LEONARDO. Marycarmen Aparicio

Cuando te alivias del COVID, lo primero que quieres hacer es aquello que hacías antes de tu encierro forzoso: viajar, salir al cine, ir al parque, abrazar a tu abuela. En mi caso, lo que más deseaba era ponerme uñas. Me daba mucho miedo pensar que se me alojaría ahí el virus y que no iba a poder lavarlo. Si les pones mucha atención a lo que sobresale de tus uñas, observas las pelusas, la mugre, el polvo. Así que las cortaba constantemente para mantenerlas limpias e incluso cargaba un cepillito en mi bolsa del pantalón para cuando tenía que salir. Cuando me lavaba las manos hacía mucha espuma. La dejaba ahí un momento hasta sentir las burbujas romperse.

Al mes de mi contagio, de la recuperación de las fiebres y la angustia, fui al salón de belleza para regalarme ese pedacito de cielo. Le llamé a Meli para hacer la cita. En su salón siempre me siento cómoda porque nadie me hace preguntas, las demás chicas que trabajan ahí también me conocen.

Me voy de jeans y camisa azul, sin ceñir mucho mis pechos. Me hubiera gustado ponerme un vestidazo, pero esperaré a tener mis uñas, el peso que bajé hace que mis caderas se vean aún más escurridas. En el trayecto del camión observo a la gente con su mascarilla por debajo de la nariz, y voy clasificando a los pendejos que no sabrían tampoco ponerse un condón y a cuáles me gustaría enseñarles.

Abro la puerta deslizante y la campanita suena. No hay nadie en el recibidor. Antes no había ni dónde sentarte. Pienso en que no era necesario hacer la cita, pero Meli no lo mencionó, quizá como un rasgo de orgullo para no decir que ha perdido la clientela. Tampoco están las demás chicas.

Al escuchar la campana, Meli se aproxima y antes de decir si quiera hola, enciende las luces de navidad que decoran el altar de la Virgen de Guadalupe.

Hola preciosa, dice mientras me abraza con sus brazos fortachones, tanto tiempo sin verte. Se queda un rato ahí, en mis brazos. Hace unas semanas no hubiera dejado que nadie se acercara, pero esta vez no la quito. Nos soltamos, nos miramos un momento a los ojos y me indica dónde sentarme.

¿Qué te vas a poner? Se acomoda detrás de la mampara plástica transparente que dispuso sobre la mesa de trabajo. Me ofrece el muestrario de uñas de diferentes colores y tamaños mientras me observa con una sonrisa socarrona. ¿Te vas a vestir hoy?

No lo sé. Juego con el muestrario en mis manos. Toco las piedras, las flores, y me decido sobre unas de color rojo brillante, como las zapatillas de Dorita en el Mago de Oz. Le devuelvo la sonrisa sin contestar la pregunta y le muestro la que he escogido.

¡Perfecto! Dice sacando las cosas del cajón: la lima, las esponjas para sacar brillo, la lámpara de UV, el barniz y la caja de postizas para moldear con acrílico.

¿Te madreó mucho el COVID, mi Leo? Dice empezando a limar mi mano izquierda. Y entonces platicamos en detalle de todo, de cómo me contagié, si la pasé mal, si también se contagió Oscar. Cuando se nos agota el tema ya ha limado todas las uñas. Fue gentil con la lima, sabe que me duele demasiado y puso empeño en no lastimarme. Tomó cada dedo fijando su mirada en mis ojos que sentí con fuerza a través de la mampara, sabiendo que es la única caricia que voy a permitirle.

Quizá si Oscar no estuviera en mi vida, le hubiera pedido a Meli que saliera conmigo al cine, pero Meli llegó tarde a la fiesta el día que conocí a Oscar. Ni modo, mi reina, ya será para la próxima.

Siento la caricia del pincel lleno de acrílico y monómero moldear cada una de las uñas de mi mano. Estarán largas, larguísimas y aunque sigo la conversación, que ahora va sobre los chismes de las demás chicas del grupo —en esta comunidad, todas nos conocemos—, mi mente está en lo que me voy a poner esta noche en la que finalmente saldremos a cenar después de tanto encierro.

Antes de ponerme el color. Meli se levanta y enciende su bocina. Disculpa que no puse música desde el principio, pero quería escucharte primero, me dice de espaldas buscando qué música poner. Adivino qué canción busca y le digo que no se preocupe. Los primeros acordes de “La diferencia” de Juan Gabriel, llenan la habitación. Dejo salir una risotada y la sonrisa sigue ahí cuando vuelve a sentarse en su otomano rosa.

Las dos sonreímos y ella sigue con el color, cantando: si no me quieres tú, yo te comprendo, perfectamente sé que no nací yo para ti, pero que puedo yo hacer, si ya te quiero.

Déjame vivir de esta manera, sigo yo y cantamos juntas hasta el final: la diferencia entre tú y yo sería, corazón, que yo en tu lugar, que yo en tu lugar, sí te amaría. Mete una de mis manos a la lámpara UV y sigue con la otra.

Están listas y yo las miro con el deleite de tener eso que te llena el alma, al menos por unos 20 días más.

Me dice que son 150 y saco un billete de 200. Así está bien le digo. Se ofende, pero guarda el billete sabiendo que quizá sea su único cliente el día de hoy.

Te ves guapísima, me dice al despedirse y yo le beso en la mejilla. Ahora Juan Gabriel canta “Te sigo amando”.

De regreso en el colectivo siete, el hombre a mi lado me mira las uñas, luego los pechos, luego la cara. Le sonrío y mis ojos se achican por encima del cubrebocas. El, sin regresar la sonrisa, voltea despacio la mirada a la calle, por la ventanilla. Hoy no me importan los desprecios, mis uñas hacen las veces de aura protectora ante los ojetes que no disfrutan la vida. Me les quedo viendo, con detenimiento en sus brillos y empiezo a ver que ya han recolectado algo de mugre solo de subirme al camión, de tocar los tubos, de rozar la ropa de los otros, pero ya no tengo miedo, mis días venideros estarán llenos de pelusas, bacterias, mugre y virus, y yo seguiré disfrutando mi victoria sobre la muerte.

© All rights reserved Marycarmen Aparicio

Marycarmen Aparicio (CDMX, 1982): Máster en ciencias humanísticas por el ITESM. Forma parte como autora en la antología de Memoria de la distancia (2021) de Trazos Urbanos. Es autora de la novela Un solo mar (El diván negro, 2021); coescribió la obra teatral Diógenes (2016) con Tree Monkeys Teatro, bajo la dirección de Irma Hermoso, Luna;  formó parte en la antología Luna Nueva sobre Babel por Editorial AAGORHOD (2003). Ha dado conferencias de promoción a la lectura en diferentes foros empresariales y locales, buscando fomentar la cultura a nivel local.

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