LA FELICIDAD BOKANOWSKIFICADA. Lizbeth Vargas Villegas

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

Xalbador García

 

La felicidad bokanowskificada

 

La felicidad está disponible en cualquier formato. Se consume como si fuera un producto de primera necesidad, o, lo que es peor, se destapa, comparte o etiqueta. Hay una urgencia de mostrar una imagen feliz, envidiable, atractiva. El mundo actual es el Gran Hermano que todo lo ve y gracias a las redes sociales la vigilancia es comunitaria. Todos ven, casi sin filtros y con ellos. ¿Sientes que tienes un trabajo mal pagado? ¿La escuela es un mundo sin sentido? ¿El tránsito vehicular a vuelta de rueda saca lo peor de ti? ¿Vives con estrés y no sabes qué hacer? ¿En la oficina no te valoran? ¿Tu familia te exige más de lo que puedes hacer por ellos? ¿Sientes que tus obligaciones son excesivas? No dudes en consumir tu respectiva dosis de placidez.

Si hay muchos clientes que atender, con unos cinco minutos en Facebook los puedes ignorar y luego te sentirás con mejor ánimo. Si la tarea es abrumadora, ponte a subir fotos a Instagram, eso te ayudará a relajarte. Ver una serie de televisión es bueno para reponer las energías y continuar con tus deberes. Tómate una selfie para volver con ganas a la lectura de tu tarea. Después de todo puedes presumir que estás leyendo. El ocio está justificado porque se ocupa para complacer a los seguidores. Es un ocio que también busca consumir. Celulares, tabletas, datos, audífonos y todos los requerimientos para estar al día en esta sociedad fascinada con la observación banal y superflua.

De todas las edades, géneros, posición socioeconómica, credos y saberes son los consumidores de la tecnología que ha puesto en nuestras manos una gran variedad de dispositivos para intercambiar dicha y bienestar. Nada como una buena dosis para distraerse y acabar con el tedio o el aburrimiento. Lo importante es sentirse satisfechos al final, a la mitad o al inicio del día cuando ya se acumularon los suficientes “vistos”, “likes” y comentarios positivos. Ese pasatiempo genera la sensación de satisfacción. Probablemente falsa. Quizá. Las redes sociales se han convertido en los acompañantes incondicionales, en los fieles consejeros de los usuarios alrededor del mundo.  Se convirtieron en guías en la tristeza y en la alegría, en la salud y en la enfermedad Si no te has sentido feliz los últimos minutos no dudes en compartir tu mood con tus hashtags favorito.

La felicidad en el mundo contemporáneo radica en el número de seguidores, de los “Me gusta” acumulados, de influencers que modifican los paradigmas de comportamiento. Está basada en la aceptación y admiración o rechazo de los otros. Es una esclavitud aceptada, porque produce bienestar  creado y moldeado, etiquetado y dosificado. A través de las redes sociales y los programas de televisión se ha generado un sistema de patrones y conductas que provee fama pasajera y superficial, pero que ayuda a vivir la vida, sobrellevarla o caer en un estado de falsa plenitud. Hacer videos y compartirlos se volvió también un trabajo. Ya no es solo estar de ocioso navegando en internet. Es un ocio consumista. Se consumen videos, datos y señal para estar actualizados con las novedades.

Este status quo de la sociedad subordinada a la vida tecnologizada es lo que Aldous Huxley expuso en su novela Un mundo feliz. Hay una parte de la sociedad que vive en una utopía. Son felices al no tener preocupaciones, ni deberes más allá de los asignados y se les evita el dolor. Cuando se cansan basta con una cantidad suficiente de soma para relajarse y volver a sus actividades diarias. Es una sociedad dividida en castas, creados todos en tubos de ensayo, medidos, pre moldeados, configurados para ser y hacer lo que les conviene a los que mandan. Son productos bokanowskificados cuyo objetivo es ser felices con el grupo asignado y con el trabajo que les corresponde cumplir.

Todo está pensado a favor del bien común, cuyo tema central es la felicidad basada en el consumo. Si no consumes, no eres parte del sistema, del stablishment. Poseer se volvió algo esencial para lograr la “Comunidad, Identidad, Estabilidad” anhelada. Consumir es mejor que reparar, que remendar. Consumir soma, sexo, tecnología, ideales. Esta obra es una crítica a la sociedad controlada, alienada y organizada como un régimen dictatorial en el cual la felicidad es la génesis y objetivo de todo el quehacer humano. La sociedad estandarizada con sus grupos uniformes y sus colores asignados es el antepasado de la globalización actual.

