EL CUERPO JUBILADO. Lorenza González O

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

Xalbador García

 

 

El cuerpo jubilado

Un hombre le dice a una mujer que después de cuarenta años, ese, es

su último día en la fábrica. ¿Y qué va a hacer usted cuando llegue a su casa?,

le pregunta la mujer, y el hombre le contesta que dormir.

¿Y mañana?, le pregunta la mujer de nuevo, pues despertarme tarde,

le dice el hombre, y luego, tirarme del barranco, lanzarme al vacío, agrega.

Agnes Varda

Dejé de comer, no me daba hambre. El refrigerador era cada vez menos atractivo. Al poco tiempo noté un dolor extraño en el dedo pequeño del pie derecho, como una fuerza externa e invisible oprimiéndolo. Lo estiraba para que no se encogiera y se me engarrotaba. No estaba enfermo, y nunca había padecido algo de cuidado, a menos que mis pensamientos lo fueran.

Hacía seis meses que mi actividad había dejado de ser constante. Pasaba la mayor parte del día sentado, quizás a eso se debía que no me diera hambre, no gastaba energía.

Había trabajado transformando casas, como quitar un baño, alargar una terraza, agrandar la cocina o diseñar segundos pisos. En otras ocasiones los cambios eran grandes, cuando después de una muerte o un divorcio, los clientes decidían derribarlo todo y volver a empezar.

Esa fue mi vida por treinta años, y ahora sentía que me ahogaba en el mismo sitio sin modificación alguna. La creatividad no estaba conmigo para diseñar mi día, y hoy, que la rutina no existía, comenzaba a ver todo con extrañeza. Estaba perdiendo la cordura, me daba cuenta de ello.

No creía estar enfermo, pero decidí dejar de fumar y me obligaba a caminar. Si no lo hacía se me empezaba a dormir un brazo, luego una pierna, y cuando llegaba a sentir que el hormigueo me recorría por ambas extremidades hasta los dedos… comenzaba a moverme. Sin embargo, no había logrado lo que logré con el cigarrillo, y podían pasar días en los que más luchaba con las hormigas que invadían mi cuerpo, que con el ansia que en realidad ya no sentía por fumar.

Era extraño no tener hambre. Nunca antes había perdido el apetito, ni siquiera después de la muerte de mi mujer. Siempre fui capaz de dominar la tristeza amasándola meticulosamente hasta que dejaba de ser una molestia, como una bolita de papel que se arruga y oprime lo más posible, y luego se desecha con un tiro del dedo pulgar. Me había acostumbrado a ello a fuerza de estar solo.

Aprendí a percibir el momento en que la negrura comienza a acercarse, pero esta era la primera vez que las señales cambiaban; no la vi venir. Sospechaba que esta situación de no tener hambre podría derivar de ello. Llevo dos semanas sin dormir bien; la incertidumbre me envuelve cuando comienza a oscurecer.

¿Será ella la que me está llevando a este estado de inapetencia e insomnio, a una especie de disminución de la vida, una pausa cuyo mecanismo no sé cómo detener? Comenzó a acercarse lentamente, cada día más. Por eso lo escribo, para dejar evidencia de su infamia, como una nota suicida, para que se sepa qué fue lo que pasó. Lo escribo para que se vea clara y llanamente que fue ella, la negrura, la que se introdujo discretamente en mi vida. A diferencia de otras veces, ahora llegó con otras formas, con otro tono, y disimuladamente me cubrió, poco a poco. Por eso dejé de comer, enflaquecí, y mis órganos se fueron atrofiando; ya no sólo me cosquilleaba el pie, la pierna, la mano y el brazo; de pronto todo mi cuerpo era un hormiguero imposible de destruir.

La sensación que vino después fue de total insensibilidad. Una especie de invisibilidad. Un adormecimiento de la extremidad por minutos desaparecida, que se muestra inerte, casi muerta, hasta que lenta y dolorosamente comienza a revivir.

Fue en todo mi cuerpo. Así es que mientras pude escribí cómo desaparecí y cómo fue que nunca regresó sensibilidad alguna.

La realidad es que ya no existo. Como si fuera un organismo amputado lo que queda de mí es sólo la sensación de haber existido. De mi cuerpo sólo veo el tejido, la forma, la textura y el color; pero no lo siento. Antes lo percibía en totalidad, hasta me dolía y me daba comezón y escozor.

Hoy supe que ya no era un hombre.

© All rights reserved Lorenza González O

Lorenza González O (nómada entre la Ciudad de México y Cuernavaca). Escritora, fotógrafa y poeta. Egresada de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay. Integrante del taller de narrativa del maestro Francisco Rebolledo y participante en el grupo de poesía de la poeta Kenia Cano. Egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Educación (UPN) Guía Montessori y docente de Literatura.

 

 

 

 

 

 

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