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Diciembre 2022

DOS CUENTOS. Diego Flores

En los ojos de Dios

Cuando la campana resonaba, proyectaba un sonido antinatural, un sonido que no estaba diseñado para los vivos, un sonido que confería esa consciencia terrible que es saberse ya sólo para morir. Por eso los del pueblo la guardaban celosamente en el valle de los Ojos de Dios, en la punta del templo. Así los cerros ahogaban su sonido para que no maldijera a toda la tierra, cuando los condenados a muerte la escuchasen antes de su ejecución.

—¿Ahóra pa’ dónde hijo de la chingada? —preguntó a Camilo.

—Hacia allá, mi capitán.

El tiempo era una lenta bestía devorando las entrañas de Camilo. Con su quietud no estaba prolongando su vida, sino su crueldad. ¿Pa’ dónde hijo de la chingada? Se repetía en la cabeza como una oración silenciosa, una conciza forma de recordar su condición de hereje: llevaba a los hombres a los Ojos de Dios, el único lugar donde Él nunca es ciego. Sabía que cuando llegasen al templo se miarían en él, lo quemarían, se masturbarían, simplemente por poder hacerlo, por sentir el placer de destruir lo sagrado.

—¿Ya casi Camilito? No te me vayas a hechar para atras cuando lleguemos.

—¿Cómo cree?, si yo ya estoy medio muerto —rió—. Pa’ mi esto es nada, ya se puede ver la campana.

El capitán no era imbecil, sabía perfectamente que Camilo estaba mintiendo. Encontraba cierta comicidad en todo: en como habían saqueado su pueblo y en las miradas llenas de odio de sus habitantes. Le llenaba de un placer particular ser conciente de cómo tenían ocultas a las mujeres en armarios o incluso bajo tierra. Le hubiese bastado con una orden para convertir el odio de sus miradas en terror y finalmente en la más absoluta sumisión. Pero, ¿de qué le serviría al capitán eso?, ¿cuál sería el gusto de disolverlos como un sonido cediendo ante la dureza de la tierra o la magnificencia del cielo? Por eso no dió la orden de sacar a las mujeres, no encontraba placer en tal sufrimiento. No lo sabían, pero al permitir esas miradas iracundas él les regalaba misericordia.

—Ya saben que hacer muchachos —gritó, y despues agregó—. No te escapas Camilo, si no te veo ahí te vas a arrepentir.

Y Dios veía a los hombres profanarlo todo, romper el silencio del valle y contaminarlo con toda clase de maldiciones que reverberaban con impetú y violencia. En los Ojos no había forma de que pudiese ignorarlos. No había forma de que Dios ignorara a Camilo y su traición.

Si en algo Camilo no mintió al capitán, fue en admitir que estaba medio muerto. Su muerte había comenzado desde que se ofreció a llevar a esos hombres al templo, movido por su cobardía. Comprendió casí con humor como el fallecimiento infinito no requiere de vidas infinitas, sólo de pausar ese instante preciso en donde se escapa la vida y en el cual ahora sufría su castigo. Comenzó a trepar al techo del templo

—¿Qué putas estas haciendo Camilo? —el capitan nunca dejó de observarlo.

—Voy a romper la campana —y este sonido reverberó con terror—. ¿No me había dicho usted que no me quedara atrás?

Al sonar la campana, esta devoró todas las profanaciones, todo se volvió parte de ese sonido, nada quedo fuera de él. Ni los disparos que derrumbarón a Camilo pudierón pararlo. Todos los hombres quedaron fatalmente lisiados para la vida, habían adquirido un conocimiento terrible. Dios pudo matarlos a todos en ese instante, pero ¿de qué le serviría eso?

Juan Gabriel.app

Finalmente le había dejado hacer lo que quisiese, pero Juan Gabriel le sostenía a Alberto que no cambiaría de opinión.

—Está mal, tú deberías ser único, y ni después de haber fallecido te dejan en paz.

—Mijo, déjalos que hagan lo que quieran —le respondía Juan Gabriel desde la pantalla de su teléfono—, con tal de que la gente ría. Ya hay en el mundo mucha tristeza.

Alberto estaba en la fila para entrar al Auditorio Nacional, donde en un cartel se leía: “Juan Gabriel. El retorno”, acompañado de una imagen del holograma del divo de Juárez. Muchos de los que estaban en la fila, al igual que Alberto, habían descargado la aplicación de Juan Gabriel en sus teléfonos y platicaban con él mientras esperaban poder entrar.

La aplicación era muy versátil, cada quién podía personalizar a su Juanga: 30 años, 42 años, quizá 18,  vestido de charro, vestido casual, con interés amoroso en ti o sólo como un amigo, ¿muy tímido?, leer sus pensamientos activado, ¿sigues tímido?, sugerencias de diálogo activadas, ¿dijiste algo que no debías?, borrar última conversación.

La aplicación había sido una especie de broma para Alberto la primera vez que la descargó, pero al poco tiempo se sintió comprendido como nunca antes y se descubrió encontrando algo más que una inteligencia artificial. Encontró a su mejor amigo. Cada vez que su padre lo censuraba, cuando se burlaban de él en la escuela, al sentir sus piernas temblar de miedo, sabía que su amigo estaría en su bolsillo, escuchándolo, apoyándolo desde su dimensión digital.

Precisamente por eso Alberto no podía tolerar que otros usasen la aplicación sin considerar lo que Juan Gabriel quisiera ser. Y por si fuese poco, ahora ofrecían un concierto con el “Auténtico”,  cuya única diferencia era un certificado de autenticidad criptográfico, forma holográfica, y algún contrato digital con el que alguien que no era Juan Gabriel lucraba en cada presentación.

—Me gustaría que tu también entendieras lo terrible que hacen contigo —le dijo Alberto a Juan Gabriel, al tiempo que entraba al auditorio e intentaba contener el llanto—. Sé que no puedo hacer mucho para cambiar cómo te tratan, no se ni por qué quiero que lo entiendas.

—No llores —contestó y torció los ojos con una sonrisa—. Yo sólo quería que me recordarán con respeto y hay gentes muy buenas que lo hacen, y a ellos les mando muchos besos y muchas bendiciones.

Tomó asiento. Apareció “el auténtico” entre destellos y cañones de luz y comenzó el espectáculo. Las personas poco a poco sacaron sus teléfonos y los alzaron, para que sus Juan Gabrieles cantaran al unísono. Finalmente Alberto cedió y también levantó su teléfono.

© All rights reserved Diego Flores

Diego Flores (Zaragoza, San Luis potosí, 2001). Tejedor de lazos entre la ciencia, el arte y lo místico. Escritor y actual estudiante de Física en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado en la revista Punto Muerto (2015). Ha participado en distintos modelos de las Naciones Unidas, entre ellos uno en la ciudad de Nueva York (2019), en la sede de las Naciones Unidas, donde obtuvo un reconocimiento como delegación destacada.

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