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Marzo 2026

CALÍGULA Y OTROS RELATOS. Natalia Lara

Nota del autor

En esta serie de relatos alegóricos, el autor abandona la vigilia para convertirse en el aedo de una realidad que solo puede ser narrada desde la sombra. A través de una tetralogía de poder y decadencia —desde las cabezas inmortales de La Hidra hasta el filo suspendido de Loredos—, estas líneas nos sumergen en una geografía donde la mitología clásica y la fantasía épica se funden con el pulso de una nación en crisis.

De monstruos deplorables

 

 

 

 

C A L Í G U L A

 

 TENÍAN QUE COSERLE las manos y la boca.

Aparecía en la escena con reminiscencias de drama, extendidos sus pasos de arsenal aullante. Aquellas manos de vieja sangre adherida, impacientes y duras, con cadáveres amarrados desde las muñecas, sonata de repugnancia temblorosa que le hacía crujir los dientes.

—¡Ah! ¡Codicioso Calígula! Extendido en dádivas, extravagante, incestuoso…

Situarse más acá era producir la fricción con su instinto premonitoriamente violento.

Viejos coroneles de miradas incisivas mutaban y se convertían en anélidos con la simetría que degrada hasta dar con el escondite.

—¡Oh! ¡Milonia Cesonia! ¡Oh! ¡Julia Drusila!

Los suspicaces dentro del vulgo; cierto elixir en el aire, inofensivos después de la defecación.

Bajo el cristal el sonido hueco del complot. Senadores como líderes bañados de fango.  Una burbuja es altavoz.

En el tumulto revienta. Bamboleadas de reflectores.

La sangre hiede.

Los funcionarios despiadados ¿No saben qué hacer?

 

 

 

 

LA HIDRA 

 

​  EN LA ANTIGUA Lerna, Hércules descubrió que cortar la cabeza del monstruo era inútil si no se sellaba la herida con fuego. En tierras cercanas, ocurrió una variante más amarga que aquel mito.

​Durante años, el mundo  enfocó la vista en un solo rostro conocido del Pueblo Oscuro,  creyendo que la fuerza de la bestia emanaba únicamente de la corona que portaba el Pastor Cadáver. Se pensaba que, al capturarlo o removerlo, el cuerpo colapsaría por falta de dirección.

​Sin embargo, el día en que el Pastor fue finalmente apartado, la risa esperada no se hizo presente, corría el silencio casi absoluto. En el mismo lugar donde antes se erguía una sola figura agigantada y temible, brotaron múltiples testas, más pequeñas pero más voraces, gimiendo de hipocresía.

«​La cabeza del control social», vigilaba el hambre y el miedo para que retumbara en los tímpanos una y otra vez.

«​La cabeza del acero», sostenía las armas sin rostro que, en otra época, habían sido los rostros del cuerpo castrense que defendía la soberanía popular, ahora desparramados, sangrantes y hambrientos de frente a  inocentes.

«​La cabeza del oro», que alimentaba las lealtades en la sombra para fabricar muertes cotidianas.

​Los ciudadanos —que ya alzaban las manos para celebrar— se detuvieron en seco. Comprendieron que la estructura no era un organismo con un pecho central, sino una red rizomática. El dictador no era la dictadura; era solo la cara que el sistema permitía ver. Al desaparecer el rostro visible, el sistema activó su mecanismo de defensa: la fragmentación del mando.

​La dictadura dejó de ser un individuo para convertirse en un ecosistema. Y así, aunque el trono parecía vacío, el látigo seguía cayendo con la misma precisión, recordándoles que para vencer a esta hidra no bastaba con capturar al verdugo, sino que era necesario secar el pantano que la nutría en el valle de las aguas grandes.

El mal no tenía un solo nombre ni una sola sombra.

El silencio no es paz… eyacula horror.

 

 

 

 

LAS CELDAS DE KERTIS  (El Laberinto)

 

​  TODAS LAS AVENIDAS de la gran Kertis han dejado de ser rutas para convertirse en muros. ¡No hay brújula que valga! Cuando los pasillos han sido diseñados por Vandor el Geómetra, un arquitecto cuyo único propósito es el extravío de las almas. Los ciudadanos caminan entre las columnas de la Curia de los Mil Sellos, portando pergaminos que son sus únicos escudos contra el olvido. Cada marca de tinta es una vuelta más hacia el centro de un edificio que no tiene salida, una geometría del absurdo donde el tiempo no se cuenta en horas, sino en el desgaste de las sandalias de quienes buscan un permiso para el simple acto de respirar.