El capitalismo y la industria generaron las condiciones para la adquisición de bienes y servicios que proveen aprobación y satisfacción. Algunas personas (o todos, quizá) se convirtieron en un producto, como un youtuber, los protagonistas de los reality shows o los concursantes en programas de talentos. Las personas se volvieron neumáticas, como Lenina Crowne, quien está consciente de su condición y se siente feliz. Se llenaron de aire de ilusiones y éxito pasajero.

En la serie de televisión Black Mirror en el capítulo “The Waldo moment” un muñeco virtual se convierte en candidato a Primer Ministro. La gente vota por él y todos parecen felices con el resultado. Ese episodio es una sátira en extremo al presentar una sociedad cegada por la superficialidad que les rodea. Tan superficial como ir de paseo a la Reserva para Salvajes cual visita a un zoológico o reírse de la Literatura, como resultado de la hipnopedia.

En Black Mirror también se compran y venden ideales de felicidad. En este programa de ciencia ficción prevalece la crítica al uso de la tecnología y el modo en que influye en la vida de las personas. Los hechos se presentan en una sociedad distópica, en donde los avances científicos al servicio de la vida cotidiana rigen la vida de todos, desde generar morbo, ganar popularidad, éxito y dinero, o recordar el pasado de forma vívida. Tanto en Un mundo feliz como en Black Mirror  hay una sociedad controlada, aunque no falta la voz que se rebela ante el orden establecido, como en algún momento lo hace Bernard Marx o Bingham “Bing” Madsen. La seducción de la felicidad, de ese encajar en la sociedad, es más fuerte que la concientización sobre el mundo que yace dormido y alienado.

La apropiación de objetos no es lo único que se ha hecho. La apropiación de la idea de ser feliz, ligada a la aceptación de los demás siempre y cuando se cumpla con los estándares fijados, es algo que dirige la vida contemporánea de muchos. El raiting y los emoticones son los parámetros con que se mide la felicidad y el eje vital cotidiano de muchos. La identidad individual está forjada con base en los paradigmas socioculturales que se van creando a diario. En Un mundo feliz la identidad es comunitaria, todos observan como si el Gran Hermano estuviera en su mundo.

En la sociedad distópica de Black mirror todo se cimenta en el ideal lúdico que las redes sociales o productos innovadores promueven. El apoyo de una persona influencer puede ser motivo de mejorar la calidad de vida, siempre y cuando se tenga un buen registro de comentarios positivos, sin ofender ni lastimar a nadie, ni siquiera con una mirada o un gesto. Con los medios de comunicación actuales no hace falta el Ministerio de Paz. Siempre hay alguien que ve, que escucha, que observa. Son felices de mirar a los otros. Los otros aceptan esa vigilancia, la gozan, la disfrutan, la anhelan. Toda su vida depende de ese orden de cosas.

En Un mundo feliz, el amor, las matemáticas, la Filosofía, el arte y la literatura fueron erradicadas con el fin de mantener la practicidad y utilidad de cada miembro, de hacerlos amar su servidumbre, de la que ni siquiera son conscientes. En un primer momento, Bernard Marx se muestra como el inconforme, el que tiene ideas propias, que puede ver más allá de lo que es su realidad  tangible y lógica; sin embargo, “Nuestro Ford hizo mucho por quitar prestigio a la verdad y la belleza y dárselo  al confort y la felicidad […] La felicidad universal conserva los engranajes funcionando con regularidad; la verdad y la belleza, no”. Marx no puede luchar en contra de todos.

Quitar la habilidad de admirar el paisaje o leer es con el fin de mantener la autoridad sobre cada individuo, de salvaguardar la practicidad y la estabilidad. En el capítulo “Hang the DJ”, los protagonistas buscan la manera de estar juntos porque se aman y luchan contra un sistema que interviene en las relaciones amorosas. No hay felicidad real, sino convivencia basada en supuestas afinidades que no logran causar un impacto a largo plazo. El amor no es el elemento importante. En la actualidad, las parejas se basan en un amor con fecha de caducidad. Muchas. No todas. La vida no es vida, es una simple existencia vana y superflua, carente de significado, pues los significantes están absortos en el mundo idílico virtual.

