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Octubre 2026

BARES …Barcelona Años 70. Eduard Reboll

 

…a los ganàpies,  cipleros, a los amigos del grupo gin-tónic y a los comuneros.

 

Bar, bar de barrio, disco-bar, snack-bar, “bar-de-chicas”-…para no ser explícito en el lenguaje de aquel tiempo-, o bar de “alterne” para omitir el vocablo gay u homosexual no permitido en la época. Club, club privado, bar de ambiente, antro, barito, bar de tapas, bar de playa, chiringuito, bar musical, una terraza, una granja. Bar irlandés, un bar de diseño, un bar de copas. Bodega, un café-especial-donde sirven…, una cafetería, cafetería-restaurante, un bistró, un bar de platos combinados, un frankfurt. Tasca, mesón, taberna, cantina, bufete libre, cervecería, vermutería. Tablao, pub, cabaret, discoteca, güisquería, una barra americana, un café-concierto… la coctelería.

En nuestras manos: un chupito, un tinto del Priorat, conversando sobre el resultado del F.C.Barcelona con el Real Madrid, en cualquier punto lánguido de la ciudad, durante aquella década. Seamos precisos, en el bar La Plata, mientras saboreas unos pescaítos y hablas con Pepe, su dueño, sobre la lluvia torrencial de ayer. Los chiringuitos de la Barceloneta no cesan de triunfar frente al mediterráneo y junto a los baños Orientales y de San Sebastián: Can Costa, Terramar, La Venta Andaluza, El Salmonete…Pero yo me dirijo al interior del barrio, cerca de la plaza del mercado, justo cuando acabo de trabajar; y allá me tomo un vermut de Reus y una bombeta en la Cova Fumada.  Sin menospreciar por ello, los calamares a la plancha de Can Ramonet o una cena de lujo en Can Solé.  Aquella noche, donde la madre de mi hija y yo acudimos, en la mesa contigua: Bigas Luna e Irene Papas conversaban como si fueran amantes, con un postre clásico en sus hocicos: crema catalana.

Un vaso largo -popularmente conocido por tubo- es lo que contiene un cubalibre o un gin-tònic en elLondon de la calle Conde del Asalto. Contemplas su belleza modernista como local y el camarero te recuerda que Hemingway estuvo alli con el mismo glamour que en el Muy Buenas, especializado en pollo al gusto, y callos al estilo de los ciudadanos de distrito V. Muy cerca de estos lugares del barrio Chino, hoy apodado El Raval, el Kentucky sigue brillando en rojo e historia y su increíble barra larga parece que no tenga fin. No muy lejos, y ya sepultado, el bullicioso cabaret Villarosa donde los artistas Ocaña y Nazario acudían durante las bohemias noches en aquella época ramblera y libertaria que se vivía en Barcelona. Al otro lado de la rambla, el bullicioso Jazz Colon ubicado en un antiguo frontón hoy desaparecido, junto al mítico restaurante Amaya.

Presumiendo de un jersey Lacoste que alguien ha comprado en la tienda Furest, es decir, si eres un pijo y esperas conquistar a tu amiga por tu condición de liberal, nos veremos en la discoteca del Bocaccio y esperarás que llegue el gentío de la llamada “gauche divine”, para complacerte. Pero si te sientes a gusto con los progres que han sustituido el pantalón de campana por un mono azul en su figura, se han hecho crecer el pelo largo de hippie hasta los hombros, y en vez del crucifijo en el pecho, lo han sustituido por le símbolo de la paz …en aquel momento, gozaremos unidos en El Zeleste mientras nuestro oído se dirige, hacia la orquesta Platería o el Gato Pérez. En cambio, si estás al lado de tu supuesta novia oficial del momento, la discoteca Tobogan –Karma en la etapa de la Transición de los 80- pondrá en el altavoz Let it be o I Can’t get No, junto a un cointreau con hielo, en un vaso on the rocks, para señalar su figura bajo un sintagma impropio a día de hoy: el piropo. Pero si quieres, podemos acabar en la plaza Real y acudir al Jamboree y disfrutar de una jam-session con Tete Montoliu. Acudir al Sidecar, si te gusta el punk de la Banda Trapera del Río. O, en el Tequila de la calle Escudillers, junto a la flota americana y las “prostitutas de bien” escuchando la salsa de la Fania All Stars o Ruben Blades  cantando una canción sobre los bajos fondos: “Pedro Navaja, las manos siempre dentro el gabán/ Mira y sonríe, y el diente de oro vuelve a brillar…/. Y perpetuar la noche tomando, en el garito La Cazalla de la calle Arco del Teatro, un orujo con pasas morunas, mientras contemplas la escultura del autor teatral Frederic Soler. A continuación, meditas si irás al Pastís para recordar a Jean Genet mientras escuchas a la Edith Piaf y se deshace en la copa el Ricard que te tomas. O si prefieres “morir” en el Marsella mientras detrás de la antigua barra, un camarero hace descender agua lentamente sobre un terrón de azúcar, para que la absenta que te prepara, adquiera el color y la textura deseadas.

