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Puede 2026

El Hotel Thomas Jefferson: Martina y nuestros impulsos homicidas

A Jessica Espíndola

 

 

No me quedé en Tampa Bay, donde tenía asegurada esa estabilidad gris que todos buscan.

Decidí ir a Miami, estar un tiempo, irme y regresar, como quien no puede evitar tocar una herida abierta.

Miami, 1999

Hasta que no puse el dinero sobre la mesa, Jean Paul no dejó de ignorarme. Era el manager y dueño del Thomas Jefferson: una estructura vieja y asolada de tres pisos y cien habitaciones. Jean Paul no estaba loco, todavía. Tenía un vacío estructurado; un agujero funcional donde otros almacenan los límites. Vivía como si supiera que no llegaría lejos y, por eso, lo quemaba todo antes de tiempo. No amaba, no odiaba: ensayaba cada gesto.

Al regresar al hotel, creí ingenuamente que si me alejaba de ciertas personas todo iría bien. Era una oportunidad para recomenzar, pero el entorno era un campo minado. Roberto y Silvia por fin vivían juntos. Fran seguía cantando en el boulevard de Alton Road. Marco, en cambio, se había hundido en un desprecio absoluto por sí mismo; se roció nafta en el cuerpo pero no se atrevió a encender el fuego. Nadie lo ayudó. Poco después, terminó ahogado bajo el puente de la Flagler Street.

Miami olía a cloro vencido y a grasa solar maldita. Todo brillaba como una trampa. El cielo estaba inmóvil y los cuerpos anestesiados por la promesa de pertenecer. Queríamos huir, pero acabábamos de llegar.

  1. Martina y el laboratorio

Unas semanas antes llegó Martina desde Montevideo. Era bajita, excesivamente joven y hermosa, con un cabello negro de un ondulado perfecto. Jean Paul, con esa insistencia de proxeneta encubierto, nos presentó. Paseamos hasta la madrugada en su Mercedes descapotable por la costa de Key Biscayne. Yo hablaba febrilmente, como si no hubiera un mañana.

Mientras nosotros simulábamos romance, el hotel se desmoronaba. La chica del pasillo, traída desde Camden para rehabilitarse, gritaba a través de las paredes: “¿Curarme? ¡No!”.

Poco a poco, Martina y yo conectamos en nuestros delirios. Aquella algarabía nocturna me costó el empleo. Sin dinero, Silvia —una argentina recién llegada— me ofreció la solución: estudios clínicos.

El objetivo era probar un fármaco para aumentar la serotonina y la oxitocina. Martina se integró de inmediato. Pasamos de la cotidianidad a ser conejillos de indias.

A la mañana siguiente comenzó el estudio. Al tercer día, un grito rompió el equilibrio. Un hombre saltó de la cama y se acurrucó en una esquina, balbuceando. Empecé a sentir una inestabilidad acentuada; me sostenía de una silla para no saltar por la ventana. Al quinto día, todos compartimos la misma alucinación: una luz relampagueante que nos cegaba.

El informe clínico decía: “Respuesta serotoninérgica anormal, reactividad limítrofe a estímulos externos, niveles inestables de cortisol y dopamina”. En otras palabras: propensos al caos. Nuestra biología gritaba.

III. El retorno y la explosión

Volvimos al Thomas Jefferson con dinero en los bolsillos y los nervios destrozados. La primera semana fue dura. Martina dormía sin parar, despertando solo para llamarme.

Martina se me acercó, pálida.

—Estoy cansada —me dijo—. Después de la pastilla pienso más de lo debido. Veo una plazoleta y un jardín en mi cabeza, y me veo a mí misma allí, sin público.

Le pedí que abandonara, pero se negó. Me mostró sus brazos negros de moretones por los pinchazos. Quería llegar al final.

Esa noche, la ruina del hotel dejó de serlo. Subimos los tres pisos tropezando y riendo. A oscuras, encendí velas. Todos los deseos contenidos bajo el efecto de los fármacos estallaron.

Deseé a Martina como una vía de redención. No por amor, sino por una urgencia primaria. La miraba como si poseerla pudiera salvarme de lo que ya había hecho y de lo que estaba por hacer.

  1. El salto y el martillo

Caminando por el pasillo del tercer piso, vi a la chica de Camden plantando una semilla en una maceta. Llamó a Jean Paul y, con un clic seco, quitó el seguro de la ventana. Saltó. Se estrelló contra el asfalto del estacionamiento. Quería que la viéramos.

—¿Sabes que Martina tiene diecisiete años? —gritó histérico—. Si la madre quiere, irás a la cárcel. Te largas de aquí.

Le prometí pensar, pero al regresar a mi habitación, la cerradura estaba cambiada.

Caminamos por South Beach, entre el Club Deep y la Ocean Drive, intentando que el alcohol apagara la rabia. A las 4:00 a.m., Martina y yo volvimos al hotel. Silvia nos esperaba llorando. Jean Paul había entrado en su cuarto, la había mordido y forzado a desvestirse.

Mi mente hizo lo único que sabía hacer: calculó la distancia entre la puerta de su piso y la pared del frente. Martina vigiló mientras yo sacaba gasolina de un coche. Tomé un martillo y un cuchillo del armario del estacionamiento.

Entré rompiendo todo. Los vidrios del lobby, la pantalla del televisor, los muebles antiguos que Jean Paul tanto amaba. Martina abrió el maletero del Mercedes y arrojó un mechero impregnado en nafta.

Jean Paul intentó salir, bramando desde adentro. Martina empujó un mueble pesado contra su puerta, bloqueándolo. Cuando logró asomar la cabeza, yo ya había levantado un televisor viejo. Lo dejé caer con todo mi peso sobre su cráneo. Los soportes metálicos le atravesaron la cabeza; astillas de hueso saltaron por su oreja izquierda.

Lo observamos mientras balbuceaba incoherencias, arrastrándose como una oruga sobre el suelo manchado. Martina me abrazó y me besó entre las cenizas. El trabajo estaba hecho.

Epílogo

Veinte años después, el secreto sigue intacto. Por azar, volvimos a coincidir en las costas del Mediterráneo. Al hablar, seguimos sin saber cómo justificar aquella venganza desproporcionada. Pero una extraña alegría me invade al recordar ese hotel ruinoso.

No éramos víctimas del sistema. Éramos exactamente lo que elegimos ser cuando nadie miraba. Lo letal no fue el fármaco, ni Jean Paul, ni el hotel. Lo letal fue descubrir que podíamos hacerlo sin que nos temblaran las manos.

 

 

© All rights reserved Juan Carlos Vásquez

 

 

 

 

Juan Carlos Vásquez (Valencia, Venezuela) es escritor y articulista cultural en la revista Cooltivarte – Montevideo. Su obra abarca narrativa y poesía, con una estética marcada por el submundo urbano, la soledad y una sensibilidad neo-noir.

Ha publicado títulos como Pedazos de familia (2000), Vulnerables (2019), Ward’s Island: El lado oculto de Nueva York, Colapso. Poesía reunida (1999–2022) y Crónicas por Barcelona (Araña Editorial, 2024, Valencia, España). Sus textos han aparecido en diversos medios literarios de Europa y América.

Es editor de Kaos Review, proyecto vinculado a Herederos del Kaos. Por más de dos décadas vivio en ciudades como Nueva York, San Francisco y Barcelona. Actualmente reside en Valencia, Venezuela.

Correo electrónico: jcvasquezf@gmail.com

Website: https://juancarlosvasquez.carrd.co/?hl=es-US

Portafolio: https://herederosdelkaos.blogspot.com/?m=0

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