PIEL DE LIBERTAD. Gustavo Rivas Torres

Libertad despertó con un suspiro ahogado. Era cierto que se encontraba en una barca y que la barca se mecía con una brusquedad desafiante, pero ni una gota de agua había cruzado el umbral de su boca o los túneles de su nariz. ¿Qué tanto puede uno admirar la naturaleza del paisaje si se encuentra huyendo? Uno no huye para admirar el camino, no. Uno huye para respirar sin temor en el destino. Pero también era cierto que se encontraba a merced de la barca y de la corriente de un hermoso canal.

La luz de esa noche simulaba a la de un enorme reflector azul que consumía hasta la pureza del agua. Era fácil perderse entre las paredes de vegetación que le daban forma al canal y se prolongaban durante una longitud eterna. El brillo del la corriente resultaba también hipnótico. Sin embargo, de entre todo lo que podía admirar, Libertad se perdió en recorrer su piel cubierta de la tonalidad índigo.

En ese cambio momentáneo en la apariencia de su cuerpo, identificó la metamorfosis que atravesaba. Había entrado en el canal siendo una y saldría siendo otra. Había entrado segura de que del otro lado le esperaba una vida mejor y saldría envuelta en la responsabilidad de conseguir ese futuro prometido. Había entrado decidida a abandonar su patria y saldría llena de remordimientos sobre lo que dejaba detrás. ¿Cómo había podido dejarlo todo en un arranque de dolor?

La única diferencia que existía entre ella y el Moisés que atravesó el Nilo dentro de un canasto era la consciencia de la huída. Esa maldita consciencia de la huída. Cómo le hubiera gustado a ella ser abandonada cuando niña para no conocer a los padres que ahora dejaba, no haber malgastado sus años estudiando por un título que se había quedado clavado en la pared de un departamento alquilado, no habría tenido que explicarle a su perro por qué no la volvería a ver.

Había tardado tanto en irse porque seguido se le olvidaba que existía un afuera. Se ensimismaba tanto en su miseria que entre las soluciones que se planteaba, huir no figuraba entre ellas. Libertad vivía convencida a que el mundo estaba limitado a la extensión de su isla, a sus capacidades validadas por el titulo de la pared, a los dígitos de su cuenta de banco. Ella, como todos los que se quedaban, mantenía el derecho a ser persona por aceptar las condiciones de su nacimiento.

En cambio, los que se iban se convertían en fantasmas. Eran olvidados por sus familias, se convertían en símbolo de vergüenza o se les daba por muertos. Igual nunca se volvía a saber de ellos, si habían tenido éxito o se habían ahogado en el camino.

Durante la última década, el número de huyentes se había disparado tanto que la venta de barcas se había convertido en uno de los negocios más rentables de la isla. Incluso el papá de Libertad había dejado su trabajo de años para tallar barcas con la esperanza de así poder costearle una carrera a su hija.

Como pago, muchas veces no había dinero de por medio. A cambio del vehículo para dejar la isla, quienes huían entregaban todas sus posesiones a sabiendas de que en la barca apenas cabían ellos y las provisiones necesarias para llegar a la costa más próxima.

No por despojarlos de todo lo que tenían, el papá de Libertad tenía mejor concepto de ellos. Los llamaba cobardes, pusilánimes, egoístas que abandonaban la responsabilidad adquirida con la Patria con tal de satisfacer sus aspiraciones personales.

¿Pero qué deuda tenía Libertad para con su Patria? ¿No era la Patria la qué se había olvidado de sus hijos y los obligaba a abandonarla? ¿No era más cobarde vivir resignado a la miseria que aventurarte a la incertidumbre o a la muerte?

Por eso empacó todas sus cosas en un par de cajas y se dirigió al taller de su papá durante la madrugada. No quería que él la tomara por una ladrona, así que dejó sus cajas en el mostrador antes de tomar una barca.

Mientras iniciaba su viaje, pensó en lo que significaba aquel intercambio. Ese era el momento en que renunciaba a quien pudo ser y le regresaba a sus papás todo lo que le habían entregado en casi treinta años. Una vez que perdiera su isla en el horizonte, quedaría solo en ella la tarea de envejecer.

Llevaba casi veinticuatro horas navegando, cuando la tonalidad azul de su piel fue desapareciendo, dándole un sentimiento de desnudez. La luz del amanecer invadía el canal y se llevaba consigo la belleza nocturna de una naturaleza ahora amenazante. Dejó de contemplar el pasado, para concentrarse en encontrar esa otra Patria de la que tanto había escuchado.

Sabía que tampoco podían ser ciertos los rumores de que en aquel lugar no existía el hambre o que todos dormían bajo techo, pero por algo sus iguales arriesgaban todo con tal de llegar. Si algo debía tener esa Patria que no tenía la suya era esperanza.

Libertad dejó atrás el canal y se adentró al mar abierto. Cuando por fin divisó su destino en la lejanía, no pudo contener su emoción. Gritó durante minutos, hasta que un extraño seseo arruinó su felicidad. El agua había comenzado a filtrarse por la parte inferior de la barca sin motivo aparente.

Ella lo comprendió en segundos. Era tanto el odio de su papá a los desertores que fabricaba las barcas de manera específica para que se hundieran antes de culminar con el viaje. De ahí que de las tantas veces en que lo había ayudado a construirlas, su papá le marcaba las tablas  para que supiera dónde no debía poner clavos. Claro que a ella le resultaba extraño que omitiera deliberadamente unir las maderas en ciertos puntos, pero al fin y al cabo, su papá era el experto.

Pero Libertad no estaba dispuesta a rendirse. Saltó de la barca con la intención de nadar la enorme distancia que la separaba de la costa. Brazada, tras brazada, sentía como sus extremidades dejaban de responderle por lo extenuante del trayecto. Quiso pararse a recuperar aliento, flotar con movimientos lentos para que sus brazos y piernas sintieran una tregua antes de seguir. Sin embargo, una ola la arrastró a la profundidad.

Desesperada, Libertad buscó llegar a la superficie. Uno, dos, … No alcanzó a contar hasta el tres. Antes de desvanecerse, su consciencia alcanzó a notar que, dentro del mar, su piel había recuperado su color azul.

 

© All rights reserved Gustavo Rivas Torres

Gustavo Rivas Torres. Nacido en 1999, en la ciudad de San Luis Potosí, México. Ganador del Concurso Estatal de Cuento 2012 en la categoría juvenil. En 2016, concluyó el taller: “Análisis de creación Literaria del CEARTSLP”, impartido por Xalbador García. Durante 2018 participó en el curso: “Los exiliados de la revolución mexicana en Cuba, una historia por escribir” del Colegio de San Luis. Publicó en la Revista Matices, 2020 y la Revista Resonancia SoM #2, 2021.

 

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