Aprendí que la mirada de otros no es inocente. No se posa como quien observa un paisaje, se detiene con intención, con hambre, con una forma de insistencia que no nace de lo que soy, sino de lo que no han podido construir en sí mismos. No es curiosidad, es otra cosa. Es una necesidad de mirar hacia afuera cuando la propia vida no alcanza, cuando no llena, cuando no sostiene, cuando está vacía.
Y en esa mirada, la vida ajena no aparece como territorio disponible, sino como deseo. Observa como cazador a su presa: hambriento de vida, de reconocimiento. Analiza, desmenuza y juzga. No para entender, sino para llenar el vacío, para distraer la mirada de aquello que no quiere ver y que, al mismo tiempo, desea: la propia vida detenida, incompleta, sin dirección o sin el coraje de ser habitada para vivirla con libertad y dignidad.
Construyen versiones, acomodan fragmentos imaginados, arman una narrativa donde el otro queda expuesto, y solo en esos instantes es cuando encuentran paz momentánea. No porque hayan encontrado verdad, sino porque han logrado no mirarse.
Y es ahí donde todo se revela.
Porque no soy yo la que queda definida en ese ejercicio, es usted. En cada señalamiento hay una ausencia de vida, en cada crítica una renuncia a lo deseado, en cada intento por desmenuzar mi vida hay una forma de evitar la propia. No es mi historia la que se expone, es el vacío que intentan cubrir mientras la recorren.
Yo no cargo con eso.
No soy el lugar donde se ordena su insatisfacción ni el espacio donde se compensa lo que no han podido ser. No soy la explicación que necesitan ni el reflejo que los absuelve. Soy, en todo caso, el punto donde su mirada se delata, donde su insistencia toma forma, donde su tiempo —ese que no vuelve— se queda detenido en algo que no les pertenece.
Y aun así, continúen.
Opinen.
Observen.
Nombren.
Señalen.
Si eso les permite sostenerse un poco más sin tener que regresar a ustedes mismos.
No interrumpiré ese proceso.
Porque sé que en algún momento —no por conciencia, sino por desgaste— la mirada se cansa de rodear lo ajeno y se queda sin lugar donde posarse. Justo ahí no habrá más opción que volver.
No a mí.
A su propia vida.
A eso que han evitado tanto tiempo.
Y quizá, en ese instante, comprendan cuánto tiempo me han dado sin darse cuenta, cuánta vida han invertido en mirar lo que no era suyo, mientras la propia —la única que les pertenece— sigue esperando.
© All rights reserved Erendira Paz López

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.
Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.
Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.
Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.
Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.
Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento