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A todos los pichis del mundo.
A Fogwill.
Parte profunda del suelo de las regiones frías permanentemente helada.
– El viento, sopla y sopla. Amanece nevando y puede estar así toda la semana. Yo ya me acostumbré Castro, te vas a acostumbrar.
Eso fue lo que le dijo Romero a Castro cuando se bajó del camión verde oliva que se perdió en la niebla.
Romero estaba habituado a trabajar en el frío. Castro venía del norte, del campo, nunca había estado rodeado de agua, nieve y blanco permanente. Era dócil. Comía sin hablar. En las pocas horas de luz, paleaban la nieve, debían encargarse del mantenimiento de los contenedores y asegurarse del funcionamiento de las bombas de combustible.
Vivían en una casilla precaria en medio de la nada. Se encontraban a unos cuarenta kilómetros de Puerto Deseado donde en otra época los primeros corsarios naufragaron por las fuertes tempestades del estuario. A lo lejos cuando no había tanta bruma asomaba un cañadón y abajo en la orilla arenosa las olas golpeaban contra las piedras de las caletas.
El viento frío sacudía los calafates. Tenían que sobrevivir austeramente en ese lugar árido y deshabitado.
Romero observaba los movimientos de Castro todo el tiempo. Era un tipo acostumbrado a dar órdenes. Solía ser torpe y tenía poco tacto. Sin embargo, algo de Castro lo ablandó desde el primer día. Romero nunca tomó un arma en su vida, ni recibió formación militar pero había aprendido las mañas de un brigadier para el cual había trabajado varios años.
Romero le hablaba y Castro pocas veces respondía. Cuando bombeaba el combustible se demoraba, tanteaba la boca del generador, ladeaba la cabeza dando un rodeo hasta dar con la palanca.
– Veo con un sólo ojo– se disculpó Castro.
Dormían en esa casilla en camastros altos para mantener los colchones aislados del frio. Castro doblaba meticulosamente su ropa, se acostaba, y miraba el techo hasta que el sueño lo vencía.
A la mañana con unos mates y unas galletas entraban en calor y se ponían a trabajar. Al rato, cuando Castro terminaba de bombear el combustible llegaba el camión cisterna del ejército. Al volante un soldado con uniforme, bajaba apenas la ventanilla y con su mano derecha hacía la venia. Tenía puesto un pasamontaña, un casco y un impermeable camuflado que le cubrían la cabeza y la cara. Sólo se veían sus ojos grandes que parecían no estar en ese lugar. El soldado no hablaba y enseguida subía la ventanilla empañada. La escena se repetía todos los días.
Castro calzaba la manguera en la boca de la cisterna del camión.
Cuando la cisterna se llenaba, el camión se iba y Castro se ponía a escuchar las olas que golpeaban contra las rocas y el mar que aullaba. De noche se oían ronquidos como si fueran de un leviatán que se hundía en el océano. Por momentos miraban el cielo intentando adivinar si lo que escuchaban eran Fokkers o Hércules.
No existían las horas para ellos .El tiempo estaba detenido, pero Castro y Romero se sentían a gusto en la casilla. Afuera soplaba el viento sin piedad. Por la ranura de la puerta silbaba el aire escurriéndose. En el brasero se oía el crujido del carbón al arder.
El camión les dejaba una caja que tenía el sello con la inscripción: “Fuerza Armada Argentina” y otro que decía “Ración de Combate C”. Toda la comida llegaba empaquetada a ese lugar. Cada ración contenía un desayuno con un sobre metalizado de café con leche, tres galletas y una mermelada de damasco. Adentro de la caja también venían unas latas de 380grs de fideos con albóndigas en salsa y unas pocas de guiso de lentejas.
Esa noche Romero abrió la caja de fósforos Fragata, raspó la cerilla en la suela de la bota, prendió la hornalla y puso a calentar el guiso.
Castro dio vuelta dos baldes de latón como asiento y de mesa un cajón de manzanas de Rio Negro.
Al rato Castro levantó la cabeza y olió,
– Ya está.
Se sirvieron en sus platos hondos de lata.
