EL PUENTE EIFFEL. José Tamayo

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

Xalbador García

El puente Eiffel

 

Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien

en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora.

Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti.

¿Oyes? Allá afuera está lloviendo.

Pedro Páramo, Juan Rulfo.

Uno de mis sueños en la vida era visitar la torre Eiffel pero ya no podré, porque estoy muerta: me asesinaron. Antes, estaba dentro de una fosa, ahora estoy en un hoyo, parece una sepultura cristiana. Seguramente, abajo o arriba, se encuentra mi padre Salatiel; todavía me acuerdo que le decíamos don Sala de cariño. Don Sala murió antes, a él lo mataron: lo mató su garganta viciosa, él decía que cuando bebía era el único momento en que era feliz. Entonces, bajo sus términos, murió feliz. Él no ha despertado, yo sí: causa de que cada año, en el día en la fecha de mi fallecimiento, mi madre Natalia, ojea de principio a fin mi viejo diario, el cual escribí durante la secundaría: sobre la portada se situaba mi nombre Diana Angélica. Por esa razón vuelvo a la vida de las letras, de la lengua: alguien me lee. Así me puedes leer; en cambio a mi padre ya nadie lo lee. Sin embargo, estoy segura de que un día volverá y se terminará todas sus palabras, pues no hallará una sola para poder perdonarse.

Aún recuerdo cuando me raptaron. Fue en la fiesta de Mauricio, mi mejor amigo. Llegué a su casa, lo abracé, lo felicité y le conté lo que estaba pasando. Un tipo me molestaba. Quería meterme a fuerza en su organización, quería que vendiera drogas al interior de la secundaría. Yo le había dicho que no, que me parecía muy peligroso; no obstante, el insistió. Comentó sobre mi popularidad y carisma, le dije tenía miedo. No dejaba de acosarme en la calle, después de la escuela, en Facebook, por llamada telefónica. Estaba por todos lados, mi miedo se alimentaba con cada palabra que desprendía de su boca. Entonces le conté a Mauricio. Mi amigo afirmó que él le había mencionado mi nombre, le había dicho sobres mis habilidades sociales para congeniar con los demás. Yo, medio gritando, le dije que estaba loco. Empezamos a discutir y Mauricio sólo mencionaba los beneficios de las drogas: el dinero, los lujos y el poder.

Más tarde, cerca de las nueve de la noche, cuando estaba a punto de irme, llegó una mujer. Parecía ser la novia de Mauricio, se llamaba Lucía. Nosotros seguimos platicando y entonces ella nos enfrentó de la manera menos amistosa posible.

—¡Pinche puta, pinche Bianca culera, chapulina! ¡Pinche puta! ¡Pinche Yenifer! ¡Chapulina! Todavía de que me quieres quitar a Mauricio, piensas quitarme el puesto en la secundaria —gritó ahuecando su voz por la casa completa.

Yo no contesté nada. Mauricio se puso frente a mí, la tomó del brazo y se la llevó. Con ella venían un par de sujetos, no los reconocí, parecían de edad avanzada. Ellos también se fueron con Lucía y mi amigo, sin embargo, uno de los dos después de algunos minutos, se regresó y preguntó si estaba lista, si había aceptado. Erick estaba esperando en la camioneta, inmediatamente le advertí. Yo no conocía a ningún Erick. Lucía estaba a punto de ser levantada, sólo la trajeron para meterme presión y, con ello, más fácil les soltara el sí. Escuchó mi negativa de nueva cuenta, el hombre se fue, el otro lo siguió. Mauricio apareció pero Lucía ya no. Al final todos los invitados se fueron, nadie dijo nada, nadie se metió. Sabían de lo que se trataba.

Posteriormente Mauricio se acercó a mí. Me tenía que ir, ya era muy tarde. Él no dejaba irme. Mi madre se molestaría conmigo. Pero el insistía e insistía.

