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Marzo 2026

EL NIÑO QUE DIBUJÓ EL INFINITO. Emilio Palomino

Con crayón el niño traza el contorno de la ropa. En el dibujo hay una niña con una falda azul y las nalgas expuestas, mientras un segundo personaje azota sus glúteos con una cuchara que puso a hervir sobre el fuego. El sonido del crayón contra el papel es como el del metal caliente al lacerar la carne.

—¿De quién es ese niño? —pregunta Jocelyn, sentada en su oficina de paredes trasparentes. El niño, vestido con pants deportivos y una playera amarilla, está sentado en el sillón de recepción, libreta en mano, mirada concentrada. Ambos estarían lado a lado de no ser por el vidrio. Con los ojos fijos en el dibujo del niño, Jocelyn se cuestiona si alguien más ve lo mismo que ella:

La niña en el dibujo tiene la boca abierta como pidiendo ayuda. Las nalgas tienen las marcas de la piel recién quemada. Por su profesión Jocelyn reconoce que el color de las quemaduras es preciso.

—Seguro es de alguna secretaria —responde Isabel sin levantar la cabeza de la máquina donde escanea los informes para enviar a la directora.

Se abre la puerta de las oficinas. Entra una mujer que lleva de la mano a una niña pálida. Todavía trae el uniforme de la escuela, la camisa blanca y la falda azul. Pasan con la recepcionista quien les pide tomar asiento. Lo hacen junto al niño. Este, sin saludar, guarda su libreta y mira al frente. En unos minutos Isabel sale por ellas y las conduce a la sala de juntas, cierran la puerta al entrar y el niño toma de vuelta sus dibujos.

Su próxima obra parece más compleja, así lo nota Jocelyn. Empieza con los contornos de un escenario árido: una casa de ladrillo expuesto, la vegetación se filtra por las grietas entre los muros, las láminas de aluminio actúan como techo. Traza la pierna del primer personaje.

La mujer y la niña salen de la sala de juntas. La niña mira, con ojos secos, a Isabel quien les agradece a ambas su disposición y les recuerda que las llamará al definir los siguientes pasos. Rumbo a la salida, al sentir sobre ella la mirada del niño, la niña de la falda azul se aferra al brazo de su acompañante y agacha la cabeza.

—¿Puedes autorizarlo? —le pregunta Isabel a Jocelyn. Le deja un documento extenso con recuadros de preguntas con sus respuestas detalladas.

Jocelyn analiza el informe. La narrativa de los hechos, las condiciones de vulnerabilidad. Está mal llenado. Hay imprecisiones e inconsistencias en la declaración y algunas secciones son casi ilegibles.

—Hazlo otra vez. Ten más cuidado —le indica a Isabel quien le arrebata de vuelta el documento. Se va de vuelta a su escritorio y reescribe el informe lentamente para asegurar que sus palabras se entiendan.

Jocelyn la mira, pero no piensa en ella. Sus pensamientos están anclados a una frase del informe. La frase donde indica la forma del objeto con el que hirieron a la niña y el lugar de su cuerpo donde lo hicieron.

Vuelve la vista hacia el niño, ya está terminando de dibujar la casa. Él percibe a Jocelyn mirarlo tras el vidrio. Se observan mutuamente hasta que el niño corta el vínculo para terminar su dibujo. Rasca su cabeza de vez en vez. Después de colorear los ladrillos de la casa se detiene como quien termina su jornada. Cierra su libreta y camina a la salida donde su silueta se pierde al bajar las escaleras..

Antes de marcharse, Jocelyn vuelve a preguntar si alguien sabe de quién era ese niño.

—Seguro que de alguien —responde un compañero, lo que permite a los demás no preocuparse por hacerlo.

El niño vuelve a la oficina en la mañana siguiente, horario de clases. Reclama el sillón como suyo y retoma el dibujo. En la casa de ladrillo que adelantó ayer, un personaje alto apunta a dos personas más con un arma. Una de las víctimas tiene sangre saliendo de la nariz. La otra está de rodillas suplicando. Colorea el fuego del estallido del cañón y a Jocelyn, atenta detrás del vidrio, se le hacen grandes los ojos.

Minutos después, Isabel recibe una llamada y sale apresurada a un trabajo de campo. El niño agita las piernas en el aire al verla salir. Cambia de hoja en su libreta para empezar su siguiente obra.

