DATE UNA HUERTA: La Barcelona de los huertos urbanos.Eduard Reboll

Esta ciudad no es solo un sinfín de edificios de negocios o históricos bajo la etiqueta de excelencia arquitectónica en el Paseo de Gracia. Un cúmulo de calles con aceras e islas («manzanas» les llamamos aquí) con sus patios interiores en el barrio de l’Eixample. Camiones y automóviles circulando por toda su metrópoli. Iglesias de origen románico o góticas en el casco antiguo. Hospitales modernistas. Residencias para la tercera edad de alto estándar en Pedralbes. Cementerios con bus incorporado para ver la tumba de mármol de tus antepasados. El Gaudí turístico. El castillo de Montjuïc. Mercados de abasto como la Boquería. Escuelas infantiles e institutos de secundaria donde acuden alumnos de más de cien países de los cinco continentes. Parques ajardinados imitando la naturaleza que rodea la montaña de Collserola. Tiendas de barrio y proximidad a centros comerciales americanizados en su estilo…

También es ruina en algunos inmuebles frente a su abandono y dejadez en ciertos solares donde no se edifica aún, en busca de la especulación y el momento apropiado para adquirir su máximo precio en una subasta por parte de sus inversores. Entre las clases populares, se les llama «fondos buitre» por engullir con su pico rojo y sangriento desde la metáfora, todo aquello que huele a dinero-rápido, no permitiendo así que, una multitud mayormente inmigrante y con pocos recursos, tenga el derecho a obtener una vivienda digna.

Pues bien, paseando por la barriada de La Prosperitat, mientras intento recuperar la memoria de mi primer hogar en la calle Nou Pins, cuando huí de casa a los dieciocho años para independizarme de la familia durante la dictadura de Franco, reviso —valga la redundancia— «la prosperidad» del barrio después de cincuenta años de ausencia en él.

Bajando por la calle Joaquím Valls, que representaría un paseo cardinal en miniatura del lugar, donde coinciden bares, restaurantes y comercios de cercanía, encontramos entre unas paredes llenas de flores y follaje: una puerta con un perro blanco de algodón aposentado en la misma entrada.

— Gluuuuups.

Al fondo, un pequeño paraíso humano lleno de frutos y verde: hortalizas, legumbres y plantas aromáticas. Vecinos y vecinas abrazándose a una tertulia sobre la vida que fue. Y una infinidad de iconos contra el arte visual que impactan al transeúnte que transita por aquel jardín de alimentos lleno de filantropía y amor libertario. Su nombre Date una huerta. Bajo este título, se esconde el juego imperativo del verbo entrar. Es decir, «¡Entra!» me dice una joven adulta llamada Mónica. Y así lo hago.

«Hay alcachofas, unos pocos nabos y patatas a mi izquierda… ¡Mira al señor José!, está cuidando los tomates con un amor increíble. ¿No te parece?». A continuación, Rosa María, la vecina de al lado, con un pequeño vergel parecido a sus contiguos, hace honor de que estén los lugareños ocupando este solar. La razón es muy sencilla: «Esto era una cloaca abierta llena de ratas y basura. Gracias a este proyecto comunitario hoy comparto el agua con ellos y, al alimón, trabajamos la tierra y sus productos». Frente a mí, Llorens, un anciano que, con su bastón apoyado en el suelo está sentado en una silla a la sombra de un árbol para contarme la historia de este minifundio. Me da un papel en forma de octavilla que resume qué sucedió en este paraje y lo leemos juntos. Para ustedes, transcribo literalmente alguna de sus frases que definen este espacio lúdico y coloquial por su función y lucha común.

«Hace más de cinco años se liberó este solar perteneciente a un fondo buitre. Había estado cerrado durante diez años lleno de porquería y desamparo. Al “okuparse” se volvió un espacio lleno de gente simpática, flores alrededor y verduras de temporada. Y encima, se convirtió en el hogar de Bitxo, nuestro anfitrión; un gato que se ha afincado a vivir aquí y nos hace compañía. Este terruño es más que un huerto urbano, satisface un ágora de socialización, reivindicación y también funge como un espacio para la fiesta».

Y para rematar este artículo quiero hacer referencia a la mezcla del outsider art bajo la improvisación de esculturas y juguetes ubicados estratégicamente en la tierra: para provocar revuelo, sonrisas y preguntas en este sitio plural. Infinitivos como sembrar, regar, podar, germinar están por doquier en los labios de quienes lo habitan. Así como las semillas de frutos en una cajita. Ciertas macetas de plantas sin nombre. La manguera recogida en forma de O. Una nevera multi magnetizada de sellos y locuciones reivindicativas. Y casi, a vista abierta: una taza de váter blanca con una cortinita de plástico haciendo las funciones de una puerta, como si fuera el escenario de un teatro antes de orinar sus intérpretes en privado.

He dicho: Date una vuelta. Perdón quería decir: Date una huerta por el barrio de la Prosperitat si pasas por mi ciudad y verás la Otra Barcelona, aquella donde no hay turistas enjaulados en un autobús con pamelas o capelinas de Versace, sino vecinos que aman su municipio con gorritas de deporte, mientras la tierra de sus pueblos de origen donde emigraron es sustituida por la que descubrieron al venir aquí, para que Barcelona fuera el vergel que es, con todos sus matices y contrastes.

Nota: Barcelona dispone de quince huertos urbanos que forman parte de un proyecto del ayuntamiento que se inició en 1997. Este proyecto, en cambio, es autogestionado directamente por los vecinos y no comulga con la red oficial establecida.

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

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