Después de comer, Romero le convidó con un chocolate blanco ARCOR cuadrillado. Lo partió por la mitad y se lo dio.
Prendió la radio a transistores y subió la antena para escuchar algo. Se sentaron a jugar al truco. De fondo cantaba Charly García.
– ¿Qué te pasó en el ojo?
– Me lo reventaron en la cárcel.
Romero se sirvió un vaso de agua y sin levantar la cabeza de las cartas le preguntó;
– ¿Por qué te metieron?
Castro se acordó de ella por un momento, pero dijo,
-Ya está. Acá no importa.
Romero cantó envido. Castro dijo 27. Él le respondió, 30 son mejores.
Anotó los puntos en una hoja.
Afuera la nieve cubría el suelo. Desde el anochecer no había parado de nevar. Sólo se veía en la oscuridad el fulgor de la casilla entre tanto blanco.
Antes que llegara el camión cisterna, palearon de nuevo la nieve que les tapaba la entrada y revisaron los caños. Los guantes les dejaban los dedos libres para poder trabajar pero era imposible evitar que el viento helado calara los huesos. A Castro le dolían las manos. Cada tanto se frotaba una contra la otra y formaba un cuenco para respirar ahí adentro un poco de aire caliente.
La radio a transistores retumbaba en la casilla. La voz del locutor se turnaba con las descargas de estática. Por momentos no se entendía nada.
“En el día de ayer se realizó el Festival de la solidaridad Latinoamericana donde se recaudaron donaciones…”
La interferencia cortó la transmisión. Castro intentaba sintonizar alguna estación de radio que les permitiera escuchar algún programa.
“It’s very important to keep in mind …”, escuchó sin entender.
Siguió probando un rato moviendo el dial, luego, frustrado, apagó la radio y la dejó.
Después del mediodía Castro salió a caminar, quería aprovechar la luz de la tarde. Tenían permitido hacerlo por determinados sectores. Era muy fácil perderse en esa tierra blanca y sin referencias. Los vientos complicaban las cosas. Eso él lo sabía. La caída persistente de nieve iba borrándole las huellas.
A lo lejos divisó una orilla. Pensó que sería una ensenada y que vería el mar. Apuró el paso, se hundía en la nieve. El aire gélido se le metía en los pulmones. Le dolían. Estaba agitado. No era la orilla del mar. Era una especie de plataforma de hielo enorme de forma circular.
Un letrero lo alertó, “PROHIBIDO PASAR”. Castro miró a su alrededor, no había nadie. Avanzó. El viento helado le pegaba en la cara, le golpeaba en el ojo y no lo dejaba ver.
Caminó unos metros y se encontró con una superficie cóncava, deprimida en el centro, espejaba el cielo gris. Pensó que debajo de esa capa helada podría haber agua y se acercó más. Era una mancha perfecta en medio de la tundra. Brillaba con una luz tenue, quedó hipnotizado. Atraído como por un imán se acercó, se puso en cuclillas. Entonces lo vio. Algo debajo de él se movía. El suelo crujió. Castro tuvo miedo, retrocedió. Quería alejarse lo más rápido posible de allí. Corrió hacia la casilla. El viento lo empujaba.
Abrió la puerta. Estaba pálido.
– ¿Qué te pasó?, le preguntó Romero.
–Vi algo cerca del cartel. Pasó por debajo de mis pies.
– ¿Te metiste en ese lugar? Está prohibido.
–. Era una mano así, como la mía.
Castro movía su mano en el aire.
A la mañana siguiente llegó el camión y volvieron a llenar la cisterna.
Después se sacaron los borceguíes mojados y los dejaron en la entrada de la casilla. Mientras guardaban las mangueras Castro dijo,
–Era una mano, el brazo, la manga de un soldado.
– ¿Nuestro?
– No
– Entonces era un enemigo.
Castro no dijo más nada.
Caía la tarde. Castro en un rincón se cortaba las uñas de los pies con un alicate. Romero intentó prender la radio a transistores de nuevo, levantó la antena y escuchó,
“We won, we won, the Falklands are free”.