Como le corresponde, Jocelyn revisa el informe de Isabel cuando ella vuelve. Una denuncia: un vecino informó escuchar balazos y gritos en la casa de enfrente. La policía también estuvo presente. El informe dice que se tocó la puerta de la casa y que se encontraron dos menores. Se les hicieron preguntas preliminares, pero hubo que retirarse al no contar con la presencia de su tutor. Uno de los niños tenía la nariz inflamada.

—¿Qué tal me quedó? —pregunta Isabel. Jocelyn le indica que va mejorando, pero aún hay que hacer correcciones. Isabel se lleva el documento con una mueca de frustración en el rostro.

Jocelyn, consciente que él se dará cuenta, observa lo que el niño está creando. Toma nota del dibujo: en un cuarto lleno de humo está una figura pequeña con un punto rojo en el pecho y un amplio espacio vacío en donde debería estar su estómago. Registra el color de la piel de la persona, la ropa, el cabello y las ojeras. Lo que considera necesario para confirmar su teoría.

Al leer el nuevo informe de Isabel, el que le entrega al día siguiente luego de otro trabajo de campo. Jocelyn detecta las palabras “anemia”, “daños cardiovasculares” y “abandono”. Jocelyn aprieta las manos con tal fuerza que se lastima con sus propias uñas.

Al pensar en ese niño, Jocelyn recuerda lo que era tener una hija. Recuerda el cansancio perenne cuando se la quitaron y se pregunta si estuvo bien dejarlos llevársela por su negligencia.

Se pregunta si alguien también le falló al niño sentado en la recepción.

A través del vidrio de los días Jocelyn sigue observando los dibujos. Tantos dibujos como hojas en la libreta del niño, como expedientes por revisar y que Isabel no deja de llenar equivocadamente después de atender otro caso presagiado en crayón.

Las teorías de Jocelyn abundan y se articulan con los días. Si es la mente del niño la que causa todo o si son los crayones lo que lo vuelven realidad. Si el mundo llega a esas páginas o son esas páginas las que llegan al mundo.

Un niño vendiéndose a un turista con la autorización de su padrote. Una madre amarrando a sus hijos a una mesa mientras se suicida frente a ellos. Unos niños desamparados durmiendo en la calle luego de que a su papá se lo llevó arrastrando el tren.

Los dibujos son precisos, aunque de una creatividad predecible.

Una trabajadora sexual de quince años que es acuchillada por un cliente descontento y se desangra en su casa donde su madre con problemas del oído ve la televisión acostada en su cuarto.

Un abuelo vendiendo fotos que le toma a sus nietas en la regadera, envía las fotografías a un chat grupal y agrega descripciones de los precios por el paquete completo. El dibujo menciona los precios.

Todo sucede, pasa y se repite. Los dibujos incluyen cada vez más detalles.

Al terminar de informar de la red de pornografía infantil al Ministerio Público, Jocelyn piensa que no es tan difícil prever lo que va a pasar en estas oficinas. No hay tantas formas distintas de lastimar a un niño o una niña. Siete u ocho verbos clave en cada informe, repetidos a perpetuidad. Las mismas partes del cuerpo maltratadas de las mismas formas. Las mismas excusas o gritos o insultos. Mismas transacciones y circunstancias. Los mismos victimarios con distintos rostros de por medio. Las mismas lágrimas de los niños cuando los alejan de sus padres, cuando se dan cuenta que su vida con ellos se acabó. La variedad del sufrimiento humano, concluye, no es tan amplia.

Al sentir la mirada de la mujer detrás del vidrio, Carlitos se imagina el sabor de sus pestañas. Esas pestañas alrededor de esos ojos que no dejan de verlo y que él ya no soporta. La angustia que esa mujer le contagia provoca que tiemblen sus dedos al sostener el crayón. Le hace equivocarse de colores y hace más intenso el cosquilleo en su cabeza. Las voces de los afligidos se transforman en el chirrido del papel, en las explosiones diminutas del crayón al deshacerse.

Carlitos dibuja en un estado de trance, uno donde las imágenes, los olores, los sonidos atraviesan su cuerpo en apacible comunión. Las escenas que antes se filtraban en su mente como un silbido, se han vuelto más ruidosas con cada nuevo ejercicio. Ahora el sufrimiento le llega a través de su mente como una ventisca. Los cuchillos, los dedos, las balas penetrando lienzos entre pigmentos grises. Pigmentos rojos, blancos y negros. Pero, a pesar de intentarlo, sus trabajos a crayón no logran plasmar lo que los espectros dentro de él le muestran. Cualquier esfuerzo suyo no logra ser más que una miserable caricatura. Carlitos quiere dibujar con más detalle, captar el amor y el horror en las pupilas de las víctimas. El ruido de sus estómagos al ver que sus vidas están por acabarse. Necesita destruir toda frontera entre lo que ve y lo que dibuja y así hacer desaparecer con sus manos esa comezón que no abandona su cabeza.