​En el corazón de esta estructura no habita un rey, sino un hambre antigua llamada «El Gran Ávido». Esta entidad no necesita mostrarse, se percibe en el silencio de los jóvenes que huyen hacia las Tierras de

l Olvido y en el aire enrarecido de los sanatorios de Zul. Es una bestia hecha de edictos y de esperas infinitas que se alimenta del vigor de la estirpe de Kertis. Cada cierto tiempo, el tributo es exigido: no son catorce donceles, sino una generación entera que se pierde en los meandros de una burocracia que deglute esperanzas mientras los muros parecen estrecharse bajo el mandato de los Vigilantes de Sombra.

​Se ha perdido el Hilo de Selene, aquella guía de plata que prometía el retorno. Algunos dicen que fue vendido en los mercados de Antilia por un puñado de granos llenos de gusanos polvorientos, otros aseguran que se enredó tanto en las manos de los burócratas que ya es parte de la maleza que cubre las ruinas de la ciudad. Al final del día, el habitante de Kertis ya no busca la salida, sino un rincón donde la penumbra sea lo suficientemente espesa para ocultarse de la mirada de la bestia. La tragedia no es estar perdidos, sino haber olvidado que fuera de los muros de Vandor alguna vez existió un horizonte sin cadenas.

 

 

 

 

EL CONVITE DE LOREDOS: La Espada de Damocles

 

 

 

 

​  EN LA CIUDAD alta de Tarsis, la mesa está servida con una abundancia que hiere la vista. Hay cristales de Ícor que fingen ser estrellas y copas de oro que tintinean con un brillo que intenta ocultar el fango de los suburbios. En estas islas de aparente victoria, el vino de las Tierras Altas fluye y las risas suben de tono, como si el volumen pudiera ensordecer el rumor del hambre que ruge tras las murallas de Hierro Viejo. Es el banquete del Arconte Loredos, el festín de quien ha decidido que el presente es un botín eterno, ignorando que el suelo que pisa es puro espejismo sobre un abismo.

​Sin embargo, basta un instante de silencio para sentir el frío que emana del techo. Justo encima de las cabezas enjoyadas, suspendida por un solo cabello de la Manticora de Fuego, oscila la Espada de Ónice. No es una sola hoja; son mil filos negros que representan el colapso de las calderas de Aethel, la llegada de los Cobradores de Almas o el cambio súbito de humor de Loredos. El aire de la fiesta es pesado porque todos — incluso los más ebrios de poder— saben que la gravedad es la única ley que no se puede sobornar en Tarsis. La espada es la verdad que acecha, el recordatorio de que la opulencia es apenas un intervalo entre dos catástrofes.

​Cenar bajo la amenaza del Ónice convierte el manjar en ceniza. La mirada de los invitados se desvía inevitablemente hacia arriba, buscando el reflejo del acero que amenaza con descender y partir el festín a la mitad. En este reino, la normalidad es una acrobacia suicida: se baila sobre el filo, se ama con el presentimiento del fin y se construye sobre las arenas movedizas del Mar de las Penumbras. Al final, el invitado comprende que el trono no es un honor, sino una condena: nadie puede disfrutar del sabor de la vida cuando el cuello está perpetuamente ofrecido al capricho de un hilo que está a punto de romperse.

Natalia Lara

Puerto Ordaz, 2026

 

 

 

 

© All rights reserved Natalia Lara

Natalia Lara. Nacida en San Félix, estado Bolívar, Venezuela. Forma parte de los libros: Exilios y otros desarraigos, editorial Letralia (2018); La flor en que amaneces, editorial Azalea (2020); El Sueño y la Mancha, editorial J. Bernavil (2021); revista ensamblada La Tapa Del Frasco (2015); Antología de relatos Viaje a la esperanza, Ele Ediciones (2021); Antología Poética Aluna (2021); Epub de Micropoesía; Hágase el poema. Fanzine. Editorial Tintapujo (Chile, 2024); Lo que me dijo un ave (Antología Eco-poesía), MEJOKOJI sol del pecho, fondo editorial #NosUnelaPoesía (2024), Textículos. Editorial Tintapujo (Chile, 2025), Poemas a la deriva II (2025).

 

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