
De vuelta a mis archivos, se me ocurre revisitar la obra de este sutilmente desdeñado escritor cubano. El adjetivo pasa de ser un eufemismo para un individuo desahuciado por la trama ideológica en la isla y poco conocido al otro lado de la arista divisoria. Buscando ser una especie de valquiria y utilizando muy periféricamente los enunciados de la hermenéutica fenomenológica, me enfrascaré en los resultados de una segunda lectura del texto insignia de Enrique Labrador Ruiz (1902 – 1991). Me mueve mi personal identificación con su discurso fuera y dentro de sus textos. Finalmente, me anima la convicción de que don Enrique, como Martí en su tiempo ─salvando las distancias, desde luego─ en el buen sentido revolucionario de la palabra, es precursor, iniciador, hombre de y a la vanguardia. Lo demás sobra. “¡Un wiscacho por Vd. en su tumba, don Enrique!”
Una vista panorámica de la novela latinoamericana en los tiempos en que se concibió El laberinto de sí mismo[1] nos pone en contacto con dos vertientes. La primera es la realista y contemplativa, que Donald Shaw llama de observación, cuando expresa: “Pasando por las sucesivas etapas del costumbrismo, del realismo y del naturalismo, había extendido el campo de visión del novelista, hasta dejar abolidas casi todas las convenciones que estorbaban la libre elección de asuntos, fueran éstos los que fueran. Hasta y aun después del año clave de 1926, es la novela de observación la que va a predominar en Hispanoamérica [Nueva narrativa, 11]. La segunda es la de conciencia artística, que, de acuerdo con las teorías un poco más recientes de Shaw “desembocará en la narrativa de fantasía creadora y de la angustia existencial que desde Arlt y Borges hasta García Márquez y Donoso crecerá en importancia hasta disputar la supremacía de la novela de observación.” (12)
Dentro de la primera corriente, aunque un poco al margen, se desarrolló la novela de tendencia denunciadora, Huasipungo (1934) de Icaza, El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro alegría, y otras. Merecen mención aparte, aun perteneciendo a la segunda corriente, Alsino (1920) de Pedro Prado, Margarita de niebla (1927) de Torres Bodet y Libro sin tapas (1924) de Felisberto Hernández, entre otros, como Arévalo Martínez, Macedonio Fernández y, por supuesto, Roberto Arlt.
Concentrándonos en el Caribe hispano, y empezando por el acercamiento al lenguaje, podemos decir que Laberinto se entronca con una línea del a veces mal llamado barroco cubano que se ha hecho evidente hasta nuestros días. Conservando las distancias, nos atrevemos a afirmar que es la línea que puede unir a Labrador Ruiz en 1933 con Lezama Lima en los años sesenta y a Reinaldo Arenas en los ochenta.
Ha habido dentro de este proceso narrativo una insistencia en las formas del lenguaje barroco vinculadas a lo cubano que no necesariamente tipifican a un ensamblaje cultural: no son precisamente el mejor discurso para caracterizar a la propia cultura cubana. Si fuere necesario una clasificación de ese caudal en los tiempos en que aparece la novela y a falta de otro término, sería quizás más apropiado llamarla surrealista que barroca o al menos, si no queremos caer en peligrosidades de clasificación, con tendencias más hacia lo surrealista que a lo barroco. Y esto lo afirmamos considerando el apego barroco al orden, a pesar de su caos engañador. Un orden que vemos en esa necesidad de asirse a las “poleas” para que esos conceptos que llamamos del barroco den su fruto. Esta particularidad la observamos en contraste con la “espontaneidad” o “casi arbitrariedad” del surrealismo, en lo que algunos llaman “desmelenamiento” surrealista, que es mucho más intenso y agresivo que en el barroco, donde siempre hay una forma definitivamente más controlada o mejor aún, “auto-controlada” como argüía mi antiguo profesor Reinaldo Sánchez. En otras palabras, al margen de la generalidad, hay toda una línea en la narrativa cubana, sobre todo dentro de la novela, donde esto se manifiesta con claridad definidora. Me atrevo a decir que con Enrique Labrador Ruiz comienza esta línea, y si tuviésemos la necesidad de ubicar sus enunciados, tendríamos que salirnos de los contornos específicos de la narrativa del Caribe hispano y aun de la misma narrativa cubana, hecho que en vez de limitar, expandiría el alcance del patrimonio o matrimonio cultural de Cuba. En realidad tendríamos entonces que asociarlo con la segunda corriente que mencionaba al principio y, aunque en términos muy generales, con aquellos escritores que se desarrollaron en circunstancias geográficas no marcadas con el sazón insular.
FIN PARTE I
CONTINUARÁ.
© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez
Héctor Manuel Gutiérrez, Ph.D,es instructor de español avanzado y literatura hispana. Funge como Lector Oficial de Literatura y Cultura Hispánicas en el programa de evaluación superior Advanced Placement, College Board/ETS. Colaborador mensual de la revista musical «Latin Beat», Gardena, California. Miembro/fundador de la revista literaria «La huella azul», FIU, Miami, Florida. Editor de contribuciones, «Revista Poetas y Escritores Miami», Miami, Florida. Colaborador «Revista Suburbano», Miami, Florida. Colaborador/ columnista, «Nagari Magazine», Miami, Florida. Colaborador «Linden Lane Magazine», Fort Worth, Texas, Colaborador, «Insularis Magazine», Miami, Florida. Es autor de los libros: Cuarentenas, Cuarentenas: Segunda Edición, Cuando el viento es amigo, Dossier Homenaje a Lilliam Moro, De autoría: ensayos al reverso. Les da los toques finales a «Encuentros a la carta: entrevistas en ciernes», a publicarse en 2026, «La utopía interior: estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato», a publicarse en 2026, y la novela «El arrobo de la sospecha», a publicarse en 2027.
[1] Senda Nueva Ediciones, 1933. De aquí en adelante, Laberinto.