saltar al contenido
  • Miami
  • Barcelona
  • Caracas
  • Habana
  • Buenos Aires
  • Mexico

Junio 2024

ANOXIA. Emilio Palomino

Los pies colgados y desnudos acariciaban, rozando, las baldosas del cuarto. El cuerpo se balanceaba de lado a lado como un péndulo, su cabeza flotando a escasos centímetros sobre las nuestras. Mi esposa, Patricia, puso la mano en su abdomen, apretando al bebé que llevaba dentro mientras yo, con la garganta ahogada de un salivar nervioso, le insistía a la madre que, por favor, nos permitiera llamar a las autoridades.

—Pero bájenmelo antes —nos dijo con la voz como un globo desairado—. No lo dejen así, se los suplico, no dejen que lo vean, es lo único que pido, entiéndanme. ¡Dios mío! ¡Dios mío!, ayúdenme…

Salió de la habitación, desplomándose en llanto del otro lado del muro. Atenta a los lamentos de la madre, Patricia me miró, su aliento cargado de vida escapando por sus labios entreabiertos. Apuntó con la cabeza hacia el cadáver para instarme a obedecer a la madre: para bajarlo de ahí.

El cuarto, frugalmente decorado, seguía los caprichos estéticos de un adolescente. Un escritorio lleno del polvo que se filtraba por la ventana que dejó abierta, un clóset pequeño con la ropa doblada en bulto, una mesa junto a la cama con bolsas de galletas, hace mucho vacías.

Al menos dobló sus camisas, Patricia señaló a la ropa del chico colocada en pila sobre una silla. Llevó las manos a su boca al percatarse de sus propias palabras. Me acerqué a poner una mano sobre su hombro para ayudar a calmarla. Moví las camisas al suelo. Jalé la silla para usarla como base. Tenía rueditas. Si me paraba sobre ella podía caerme. Al ver mi tambaleo, Patricia se acercó a sostener el respaldo, me apoyé en sus hombros para levantarme a la altura del nudo.

Al verlo de cerca, apenas encima de su rostro morado, me desconcertó la firmeza con la que había logrado cernir la cuerda. Un tirón decidido. El hombro del chico rozó contra mí y sentí un calosfrío que casi me desploma. Patricia me tomó de la espalda para compensar mi desequilibrio.

—¿Qué tienes? —me preguntó.

—¿Cómo que qué tengo? —con cuidado descendí de la silla—. ¿Lo quieres bajar tú?

Patricia volvió a llevarse las palmas al vientre, colocadas como un cuenco como listas para detener al bebé por si se caía.

Ambos miramos al ahorcado. La lengua asomándose, burlona, de su boca; sus ojos enrojecidos y esos pies inflados, elevados apenas, sin dejar de hacer contacto con el suelo. Muchos ahorcamientos terminan así: sin logran tirarse de una altura suficiente como para que el cuello, por la fuerza, se les rompa, y con la cuerda colocada no sobre la tráquea, donde le privaría de la respiración, sino replegada más arriba en el cuello, a una altura donde es la falta de circulación, no la falta de oxígeno, lo que los mata. Una muerte más lenta y dolorosa, donde la sangre aglutinada torna su piel morada y el suicida pasa horas sin siquiera poder gritar, apenas moverse, contemplando en agonía sus propias decisiones.

Ya desde antes nos preocupaba criar a nuestro hijo en ese vecindario, con tantos jóvenes inútiles prestos a llevarlo por un mal camino. Los pandilleros, los desmadrosos, los borrachines. Pero él, sin duda, era el peor de todos. Al menos los otros chicos eran capaces de tener amigos. Al menos su violencia era colectiva, tenían un grupo que los apoyara y sus estragos también eran motivados por el gusto de ser acompañados. No era así con el chico. Lo veía cuando salía en las mañanas a mi trabajo: siempre sentado bajo algún árbol del pequeño parque del barrio, asegurándose de que los vecinos supiéramos que él nos veía, amenazando una locura que no entendíamos. Lo vi romper botellas, por diversión, contra los muros de las casas. Lo vi acercarse a los niños de vuelta de la escuela para decirles que, de morirse, les harían un favor a todos. En las tardes, muchas veces vi también al humo escaparse, indiscreto, por la ventana de su cuarto.

Los jóvenes parecían odiarlo tanto como los adultos. Notaban la forma en que el chico incomodaba a sus familias, destruía la tranquilidad que solo ellos podían perturbar. El objetivo del chico, quedaba claro, era incomodarnos lo más posible con su presencia, y aunque a los adultos no nos gustaba tenerlo cerca, interrumpiéndonos con su mirada, su presencia no significaba más que un razón más para sentir lástima y desdén por su madre. Los jóvenes, sin embargo, no tenían la misma clemencia. Más de una vez encontré al chico en la calle, su cuerpo hecho ovillo en el suelo, recibiendo las patadas hasta que, invariablemente, su madre saliera a alejarlos, a gritos, de su hijo y amenazarlos con llamar a la policía.

