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Marzo 2026

MARJORIE AGOSÍN: CELEBRANDO SU VIDA. Mónica Flores Correa

Contra el olvido. Against Oblivion. Se decía que estas eran palabras tomadas de Shakespeare, palabras que Amnesty International convirtió en una suerte de lema de sus primeros tiempos, allá por la década del 60. Contra el olvido podrían ser también la definición de la vida de Marjorie Agosin — aceptando que apenas tres palabras manifiesten la médula de una vida.

 

Pues Marjorie, poeta nacida en Maryland, aunque chilena en su acento y en su identidad, de hecho, hija de padres judío-chilenos, dedicó su poesía y literatura, la docencia y

el activismo, a perpetuar la memoria como pulsión redentora de nuestra humanidad.

 

Hizo esto por su origen, judíos austríacos y rusos escapados del Holocausto; por su historia personal al abandonar Chile al prever los padres la llegada de la dictadura de Augusto Pinochet, (la cruel y larga dictadura entre 1973 y 1990); y en definitiva, por ese misterio que es una inescapable vocación. Marjorie nació escritora; empezó con su poesía a los diez años y no paró de escribir hasta su muerte en marzo de 2025, apenas unos meses antes de cumplir setenta años.

 

Prolífica, laboriosa entre los propios, los que editó y las traducciones, publicó más de ochenta libros, esta mujer menuda, con algo de fairy rubia, parafraseando un poema de su libro “Las Islas Blancas” (posiblemente mi favorito) “llevaba el ángel de la memoria en su victoriosa mirada”.

Con todo, esta visión poética no le impidió reconocer que en el exilio interior que sentía, la memoria podía ser “una obsesión perturbadora”.

 

El arte nace de un sentimiento de pérdida, sostuvo Enrique Pigeon-Rivière, fundador de la Escuela de Psicología Social argentina, en un libro seminal de conversaciones con el poeta y psicoanalista Vicente Zito Lema. Este sentir en la literatura de Marjorie, fue central. Y, sin embargo, no afectó su cotidianidad. Allí hubo amplio espacio para la felicidad, la familia -su John, marido devoto, científico, sus hijos Sonia y Joseph, los viajes, las clases, sus alumnas, los amigos. Todo imbuido de una vitalidad esencial; en su caso, creo, expresión de su judaísmo esencial, que a su vez en ella se percibía como algo todavía más hondo, más conmovedor: su humanismo esencial.

 

Conocí a Marjorie a fines de los 80, gracias a una amiga común, Renee ‘Yoyi’ Epelbaum. Yoyi era una de las Madres de Plaza de Mayo; sus tres hijos, Luis, Claudio y Lila, fueron detenidos, desaparecidos por la dictadura argentina (1976-1983).  Epelbaum estaba en Boston y dio una conferencia en Wellesley College, donde Marjorie era profesora en el Departamento de Español; allí nos encontramos.

Por esa época, Marjorie ya tenía el proyecto de un libro sobre las Arpilleras de Chile, las mujeres chilenas, parientes de detenidos desaparecidos, que hicieron tapices como denuncia contra la dictadura pinochetista. “Tapestries of Hope, Threads of Love” (1996) fue una expresión más, rotunda, de su compromiso con el feminismo y el reconocimiento a una lucha específica.

 

A partir del encuentro, hubo años de amistad y de diálogo intenso, rico, salpicado de humor. Visiones de mundo semejantes y la alegría, siempre la alegría, de encuentros en Boston, Nueva York, Maine, también Buenos Aires.

 

Su muerte nos tomó de sorpresa. La enfermedad, cáncer, se declaró un año antes, pero quiso compartir el diagnóstico solo con John. Trabajó en proyectos hasta el final, fiel al compromiso y a la disciplina intelectual que la caracterizaron. Inclusive, en sus últimas semanas, en un texto breve para la contratapa de una traducción que yo había hecho con otros colegas.

En los días que siguieron, aún bajo el pesar y el asombro, recordé el poema de Miguel Hernández a Ramón Sijé, el amigo que muere en Orihuela, pueblo de ambos. “No perdono a la muerte enamorada, /no perdono a la vida desatenta, /no perdono a la tierra ni a la nada.”

Me identifico con esta sublevación. Y al mismo tiempo siento que atempero ese sentimiento con la gratitud grande de haber tenido la amistad de Marjorie. También en el espíritu del poema de Hernández, pienso que, si algo de nosotros continúa, una expresión o forma, ojalá nos encontremos con el hada chilena pues “tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, compañera”.

 

 

© All rights reserved Mónica Flores Correa

Mónica Flores Correa es una escritora, ex periodista y profesora de Español y Literatura que vive en Nueva York. Ha publicado “Agosto” y “Dos”, ambos libros de cuentos con la editorial Arte Poética Press de Nueva York, y en la misma editorial, una traducción con Cristóbal Williams, de “Los Muertos” de James Joyce. Recientemente ha terminado de escribir la novela “Reunión”, aún sin publicar.

 

 

 

 

 

 

Poemas:

Los señores de la Gestapo

escuchaban a Mozart,

leían libros embalsamados de tapas duras,

se regocijaban en el

sagrado orden de las

familias.

Después de las sagradas meriendas

descendían a las celdas efímeras

para comer tus orejas,

para cortar tus senos

delgados,

tus manos de princesa,

para robarte

tus trece años

cumplidos.

 

 

The gentleman of the Gestapo

listened to Mozart,

read embalmed leatherbound books,

rejoice in the

sacred order of

families.

After their holy afternoon tea

they descend to ephemeral prison cells

to bite into your ears,

cut off your delicate

breast,

your hands of a little princess,

to strip you

of your thirteen lived

years.

 

 

No te gustaba la casa porque era muda, manca.

No te gustaba ese silencio precavido.

No te gustaba ser una niña judía en Ámsterdam.

Entonces,

encendías una luz,

combatías la oscuridad,

la risa solapada

y en las paredes carcomidas…

el rostro de tus artistas amadas.

 

 

You didn’t like the house because it was mute, maimed.

You didn’t like the wary silence.

You didn’t like being a Jewish girl in Amsterdam.

Then

you burn a light,

fought against the darkness,

the sly, sinister smile,

and on the crumbling walls…

the faces of your beloved movie stars.

© All rights reserved Marjorie Agosín

 

 

Marjorie Agosín. (junio 15, 1955 – marzo 10, 2025) Nació en Maryland y creció en Chile. Activista por los derechos humanos. Profesora de español en el Colegio Wellesley. Descendiente de judíos rusos y austríacos que fallecieron en el Holocausto, su familia escapó de Viena y emigró a Chile. Marjorie Agosín vivió en Santiago de Chile hasta los dieciséis años, emigró a los Estados Unidos huyendo del golpe militar que derrocó al presidente chileno, Salvador Allende. Autora de los libros: Sagrada Memoria: Reminiscencias de una niña judía en Chile—Editorial Cuarto Propio. —Ana Reimaginando: El Diario de Ana Frank—Das Kapiltal Ediciones (children’s) —The White IslandsLas Islas Blancas (bilingüe) —Swan Isle Press. —Viví en el cerro Mariposa—Atheneum/Caitlyn Dlouhy Books (Spanish edition) —El Árbol Florido—Editorial Mis Raíces. —Las Arpilleras: Una Historia con Hilo y Aguja—Editorial Mis Raíces. En 1995 ganó el Premio de Literatura Latina en poesía, entregado por el Instituto de Escritores Latinoamericanos con su libro: Toward the Splendid City(Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 1994). Recibió el reconocimiento Letras de Oro, como escritora de tradición hispana residente en EE.UU.

 

 

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