saltar al contenido
  • Miami
  • Barcelona
  • Caracas
  • Habana
  • Buenos Aires
  • Mexico

Noviembre 2026

GRACIAS, INSOMNIO [PARTE V]. Héctor Manuel Gutiérrez

                                            

Imagen del eclipse total solar en la mañana del 7 de marzo de 1970, Miahuatlán, México.

Si alguien me preguntara qué ocurrencias pasaban por la mente de un joven que apenas terminaba su primer año de universidad y se atrevía a viajar kilómetro tras kilómetro de noches oscuras en una tierra desconocida, con el único propósito de presenciar un eclipse total de sol, a esa edad, francamente quizás no sabría elaborar una respuesta muy elocuente.  Ahora que arrastro tantos años de entrenamiento, docencia y publicaciones, puedo recordar eventos que sucedieron, unas veces por casualidad y otras, que por ser tan atrevido en algunas cosas, yo mismo provoqué, arrepintiéndome de unas y alegrándome de otras. De hecho, en el momento de escribir estas memorias, todavía tengo y alimento ese atrevimiento y hasta disfruto la necesidad de plasmarlas en papel, aún a expensas de sacrificar merecidas horas de sueño. Quizás uno que otro lector notará que el móvil principal en ésta y otras aventuras, ha sido y es el impulso de la curiosidad, el afán de mi constitución cerebral por conocer y experimentar con las circunstancias que, «gracias a la vida», como cantaba Violeta Parra, todavía me coquetean como polen a las mariposas.

Establecido el motivo de nuestro viaje iniciado en Cuernavaca, Morelos, y ya presentes en Oaxaca de Juárez, algunos vecinos de esa encatadora ciudad, amablemente nos informaron que la distancia entre aquel lugar que guarda tantas historias —muchas de ellas todavía sin descubrir, insisten algunos conocedores— y las afueras de Miahuatlán, lugar clave para presenciar el fenómeno planetario, sería poco más de 100 kilómetros. «Si no se detienen por mucho tiempo en las pequeñas poblaciones que encontrarán en el trayecto, el tramo normalmente se cubre en dos horas y algunos minutos» nos decían los oaxaqueños… y efectivamente, así fue.

 

 

 

 

 

 

     

          Mapa de nuestra ruta final, la pequeña ciudad de Miahuatlán de Porfirio Díaz.

                                        

Según datos recopilados en las redes, «el tiempo de traslado de Oaxaca al área de Miahuatlán de Porfirio Díaz es aproximadamente 1 hora y 30 minutos a 2 horas en coche, y unas 2 horas y 30 minutos en autobús. La distancia es de alrededor de 105 kilómetros por la carretera federal».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iglesia San Juan, en Miahuatlán, Estado de Oaxaca de Juárez.

Gracias a los consejos de nuestros amigos oaxaqueños, llegamos bastante temprano al lugar. Entre otras cosas, llevamos una canasta con atacos, porciones de enchilada Suiza [mi plato mexicano favorito…sin picante] y varios comales con frijoles negros, todo todavía calientito y aromático, además de botellitas de cristal con Coca-Cola fría producidas con genuino azúcar de caña en Los Estados Unidos Mexicanos: un desayuno completo para cinco personas, comprado en un puesto de comida, durante una rápida visita a la comunidad de Miahuatlán.

A nuestra llegada a la zona oficialmente reservada tanto para observadores como científicos y especialistas astronómicos, nuestra primera impresión fue muy positiva. Aunque localizada en una sección montañosa, característica muy común en el Estado de Oaxaca, el área asignada disponía de espacios amplios, relativamente planos, donde los medios de transporte podían estacionarse. Perfecto en muchos sentidos, según datos geográficos registrados con anterioridad, entre otros atributos regalados por la naturaleza, el terreno tiene una altura considerable de unos 1,620 metros sobre el nivel del mar. En aquella ocasión, se sentía una temperatura sumamente agradable, como también fue el trato que nos mostraron los habitantes de esa afortunada región mexicana.

Un buen número de los techos y capós o «cofres» de los vehículos, servían de plataforma para fotógrafos, periodistas, y entusiastas o simplemente, curiosos que trataban de lograr una perspectiva visual más amplia del espectáculo, mientras la mayoría del público [nosotros incluídos] podían desplazar una toalla, un mantel o una colcha en el suelo enyerbado, para desde allí, sentados en una especie de «picnic» sabatino, compartir algo de comer o beber, y conversar, mientras esperaban el comienzo del espectáculo.

Como llegamos relativamente temprano, admito que, henchido de entusiasmo y armado con mi acostubrado espíritu de curiosidad, tan pronto devoramos el desayuno que habíamos llevado, caminé por casi toda la zona, saludando, conociendo y conversando con extraños de todas las edades. También me entretenía admirando los vehículos, particularmente los que en esa época juvenil eran desconocidos para mí.  Todos arribaban y se estacionaban donde el espacio lo permitía, pues la cantidad de personas, nacionales y de diferentes países allí presentes, era bastante considerable. Entre otras muchas cosas, recuerdo la concentración del equipo técnico del Observatorio Federal Suizo. Me impresionaron los enormes camiones [y cuando digo enormes, no exagero en lo absoluto] provenientes de la entonces activa Unión Soviética en buques que, navegando desde la Europa oriental hasta México, vía el cercano Océano Pacífico, llegaban repletos de especialistas y soldados que eran parte del personal ruso asignado en la región con fines de estudiar y documentar el fenómeno.

   Expectadores admirando los equipos astronómicos de la época, la mañana del sábado 7 de marzo.