La misma madre que ahora, a pocos metros de nosotros, separada apenas por un muro de recuerdos fatuos, pronunciaba esos lamentos que para siempre se instalarían en nuestras memorias:

—Yo no sabía, no pude, no sé —seguido de los —: Dios mío, me muero, me muero.

Cansado de escuchar su sufrimiento, fue mi turno de pedirle a mi esposa hacer algo que ella no quería hacer.

—Ve con la señora.

—¿Por qué yo?

Le señalé el cuerpo pesado frente a nosotros y ella, después de ver la alternativa, se fue a acompañarla con los hombros abatidos. Así fue que quedé solo, frente al cadáver, en su cuarto.

Mirándolo a los ojos explotados me pregunté qué hacer para evitarle ese destino a mi hijo. Fruncí la nariz. El hedor de sus desechos, esos que la muerte exprime del cuerpo, colmaron mi olfato. La peste infectó mi juicio y reñí con mis pensamientos intentando darles forma. Por sobre todo necesitaba aclarar si ese acto, el colgarse, había sido un acto cobarde o un acto valiente. Dejar a su madre sola, eso era cobarde. Librarla de sí mismo, eso era valiente. Huir de sus problemas, eso era cobarde. Reconocer que él era el problema… Ante mis cavilaciones, la visión de su falo tieso asomando en sus pantalones como la asta de una bandera me parecieron un perfecto símbolo de la ambivalencia que rodeaba su suicidio. Un símbolo de orgullo provocado por los últimos empujes de la sangre en su cuerpo.

¿Será porque no tuvo padre? Era posible. Es bien sabido que la ausencia del buen ejemplo de un hombre suele causar comportamientos imprudentes. Los niños sin ejemplos terminan deambulando por la vida sin sentido, sin expectativas que cumplir ni lineamientos claros, como animales. Pobre de la madre, pensé, seguro hizo lo que pudo. Lo repetí en mi mente sabiendo que no era cierto. ¿Pero de todo lo que hizo o todo lo que no hizo, qué fue lo que más lo dañó? Noté que los quejidos de la madre habían cesado, reemplazados por el chiflido de una tetera donde, de seguro, mi esposa puso a calentar agua.

¿Fue acaso lo mucho que lo consentía de pequeño? Tantos dulces y frituras que le compró pretendiendo alimentarlo. ¿O fue su forma tan violenta de reprenderlo en su infancia tardía, su “preadolescencia”? Aquellas tundas públicas que le tendía a media calle acompañados de sus insultos humillantes. Ataques constantes contra su incipiente virilidad. ¿Cuánto daño le hace eso a un joven? Quizás fueron esas horas, tantas horas, encerrado en su casa durante las tardes, su madre incapaz de imaginarse sacarlo de ahí para hacer algo, lo que sea, fuera de las paredes de su descuidado hogar. Quizás si sus primeras salidas al mundo hubieran estado acompañadas de un propósito, una dirección, no habría caído en el abismo, cualquiera que ese fuera, donde cayó. Quizás si se hubiera volcado en el deporte o en las artes no habría desdichado a su madre como lo hizo. Es lo que hacen las juventudes descarriadas.

El tacto de Patricia sobre mi brazo detuvo mi ensimismamiento. Observamos juntos, de nuevo, al muerto miserable.

—¿Qué te dice la señora?

—Que, por favor, lo bajes.

La pregunta “¿cómo está?” amenazó con salir de mi boca. Me detuve antes de pronunciarla.

El cuerpo pendía, pesado, frente a nosotros. Sus párpados congelados en un descenso inconcluso. Su cara idiota se me figuraba monstruosa, congelada en aquella mueca mezclando pánico y resignación. Estiré la mano para pasar los dedos por su brazo, quería anticipar qué tan tieso estaba.

—¿Qué hacemos ahora?

Ninguno lo dijo, pero ambos lo pensamos. Llamaré al nueve once. Mi esposa marcó el número de prisa, pero demoró en dar respuesta a la operadora cuando esta le preguntó por la emergencia. Desde la cocina escuchamos a la madre levantarse de su silla y emprender una lenta marcha hacia nosotros.