Una nueva escena inunda sus pensamientos.

Jocelyn está revisando la cantidad de casos en los últimos meses. Quiere descubrir si el niño ha causado algún aumento significativo en la estadística. El estómago se le compunge con tan solo pensar en las dos posibilidades y el distinto terror que le provocan cada una. ¿Es peor que el niño haya causado más casos o es peor que no lo haya hecho?

Se asoma por la ventana: está trabajando frenéticamente en algo nuevo. Un retazo diferente al resto que le ha visto. Una serie de manchas de colores sobrepuestas marcadas con la violencia de sus crayones ya chatos. Colores acumulándose hasta oscurecerse mutuamente. Colores brillantes sin figuras detrás. Sin nadie más que el niño dibujante sufriendo.

Carlitos no recuerda quién fue el que le dio ese nombre. No recuerda cómo se veían sus manos antes de tener la libreta frente a él.

El punzar en la nuca se ha vuelto más intenso. Lo que antes era un cosquilleo ahora se siente como un taladro que nunca termina de perforar su cerebro. Solo existen los colores que rodean su visión. Los colores del sufrimiento, de la vida saturada. Un túnel largo, sin fin, donde su cuerpo ya es inconsecuente.

El niño colapsa en la recepción. Jocelyn corre hacia él al tiempo que la secretaria está levantándole la cabeza. De su boca emana espuma, la mirada hacia atrás revela los capilares reventados en sus ojos. Sus manos tiemblan sin dejar de aferrarse a un crayón de los muchos en sus bolsillos. Los ojos vuelven a sus órbitas un momento, el niño conecta la mirada con su perseguidora, y en el agujero que son las pupilas de esa criatura pequeña, Jocelyn no distingue ni su propio reflejo.

Los colores del infinito, pensará Jocelyn luego de varios días, al final son lo mismo que la nada.

Jocelyn despierta después de hacerse la dormida. Lleva demasiadas noches sin descansar desde lo del niño. Ella se quedó con la libreta y los crayones. Al examinarlos encontró los dibujos correspondientes a las últimas semanas de miserias que atravesaron las oficinas.

Encontró también dibujos de gente con huesos rotos, de personas con enfermedades convaleciendo en camillas. De personas arrestadas. De imputados en proceso. Quiso contactar a algunos de sus colegas en otras instituciones para consultarles si el niño se había plantado en sus oficinas.

Decidió no hacerlo, ¿qué diferencia haría?

Los números, descubrió, no revelaban ningún aumento de los casos atendidos. Al menos no a causa de los dibujos.

Pregunta si alguien sabía qué le había pasado al niño que tuvo la convulsión el otro día.

—Seguro los del hospital localizaron a sus padres —le responde Isabel al colgar el teléfono para correr a otro trabajo de campo. Dos niños habían sufrido un paro cardiaco cuando la bolsa de droga en sus estómagos reventó por estar mal sellada.

Sentada en su escritorio luego de revisar el reporte, casi sin fallas, de Isabel, Jocelyn observa al sillón vacío tras el vidrio. Sus manos empiezan a trazar figuras en el aire. Lo más cercano a la silueta de una persona a quien desea ver sonreír. La absorbe una pulsión como un susurro en sus oídos. Un deseo de ver de nuevo las mejillas de su hija. Toma la libreta del escritorio y la abre en las pocas páginas vacías al final. Traza la primera línea con crayón.

 

 

© All rights reserved Emilio Palomino

 

Emilio Palomino (1997), escritor mexicano con más de una treintena de publicaciones nacionales e internacionales incluyendo la revista literaria Nagari Magazine en Miami. Ha colaborado con organizaciones como UNESCO México, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis Potosí e IberCultura Viva.
En 2022 publicó “Amor, Locura y Pandemia”, su primer libro de cuentos. En 2023 fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) del estado de SLP. En 2024 ganó el LIIIConcurso Latinoamericano de cuento “Edmundo Valadés” por su cuento “La Colonia”.
Actualmente colabora con la fundación Expansiva Hábitat Cultural, A.C. para la creación de arte multidisciplinario e imparte talleres de Escritura Creativa como herramienta de soporte para la comunidad neurodivergente. Pueden encontrarlo en IG como @emiliopalomino__

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