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Diciembre 2023

BESTIA*. Joel Alba

 I

 

La bestia llegó días después del eclipse. Varias noches antes los ancianos presagiaron su visita. Tras observar los sellos del cielo y leer la voz fría de lo inminente, supieron qué se avecinaba. Los jóvenes, empero, que se creían capaces de escapar por sus piernas ágiles de cualquier augurio; por no entender la vastedad de lo irremediable, ignoraron sus palabras.

Desde los días más tiernos aquella tierra sabía en sus entrañas que vendría la tarde en que el gran cambio sucedería. Riachuelos que corrían en sentido contrario a las aguas de los ríos mayores y árboles que daban mariposas a cambio de hojas de vez en vez, eran señas inequívocas de la naturaleza contrariada de aquel país ubérrimo y de nubes al roce de la mano.

A su llegada, la bestia los encontró desnudos y ebrios. Incapaces del combate intentaron presentar defensa. Subieron a las débiles murallas y desde las almenas combatieron con lanzas de pasto y flechas de flor. Hicieron uso de alabardas de escarcha y desenfundaron sables de polvo. Luego, derrotados, suplicaron clemencia hincados sobre espejos de lágrimas.

Los ancianos atravesaron las líneas de la juventud derrotada y, alzando las manos en señal de resignación, solicitaron una audiencia. La bestia aceptó, comunicándose con ellos a través de signos que los jóvenes fueron incapaces de entender. Luego los ancianos marcharon con la bestia hasta la punta del más alto de los montes de Sirina.

Tras nueve soles los ancianos regresaron al pueblo, cabizbajos.

Hicieron saber a su gente las condiciones de la tregua. Cada semana deberían ofrecerle una mujer a la bestia. A cambio, los dejaría en paz por siete días; luego regresaría por otra joven y así sería hasta el fin de aquel país.

La resolución se tomó casi de inmediato: todos estaban de acuerdo, pero la elección del primer tributo tomó casi toda la semana. Anduvieron por el pueblo buscando y rebuscando a la elegida y, más porque amaban a todas que porque ninguna fuera digna, no acertaban a decir un nombre.

Estaban en la mitad de la plaza, los más sabios de los viejos y los más fuertes de los jóvenes intentando decidir, cuando una joven de no más de veinte años apareció, ofreciéndose como la primera víctima. El pueblo aplaudió su valor y esperaron el retorno de su verdugo.

II

Vieron llegar a la bestia por entre el vapor de las mil nubes que habían siempre opacado su horizonte. Los cuernos enormes e incontables. Los brazos hercúleos, despiadados. El torso, invencible. Los ojos, hirvientes.

La joven fue hasta la bestia. Lo hizo con la mirada firme y el destino aceptado. Partieron juntos. Se alejaron andando por la bruma. Despejaron de vapor al paisaje con su andar mitológico.

Siete días después la bestia regresó para recolectar su nueva ofrenda. Juntos se marcharían, víctima y victimario, alejándose en la bruma. Despejaron el horizonte un poco más al partir. Con su viaje, un nuevo tiempo comenzaba su conteo.

Cada semana una mujer dejaba el pueblo para irse con la bestia. Cada semana la bestia regresaba por la siguiente. El pueblo iba quedándose sin mujeres y los hombres seguían lamentándose. El horizonte se iba quedando sin nubes.

Fue hasta que tocó el turno de Gema, la esposa de Iván, que las cosas cambiarían.

Al enterarse de la decisión de que su esposa sería la siguiente, Iván fue hasta donde Gema y le pidió que le permitiera ver su guardarropa. Debían ser veloces pues los días eran mínimos, y ante aquella verdad Gema no dudó en hacer caso a su marido en cualquiera que fuera su idea en tanto esta viniera rápido.

Rebuscaron entre las prendas y, a fuerza de hilo y aguja, lograron hacer que uno de los vestidos de Gema entallara perfectamente en el cuerpo de Iván. Pasaron también largas horas ensayando distintos maquillajes y otras tantas haciéndole unas zapatillas. Aquellas serían tal vez las tardes más felices de su matrimonio.

Puntual, la bestia retornó. Iván fue a encontrarse con ella caminando esbelto sobre sus zapatillas. Andaba con la mirada firme al frente y la cabeza erguida. Marchó con un paso decidido a la vez que rítmico y delicado.

 La bestia se marchó con él, sin saber que era él, e Iván llevaba bajo el vestido un puñal enorme con el que esperaba terminar con la maldición y liberar al pueblo. Salvar a Gema.

III

 

Pasa la semana y no hay noticia de la bestia como tampoco la hay de Iván. Dos semanas y las cosas no cambian. Se cumple el mes y luego otras dos lunas y el pueblo casi ha olvidado la maldición, la batalla ridícula, los mil sacrificios. Para entonces hay vino nuevo. Sólo Gema parece recordar.

Una mañana, sin embargo, ven desde lejos llegar al demonio a través de los montes. El pueblo entero tiembla, todos excepto Gema, que corre hasta el borde del acantilado a encontrarse con el monstruo. Entonces ve que Iván viene en su hombro, sostenido de uno de sus innumerables cuernos.

Al llegar al pueblo la bestia se agacha para permitir que Iván baje y ande su tierra. Viene ataviado con un vestido bellísimo y blanco y también porta nuevas zapatillas. Su cabello es más largo y no hay ni rastro de su antigua barba. Gema quiebra en llanto al ver el enorme sacrificio y suponer todos los dolores de su marido. Corre hasta él, a abrazarse de su cuello fuerte y sus hombros de héroe.

Pero él la abraza apenas. Reniega el beso con que intenta recibirlo y mirándola a los ojos le dice que se marchará de nuevo. Es la única forma de protegerla. Ella llora aún más y lo golpea en el pecho. Él la toma con suavidad. Entiende su furia.

Debe marcharse. Se lo repite. Es por su bien y el bien de todos. Gema no lo entiende, pero sabe que es cierto. Iván se despide de ella con un abrazo, preguntándole si podría hacer algo por él antes de que se marche para siempre. Gema, con los ojos llenos de lágrimas, observada por el pueblo entero, le dice que por él haría lo que fuera.

Iván entonces saca del escote de su vestido un papel y pide a la gente del pueblo pluma y tintero. Gema lo lee incrédula. Sus ojos alternan entre la mirada de Iván y el documento. Perpleja, firma. Él se despide de ella cabizbajo. No puede ocultar la sonrisa de cualquier modo.

Sube al hombro de la bestia y, antes de retirarse, muestra su mano al pueblo, donde hay un anillo de hueso. Al ritmo que se alejan, las últimas nubes del horizonte se despejan y el paisaje es claro por primera vez.

IV

Mientras se marchaban, el pueblo arrojó arroz a grandes puños.

 

 

* Cuento del libro Códex Sirina, ganador del Premio Municipal de Narrativa San Luis Potosí “Raquel Barba Farfán” 2022 (México).

 

© All rights reserved Joel Alba

Joel Alba (San Luis Potosí, 1992). Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Especialista en Tecnologías Digitales de la Comunicación. Director y fundador de Behind, se desempeña profesionalmente como productor audiovisual y publicista. Ganador del premio nacional “Transparencia en Corto” del año 2018 con el cortometraje Ambivalente. Ha publicado en los números 0 y 1 de la revista Epéktasi, así como formado parte de distintos círculos de lectura.

 

 

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