DE LA BARCELONA RACISTA A LA GLOBAL. Eduard Reboll

El ayer

1962.Una clase con pupitres de madera en una escuela religiosa. En la última fila, quien escribe. ¿Razón? Mal comportamiento por hablar y distraer al profesor de Matemáticas con mis tonterías. Si descartamos el bofetón en el lado izquierdo y la copia caligráfica escrita en itálica de “No hablaré en clase” cien veces como consecuencia, averiguamos la verdadera causa del hecho: haber preguntado de dónde era el nuevo estudiante que hoy había venido de la ciudad de Sabadell -población a 30km de Barcelona- a los compañeros contiguos de tu mesa.

Cualquier alumno que no fuera de la ciudad de Barcelona era un “extranjero”. Y en aquella edad donde la primera comunión ya era un hecho, el término, no suponía un sinónimo despectivo, más bien lo contrario. Las expresiones “Este chaval no es de aquí”, “¡Uuuuy… Yunior viene de muy lejos!”, “¿Y qué hacen allí?; ¿tú sabes?” correspondía a expresiones de indagación, búsqueda, e interés porque alguien te narrara aventuras y distintos espacios de los que tú vivías. Y repito, con 18 millas fuera de tu entorno uno creía que ya habían “mundos fantásticos” distintos al tuyo.

                                      

 

Averiguar qué pasaba a pocos kilómetros de tu morada, sabiendo que aún había vacas en la lechería de tu barrio, la basura aún se recogía en un carro tirado por dos asnos, la televisión en blanco y negro aún no se encendía en el comedor de mi hogar, en la sala de cine sólo pasaban westerns, las ganas de conocer universos nuevos: no cesaba.

Saber de buena tinta que alguien que no fuera de tu calle o tu aula era toda una aventura; se convertía en un objetivo en sí mismo.

Cuando fui más joven la primera ciudad que quise ver era París. La razón no fue la torre Eiffel o navegar por el río Sena, sino el saber que había comunidades de otras razas allí. Gente de Senegal, Malí e incluso los “pieds noirs” argelinos. Gente vestida distinta y junto al color en sus prendas bebiendo Pernord o anís. Mujeres rubias y altas con sortijas y collares exuberantes. Restaurantes chinos o vietnamitas. Comunidades de artistas hippies con el pelo largo viviendo en un mismo espacio. Latinos comiendo arepas o tacos. En fin, el París de los museos era la misma calle a finales de los años sesenta.

Desde la autocrítica y vergüenza actual, no negar la utilización del lenguaje popular de la época para referirte a una persona de descendencia africana “negrata”. Del continente latinoamericano como un “sudaca”. De origen norteafricano o musulmán como “moro”. Un “indio” a cualquiera que llevara un sari o tuviera el rostro moreno y estirado. “Chinito” cualquiera de raza asiática; uno no distinguía a alguien que fuera de Osaka de otro que fuera de Shangai. “Yanqui” a todo aquél que no hablara ni francés ni italiano -lenguas latinas, al fin y al cabo-   y lo hiciera en una lengua donde “parece que coman sopa todo el rato” fuera esta el inglés o incluso el ruso. Y dentro del ámbito catalán se utilizaba “charnego” para señalar a quien no conversara en tu lengua materna en Catalunya y viniera de España. Y para un castellano de Madrid o de otra parte de la Península que usara el despectivo hacia nuestra cultura, nosotros los catalanes éramos unos “polacos”.

                                                

 

Desde la estúpida y reaccionaria visión racista, curiosamente, también había un contradictorio interés por la cultura del Otro. Saber de sus costumbres y su idiosincrasia. Y a la vez, un rechazo por residir en el mismo lugar que tú habías nacido. La famosa y nauseabunda frase de “Aquí vinieron y de aquí nos echarán… ya verás” aparecía en todas partes, sobre todo, en el ámbito familiar y callejero de la época.

La cotidianidad del hoy en una ciudad global

Barrio de Sants. En mi calle, simplemente en esta acera donde habito ahora, conviven distintas comunidades bajo un mismo espacio. Frente a mí, platos de cachito, asado negro, bollón pelón o carne mechada de un restaurante venezolano. En la escalera contigua vive un italiano de Calabria. A sus cincuenta años tiene un par de plantas de marihuana en la terraza y un gran amor por el naturismo. Por no usar, no lo hizo con la mascarilla obligatoria durante la pandemia. Debajo vive Ana María, una peruana de un pueblito de los Andes que ha acabado el máster de Marketing y Relaciones Públicas en la universidad de Barcelona. Su hijita Rita, a veces, baja conmigo a jugar a “abuelitos y muñecas”; practicamos la lengua catalana en su aprendizaje escolar y posiblemente en septiembre sea su padrino.

Ahora me daré una vuelta por la avenida principal, la Avenida Creu Coberta cerca de Plaza España y cenaré un kebab en el restaurante turco Mustafa’s Gemüse. La cola es tan grande que da la vuelta a la manzana. En fin, todo un éxito. Si tengo algún problema con mi teléfono, aquí, hoy por hoy, vamos al “paki”; diminutivo de paquistaní. Sin embargo, si me hace falta comprar una botella de plástico para poner agua en la nevera, un interruptor eléctrico, unos bolígrafos, un abanico, o simplemente unos pantalones cortos por siete euros, vamos al “chino de la esquina”.

Y así pudiéramos seguir con la colombiana de Medellín que ahora barre el portal, o el dominicano que ha montado una barbería ultramoderna para cortes de pelo a la última moda. O simplemente ir a La Revuelta, una tienda de productos mexicanos que en una reseña en Google podemos leer. “Los packs de tortillas y salsa para llevar son estupendos. El chico que atiende es muy amable. Pero lo mejor son los tequilas y mezcales. Sin duda”.  Y por último y más reciente por la situación que hoy vivimos en Europa, en la acera de delante a pocos metros de mi loft vive Lyaksandra, una joven ucraniana con parálisis cerebral que al acercarme a su silla de ruedas fija sus ojos en mis pupilas en un intento de preguntarme quien soy. “Yo me llamo Eduard. ¿Cómo estás?:

Es el futuro. No solamente aquí en Barcelona sino en el mundo interplanetario que nos ha tocado vivir. Y entiéndase por este adjetivo no como la conexión entre planetas de un mismo firmamento, sino más bien por los distintos universos que conformamos las personas que residimos aquí, en este feudo, llamado Tierra.

 

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

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