Bien, vayamos a comer…Un plato, unos cubiertos de argento y un mantel blanco e impoluto, si es que vamos a cenar para aplaudir a la abuela en el restaurante 7 portes. Tambien puedes acudir a Can Culleretes, el restaurante más antiguo de la ciudad y pedir un fricandó. Y si mucho me apuran…unas ostras gallegas de Arcade o un pulpo de Mugardos con un vino albariño en el Botafumeiro si aquel día le dijiste:” Sí… me haría ilusión salir contigo”. Después, saborear el olor a ron Bacardí quemado contemplando, desde un sillón de sky, un número musical en el cabaret Barcelona de Noche aplaudiendo a las vedettes queer, Bibi Andersen o Ángel Pavlovski. Ir a la Cupula Venus, y ver a Christa Leem en las manos de Joan Brossa y convertir, un striptease, en un poema visual distinto y para nada lascivo. Bailar al son de los Lone Star, “Mi calle tiene un oscuro bar/húmedas paredes/ pero sé que alguna vez/ cambiará mi suerte” junto a una chica ye-ye, antes que el cómico Eugenio nos deje con sus monólogos únicos. Un humor, negro e inteligente, que lo inicia siempre así: “Saben aquel que dice…” en el pub Km del barrio de Sants.

“Ahora vengo Marga, he quedado con unos amigos en El Oriental. No sé si llegaré a cenar. Vosotros empezad. Y si queda algo, ya me lo comeré”. Este era el lugar más común del barrio donde acudía mi padre. El siguiente era el bar Elías. Y por último, el más venerado, La Mina. Allí, el último calamar a la romana aleteaba en su dedo índice, una vez el plato de tapas se quedaba vacío. A grito de triunfo, vociferaba entonces un: “Se acabó por hoy el último anillo de oro. Que mi suerte os acompañe. Seguimos mañana”. Así pasaba la tarde-noche cuando necesitaba celebrar sus dividendos del negocio, una vez había trasferido en el puerto, toda su mercancía de alimentos procedente de Canarias,  con buenas comisiones en el bolsillo. O, por el contrario, bajo la borrachera triste y contenida. Liberando, de esta manera, el eructo de copitas de coñac Fundador al aire, cuando sus pérdidas eran pródigas, un lunes cualquiera del año. En aquel tiempo, y en aquella “mina”, era común confundir la pena maldita entre el humo de los Celtas cortos entre el público. Eso sí, cuando la reunión familiar lo requería; llámese cumpleaños, festejo para celebrar el santo de su primer nombre, o simplemente para complacer a un amigo fiel, de nuestro entorno … en aquel momento íbamos al Bou. Un sitio distinguido por su excelencia, si bien el nombre genérico se sustituía por café-restaurante. Ante nosotros, una carta bien caligrafiada a diario por el dueño. Un menú de tres platos para servir a los comensales al mediodía. Meseros con uniforme blanco, botones dorados y hombreras púrpura en ambos lados; y siempre con la sonrisa en los labios, acercándose a los clientes para hacer delicia y recuerdo de la estancia en aquella experiencia inolvidable.

Pero bien, hagamos una acotación al título del artículo: estos últimos bares que cito en el párrafo anterior, se ubicaban en la jurisdicción de Collblanc, en la ciudad de Hospitalet de Llobregat. Eran contiguos a Barcelona. Una calle, que había sido un río seco en sus orígenes, separaba a ambas urbes; su nombre, Riera Blanca. Bares que confrontaban el distinto nivel de “clase” que, la capital de Catalunya, adquiría frente a sus villas vecinas, mayoritariamente, superpobladas por la clase trabajadora y emigrante de los municipios del sur de España. Al fin y al cabo, bares de barrio y humanidad compartida en aquellos antros que se transformaban en pequeños “palacios” de tapas,los domingos después de salir de misa.

– ¿A donde vamos hoy?

– Pues podríamos ir al …

Bien. Ya sé la respuesta con el final de este escrito “Eduard te olvidaste de citar al…”

Tengo una idea. La edad no perdona …acudan al bar que no he nombrado, después de leer el artículo. Tanto da si fue de culto o lujo para ustedes, Y si no existe en la actualidad, visiten Google o Youtube; y seguro que lo encuentran.

Ahora que he ultimado mi objetivo, voy a tomarme una clara de limón y cerveza, dentro de una jarra alemana en el bar del Centro Católico de Sants. Con la curiosidad que, quien lo regenta, es una familia hindú de Nueva Delhi; practicantes del sanathana dharma, es decir, brahamanes, aquella religión donde las deidades tan de moda en los 70, Visnu y Shiva hacían que los viajes a la India proliferaran al mil por mil. Por cierto, este local, dentro de la clasificación de hoy y a su atributo asiático e inclusivo, lo llamamos: un bar-mixto.

Eduard Reboll

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