Las naves que invaden mis torres, las mías que invaden las tuyas.

Este es el sueño que no me contaste, el sueño recíproco de los buenos amantes, que definitivamente caminan por el techo. Desnudos, helados, con el amor del que me sueña o el amor de la que es soñada, sin importar si existe recuerdo, porque queda el deseo de este.

© All rights reserved Fernanda Palomino

Fernanda Palomino (Cartagena de Indias, 2003). Es narradora, binóculo del sueño y sus vínculos con la Tierra están dispuestos por el arte. Ganó el segundo lugar en categoría ensayo del concurso de Historia “Manuel Ezequiel Corrales” (2019), y actualmente colabora con el Taller Independiente de ilustración Leen en una publicación colectiva para su nueva Casa Editorial independiente. También ha hecho parte de diferentes espacios que promueven la cultura en Colombia como la Biblioteca Luis Ángel Arango.

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