Romero, de golpe, se levantó.
– Están diciendo que ganaron.
Castro le preguntó,
-¿Y vos de dónde sabés inglé?
-Trabajé para un inglé.
Romero siguió moviendo la perilla intentando sintonizar otra emisora, le dio unos golpecitos al aparato, pero sólo se escuchaban voces distorsionadas. En un momento la radio se apagó, dejó de funcionar, las pilas se estaban sulfatando. Se puso un pucho en la boca.
Romero salió, caminó por la colina nevada, atravesó el cartel y cruzó al lado de un yao yín cubierto de agua congelada.
Todo era silencio. El horizonte blanco se fundía con el gris del cielo. Desnuda. La tierra. Un lugar enterrado sin tiempo.
Estaban fatigados. Castro se quedó dormido y Romero se acostó con las manos sobre el pecho, pensaba, inquieto. Castro pegó un grito. Llamaba a alguien como un niño que despierta en medio de la noche.
Romero se levantó, se acercó a él y lo zamarreó.
– Tranquilo…
Castro abrió los ojos, se incorporó. Le corría sudor por el cuello.
Romero prendió un pucho. Fumó dos secas, le ofreció a Castro. Él extendió la mano y fumó tres.
El cigarrillo se fue consumiendo despacio. La noche oscura silbaba afuera.
Empezó a escucharse un zumbido. Se quedaron mudos. En un minuto el ruido creció. Una escuadrilla de cinco aviones cruzó a vuelo rasante. La casilla vibró. Reaccionaron rápido. Se pusieron los cascos y se metieron debajo de los camastros cuerpo a tierra. Sentían la ropa pegada al cuerpo.
La escuadrilla se perdió en el cielo. Volvió la calma.
Amanecía cuando reconocieron el motor del camión que se detuvo frente a la casilla. El chofer tocó bocina y enseguida bajó. Se paró frente a la ventanita, gritó,
– ¡Romero! ¡Castro! ¡Vamos que los llevo! ¡Terminó la guerra! ¡Ganamos!
Salieron de abajo del camastro. Se miraron. Romero vaciló. Castro se calzó los borceguíes, estaba listo para irse.
-¡Apuren que me voy!
El chofer volvió a gritar.
-No vayas, nos mienten. Seguro nos vienen a buscar para llevarnos al frente. Mejor quedarse acá que ir a la guerra.
Miraron por la ventanita. Las agujas de hielo colgaban puntiagudas del techo de la casilla.
Estaban de pie uno frente al otro. Romero lo miró fijo a los ojos, Castro desvió la mirada. Tomó la mochila, se calzó el abrigo, el casco y sin decir nada salió. Dio unos pasos. Levantó la cabeza para pedirle al chofer que le abra la puerta. Escuchó un ruido, un martilleo, como un corazón invisible latiendo.
Ahí no había nadie, nada. El camión se desvaneció sin dejar huellas.
Empezaba a clarear detrás de las nubes espesas. Castro se quedó unos minutos inmóvil. Luego como si el viento lo arrastrara, caminó en línea recta buscando el mar. Romero salió de la casilla, se quedó ahí parado con la mirada fija en un punto de luz invisible.
© All rights reserved Perla Suez
Perla Suez nació en Córdoba, Argentina en 1948. Es Licenciada y Profesora en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Argentina. Fundó y dirigió el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil (CEDILIJ) y la revista Piedra Libre, especializada en el tema.
Posee una vasta obra literaria tanto para niños como para adultos. Su obra fue traducida a varios idiomas, entre ellos al inglés, francés, italiano, etc.
Ha recibido numerosos premios, internacionales y nacionales. Entre ellos encuentran el Premio de Novela Grinzane Cavour–Montevideo por su novela Letago (2007), la prestigiosa Beca Guggenheim con su proyecto La pasajera (2007), el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2015) y el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2020) por su novela El País del Diablo. También ha recibido el Premio Nacional de Literatura (2013) y el Premio Ciudad de Buenos Aires.
Actualmente está trabajando en un fotolibro con fotografías analógicas que tomó en la década de 1970.