¿Cómo se puede salir de esa alienación y control? Todo es como una red o cadena eslabonada, construida para mantener un orden social que beneficia a un sector reducido de población. ¿De qué o de quién depende la felicidad? En la actualidad es algo vacía y sin sentido. Quizá dentro de cada like se asciende un poco más en la montaña de la plenitud. La sociedad contemporánea parece feliz con el condicionamiento al que es sometida. Falsas noticias; información ilimitada, pero con casi nula veracidad. Hay reducción del lenguaje a escasas frases que expresan menos de lo que dicen. Estereotipos que fomentan el juicio social si no se entra en uno de ellos como el de la belleza física; e, incluso, críticas de sofá (silla o cama) al sistema social, pero sin fundamentos, sin conocimiento de causa, ni argumentos razonados y analizados.

Esto es lo que rodea el entorno tecnológico-social. Una bokanowskificación de la conducta; es decir, una producción estandarizada del deber ser, del deber actuar, del deber decir de las masas, siempre desde el punto de vista consumista. Se consume una felicidad transitoria que va de la hipnopedia a la vida de ensueño a costa de la libertad para mantener una sociedad feliz. Hay adelantos científicos y tecnológicos frente a una depresión económica, social y política. Para evadir esa depresión se consumen productos atractivos y seductores que convencen al subconsciente.

Black mirror y Un mundo feliz  muestran al kraken detrás de toda esa imaginaria felicidad: el consumismo, o capitalismo mejor dicho. Este ha conseguido construir un mundo feliz en el que los individuos actúan por iniciativa propia; solo responden a los estímulos con los que son moldeados en esa sociedad. Lo que para algunos es la satisfacción real, otros ven en ella una ilusión creada por los medios de comunicación, que suelen estar al servicio del Sistema. Un sistema basado en la producción, en la compra-venta de bienes y servicios, en la creación de paradigmas y estereotipos convertidos en modelos a seguir. Éstos generan la sensación de bienestar, invitan a aumentar la dosis de consumo para escapar de la realidad que puede ser cruel y violenta o aburrida y deprimente.

En suma, detrás de cada tiktoker, youtuber o influencer hay un poco de dolor ocultado, de depresión no manifestada, de felicidad inventada. La próxima vez que se mire al mundo a través de un espejo negro es posible que solo se vea el reflejo crudo de la realidad. Es una felicidad creada en un cuarto de producción digital y en videos cortos que incitan a tomar un poco de soma para sentir, olvidar, disfrutar e imitar; aunque también para pensar y reflexionar. La esperanza está en que esa felicidad virtual se transforme en algo duradero y tangible en algún punto del presente o del futuro. Que no se llegue a esa bokanowskificación total. Se necesita bajar la velocidad del andar cotidiano, como menciona Abenshushan. Detenerse a mirar alrededor y ver más allá de lo evidente, ver entre líneas, o mejor dicho, entre lo superficial de la sociedad, verse a sí mismos y encontrar bienestar físico, mental y espiritual a imagen y semejanza del ser propio, no de mitos globalizantes y globalizados.

Bibliografía

Huxley, Aldous, Un mundo feliz, México, Ediciones Leyenda, 2004.

Alvarado, José Luis, “Un mundo feliz. Aldous Huxley: La dictadura de la felicidad”, en Cicutadry, https://www.cicutadry.es/un-mundo-feliz-aldous-huxley/, recuperado el 2 de julio de 2021.

Aragüés Estragués, Juan Manuel, “Un mundo feliz”, en El salto diario, https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/un-mundo-feliz, recuperado el 20 de julio de 2021.

Brooker, Charlie y Annabel Jones (Productores ejecutivos), (2011-2019), Black mirror, [serie de televisión], Zeppotron; Channel 4 Television Corporation ; Gran Babieka.

Huxley, Aldous, Un mundo feliz, https://webs.ucm.es/info/bas/utopia/html/huxley00.htm, recuperado el 20 de julio de 2021.

Trujillo Rodríguez, Magda Zulena, “La vida cotidiana: “un mundo feliz”. La utopía como construcción de una nueva cotidianidad”, en Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense, http://webs.ucm.es/info/especulo/numero38/vidacoti.html, recuperado el 21 de julio de 2021.

© All rights reserved Lizbeth Vargas Villegas

Lizbeth Vargas Villegas, oriunda de Temixco, Morelos. Estudió la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y realizó el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay en Cuernavaca. Participante en la antología Mundos inventados de la misma institución y en el libro Laberintos. Seis autoras mexicanas de minificción. Colaboradora en la revista digital Letras insomnes. Seleccionada entre los ganadores de la Convocatoria Morelos 21: Memoria y Encuentro en Cuento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.