Me llamó mucho la atención ver y escuchar a dos científicos provenientes de los Estados Unidos que entablaban una amena conversación en inglés con «El Handome Gringo», propietario del carrito que nos permitió ser partícipes de aquella hazaña. Estaban rodeados de un grupo de estudiantes y especialistas totalmente sumergidos en la preparación de los equipos utilizados para grabar los pormenores de la función programada para nosotros, a apenas unas horas de empezar el espectáculo.

Por supuesto, el resto de nuestra tripulación poco a poco fue incorporándose al grupo de curiosos que rodeaban a los científicos, quienes, como nosotros, ya poseían las gafas especiales para protegerse de la intensidad de la luz solar directa, mientras la luna cercana, se movía hacia el sol.

 

Parte del público, muchos de ellos con lentes especiales, congregados frente a la iglesia San Juan.

Como era de esperarse, la Reina Luna puntualmente empezó a dominar con su presencia al Dios Sol, en un acto efímero, pero maravilloso, que poco a poco convertía al monarca en un enorme círculo negro, enmarcado por una hermosa corona dorada. En aquellos 3 minutos y 28 segundos, la naturaleza nos deleitó con una sorprendente exhibición teatral en la que la realidad matutina, en un acto de magia, se transformó en atardecer. Los sonidos comunes del lugar pronto se convirtieron en una sinfonía de movimientos de insectos y lagartijas cobijándose en sus huecos, piedras y cuevas. Las aves cobijaban las crías en los nidos, con especial cuidado materno bajo sus alas protectoras, mientras los pajaritos de diversas especies entonaban cantos de bienvenida a la noche que no era noche. Exceptuando el nacimiento de mis hijos, no se ha repetido en mi línea existencial, un espectáculo tan tierno y sereno como el que a mis amigos y yo nos tocó presenciar en aquel plató de Miahuatlán de Morelos.

Como antes señalé, nunca supe los nombres de los dos buenos samaritanos que en la madrugada de aquel sábado remolcaron el Volcho, camino a Oaxaca. Aunque tengo buena memoria, no recuerdo el verdadero nombre del noble anciano norteamericano que nos permitió acompañarlo rumbo al sur en su carrito. Tampoco supe los nombres de los prestigiosos científicos a cargo de la cámara especial y demás instrumentos necesarios para captar la cronología cumbre del fenómeno, que incluyen la foto que encabeza esta parte de mi historia y continúan hoy resguardados en bibliotecas e institutos de astronomía. No hace mucho que supe quiénes eran, y para ello tuve que esperar décadas. Con suerte para mí, finalmente logré mi objetivo, pues inventaron una rica, aunque a veces peligrosa, fuente de datos que ahora conocemos como «internet».

Aquellos caballeros eran el Dr. Donald H. Menzel, Jefe del equipo astronómico, y el Dr. Jay M. Pasachoff, segundo en la dirección del grupo que viajó a Miahuatlán. Éste incluía una cuadrilla de estudiantes avanzados de astronomía y ciencias vinculadas, en la Universidad de Harvard, donde los primeros fungían de profesores. Ambos científicos fueron pilares en importantes investigaciones, y un buen número de sus libros fueron incorporados como textos en escuelas, colegios y universidades de los Estados Unidos.

                                                    

 Profesor  Donald H. Menzel.

 

Portada de uno de los libros del Dr. Menzel

                            

                                                                                    

                                                              

       Dr.  Jay M. Pasachoff

 Libro más conocido del  profesor Pasachoff.

 

 

 

  

 

Dr. Passachoff en plena faena astronómica.

Por supuesto, nunca he adquirido o heredado ninguna orientación o preferencia científica; definitivamente no creo que hallan encontrado huella alguna de esta inclinación en mis genes. Sin embargo, siento un profundo respeto por los profesores que indagan, profundizan y comparten esa indomable atracción hacia el descubrimiento e indagación de algunos secretos de la naturaleza. Cuento entre ellos los misterios de la presencia y lejanía de los planetas y, quizás más que éstos, la lenta pero constante tendencia a la evolución de las cosas que nos rodean, e incluyo en el grupo, a la tribu humana. El eclipse total del 7 de marzo del 1970 fue uno de los grandes eventos del Siglo XX, de acuerdo con algunos textos que anunciaban el fenómeno con increíble exactitud. De ahí mi interés en asociarme al plan de aunarnos en aquella aventura que todavía resguardo en el corazón… por supuesto, siempre admitiendo que la mención de este importante órgano no es más que otra de nuestras habituales metáforas.

FIN PARTE V [CONTINUARÁ]. 

 

© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez

 

HéctorManuel Gutiérrez, Ph.D, es instructor de español avanzado y literatura hispana. Funge como Lector Oficial de Literatura y Cultura Hispánicas en el programa de evaluación superior Advanced Placement, College Board/ETS. Colaborador mensual de la revista musical «Latin Beat», Gardena, California. Editor de contribuciones, «Revista Poetas y Escritores Miami», Miami, Florida. Colaborador «Revista Suburbano», Miami, Florida. Colaborador/ columnista, «Nagari Magazine», Miami, Florida. Colaborador «Linden Lane Magazine», Fort Worth, Texas. «Insularis Magazine», Miami, Florida. Es autor de los libros: «Cuarentenas», «Cuarentenas: Segunda Edición», «Cuando el viento es amigo», «Dossier Homenaje a Lilliam Moro» y «De autoría: ensayos al reverso». Les da los toques finales a «Encuentros a la carta: entrevistas en ciernes», a publicarse en 2026, «La utopía interior: estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato», a publicarse en 2027, y la novela «El arrobo de la sospecha», que espera publicar en 2028.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.