—No lo han bajado —su voz sonó decepcionada, no como un reclamo, sino una triste afirmación de los hechos. Abrazaba el lateral de la puerta como si este la abrazara de vuelta. Patricia se le acercó para apartarla del cuarto, pero la madre rechazó el gesto con la mano. Quería ver al rostro azul de su hijo. La mirada pétrea del muchacho pasmada en dirección a la ventana, hacia al horizonte que se asomaba en el monte sobre las casas donde la luz del atardecer ya comenzaba a teñir la habitación de naranja. Naranja con morado, un poco de amarillo. Colores filtrados por el cristal que lo separaba, a veces, del mundo. La madre, mirando a su hijo dejar de mirar, contemplaba en silencio su innegable fracaso.

Volví a montarme en la silla de nuevo con la ayuda de mi esposa. Para aflojar el nudo, tuve que tirar de la cuerda hacia arriba. Los pies, por un instante, se levantaron del suelo. Un quejido tenue, como un silbido, emanó de su garganta al hacerlo. Parecía broma que para liberarlo tuviera que apretarlo, por un instante, un poco más. Solté la primera vuelta del nudo y el resto se desató con una rapidez inesperada. Mi esposa dejó ir la silla y se colocó bajo el cadáver para atraparlo. El peso muerto casi acabó con su fuerza hasta que llegué a rescatarla. Cada uno cargando con uno de sus brazos sobre los hombros. Lo llevamos arrastrando sus pies hasta la cama que, recién nos percatamos, había dejado tendida.

Nos quedamos con la madre, sin decir nada, a esperar. La mujer parecía saber que las autoridades estaban en camino. Mientras esperábamos, mi esposa se reclinó sobre mí con sutileza. La madre, sentada en la cama, acariciaba suavemente la mano de su hijo.

Las autoridades, al llegar, parecieron aliviadas de que el trabajo difícil estaba hecho. La madre salió del cuarto apenas ellos entraron, sin responderles nada. Mi esposa y yo seguimos el protocolo, dimos las declaraciones, breves como las pautó el oficial, y contemplamos la camilla con la que eventualmente dos oficiales torpes se lo llevaron. Los camilleros batallaron al bajarlo por las escaleras. Siguiéndolos de cerca los vimos golpear por accidente los pies del muerto con las paredes.

Al salir a la calle todos los vecinos estaban atentos. Los jóvenes de su edad, esos que tanto lo detestaron, se arrimaban al frente para tomar fotografías y recordarlo. Para burlarse del olor a mierda acompañando al muerto. Los más pequeños, alejándose de sus familias para ver mejor, abrían bien los ojos para captar cuanta realidad cupiera en ellos antes de que sus padres les taparan los ojos. Los adultos, atraídos por el aura de tristeza, se acercaron a la madre quien se había negado a acompañar al hijo más allá de la puerta de su casa. No contestó al escuchar sus condolencias.

Al vernos salir detrás del chico, los vecinos nos atiborraron de preguntas sin respuestas. Respondimos gentilmente que no sabíamos mucho, que ella fue quien nos llamó, que nosotros solo hicimos lo que pudimos. Que sí, que fue horrible. Que sí, que pobrecita. Que sí, muchas gracias por preocuparse, estamos bien, pero estamos cansados y, si no les molesta, queremos irnos a descansar a nuestra casa.

Desde la sala observamos la multitud dispersarse. Solo los jóvenes, con sus cuellos extendidos y mirando hacia arriba, contemplaban como un misterio la ventana del muerto. La ventana desde la que el chico nos observó a todos por última vez mientras moría. La ventana desde la que, recién me percataba, se podía ver directo a nuestra sala.

Después de bañarnos y cambiarnos de ropa, Patricia y yo nos sentamos en el sillón. Patricia trajo de la cocina dos vasos de agua y sus pastillas de ácido fólico y mis vitaminas. Después de tomarlas nos abrazamos, nuestras manos sobre su vientre intentando transmitirle amor a nuestro hijo hasta la matriz. Escuchamos los latidos de un corazón creciendo y mi esposa se prendió de mi mano para acercarla a sus labios y besarla hasta quedarnos dormidos. Un suspiro frío, refrescante, nos arrulló esa noche e iluminados por los destellos de luz del sol reflejándose en la ventana del muerto nos despertamos convencidos de que nosotros, al menos nosotros, seríamos buenos padres.

 

 

 

 

 

 

© All rights reserved Emilio Palomino

 

Emilio Palomino (1997) es un escritor mexicano con más de treinta publicaciones en revistas nacionales e internacionales incluyendo Ek Chapat, Muridae, Sin/Con y Gata que Ladra. En 2022 lanzó Amor, Locura y Pandemia, su primer libro de cuentos y, en 2023, fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) del estado de San Luis Potosí, México, para la creación de su siguiente libro de cuentos.

 

 

 

Tu comentario está esperando ser moderado.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.