—¡Te amo Diana Angélica! ¡Te amo Bianca! ¡Te amo Yenifer! ¡Te amo Andrea! ¡Te amo Mariana Elizabeth! ¡Te amo! ¡Vámonos! Te subo a mi coche y nos vamos. Tengo dinero. Nos vamos a donde tú quieras ¡Te lo ruego! ¡No te vayas! ¡Vámonos!

Dudé bastante de la seriedad de sus palabras. Pensé en mi madre, en mis hermanos, en mi carrera de psicología. No accedí. Tenía que irme porque mi madre me esperaba, mis sueños también. Y ahora nadie espera por mí, ya saben donde estoy.

Mauricio no paraba:

—¡Te lo ruego! ¡No te vayas! ¡Por favor!

Dejé a mi amigo de rodillas, mientras lloraba y gritaba me tomaba de la mano, no entendía nada. Salí por el portón, salí a la calle. Una Ford azul estaba estacionada del otro de lado de mi vista. Bajaron de la camioneta los dos fulanos anteriores, intenté correr, pero no lo logré, no lo logré. Ese día ya no sería contado en mi diario. Lo último que escuché fue entre carcajadas diversas:

—¡Ahí luego te pasamos la lana mi Mau, ahí pasamos por la otra vieja! ¡Me saludas a la Luci! ¡Le pones una veladora por nosotros!

Mi mejor amigo me vendió: me mató. Ese sueño de ir a la torre Eiffel nunca se cumplió, pero si acudí a otro sitio. Justo ahí terminé. Desperté mareada bajo un techo arqueado, era como un puente. Puente que había construido Gustave Eiffel, el mismo que construyó la torre. Estaba amordazada, estaba amarrada de los pies y las manos. De pronto un hombre llegó, supongo que era el tal Erick. Comenzó a desamarrarme los zapatos, comencé a agitarme para lograr que no me tocara, fue inútil. Me puso un trapo en la nariz y mis mareos empeoraron. Me desvistió, abrió las piernas y lo hizo. Luego, llegó Mauricio, entre la mordaza le grite, pidiendo ayuda. Y nada. Erick acabó e invitó a Mauricio a ser el siguiente. Primero dijo que no quería, que yo no estaba tan buena. Y luego el otro sujeto bromeo sobre el supuesto enamoramiento que mantenía hacía mí. Pocos segundos más tarde, sacó un arma y le apuntó a mi amigo. Lo demás ocurrió y en ese momento juraba estar muerta pero no, continuaba viva: continuaban violándome. El último dejó de hacerlo y vi que Erick tomó un palo, entonces, perdí el conocimiento.

Me enteré que ahí aparecí, bajo las aguas del río cerca del puente Eiffel. Dentro de una bolsa negra, acompañada de un puñado de piedras. Natalia, mi madre, buscó por todas partes, hasta que me encontró al interior de una fosa común de la fiscalía del Estado. A todo esto, decidió enterrarme y aquí estoy, muerta: siendo leída. Todo será posible mientras mi madre no deje de leer mi diario y, además, tu no dejes de leer este texto; porque te has dado cuenta de que tengo varios nombres, pues así es, todos los nombres tengo, de todas los tengo.

Escucho un ruido, alguien quiere meterse a mi féretro. ¿Quién es? ¿Erick? ¿Mauricio? No, es mi padre. ¡Papá! ¿Eres tú? ¿Cómo le hiciste? Yo creo que escuchó lo que aquí les relato. No dice nada, no puede y me abraza: ha decidido hablar en otra lengua. ¿Oyen? Allá afuera está lloviendo.

© All rights reserved José Tamayo 

José Tamayo (Mazatepec, Morelos, México). Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y actualmente es parte de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay. Miembro del comité editorial de la revista Metáforas al aire. Ha publicado algunos textos en las revistas Nocturnario, Diáspora Eviterna, Metáforas al Aire, Pluma, Iguales y Pérgola de humo. Alguien que más que escribir, sugiere: un sugeridor.

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