CRÓNICA DE UN . . . Eduard Reboll

Bajando la calle Enrique Granados, el paseo es cálido y sugerente. Todo regresa a la normalidad de nuevo y el calor sofocante de hoy en Barcelona, queda menguado por la sombra que bordean los árboles a la orilla del paseo. A mi lado, ciudadanos deambulando por las tiendas de diseño, moda, mobiliario… y joyería.

—¡Hombre! ¿Cómo estás? Tiempo ha pasado ¿No?

—Bueno, quizás sí. Con la mascarilla ya todos parecemos igual.

—¿La mamá bien?

—Sí, ya muy mayor. 92.

—Recuerdo que tenías hermanos

—Sí, uno. Se murió hace tiempo y tuve que bajar de Miami aquí para la ceremonia y enterrarlo en el camposanto de Les Corts…

—Sí, lo es. Pero disculpa. Ahora no me acuerdo quién eres…

—No sabes quién soy? Llevamos juntos nuestros hijos a la escuela.

—Sepárate unos metros y bájate la mascarilla.

—Soy Gutiérrez. ¿No me reconoces?

—Me suenas algo, pero la verdad que ahora no sé quién tengo frente a mí. ¿A cuál colegio te refieres? Mi hija fue a tres, durante su escolarización.

—Venga… adivínalo.

—En South Miami Elementary

—No

—En Coral Gables High School

—Sìii. Lo ves

—¿Y cuándo regresaste a Barcelona?

—Hace tres años; por negocios. Tengo una tienda de electrodomésticos en la zona alta de Pedralbes. Sin embargo, no me va muy bien en la actualidad. Todo pasará cuando acabe este infierno que vivimos.

—Eso pienso yo también. ¿Y qué tal la vida?

—En este momento, venía de la Clínica Teknon para traerle un regalo a mi amigo Javier Tesoro. Pero ha muerto de covid. Pobre.

—Gluuups

—¡Mira qué reloj y que pulsera le había comprado para su esposa!

—Un Rolex y un brazalete con una hermosa diadema.

—Así es la vida. ¿Y qué voy hacer? Me había gastado todos mis ahorros para complacerlo y me estaba ayudando en mi business. Y ahora nada. Por cierto ¿A ti te gusta?

—Hombre cómo no me va a gustar. Son joyas de mucho valor y diseño.

—Sí lo son. ¿Y qué hago con ello?

—No sé; no me preguntes. Por cierto… no me has dicho aún mi nombre.

—Es verdad. Yo nunca olvido las caras, pero como a ti te ha pasado conmigo, la edad no perdona a nadie y ahora no lo recuerdo.

—A ver si lo adivinas: ¿Javier, Ricardo o Lorenzo?

—Dame una pista y nos reiremos juntos

—Corazón de León

—Ja, ja ja… Ricardo

—Sí señor. Ricardo, como el del Corazón de León me llamaban de pequeño

—Bueno venga, sí o sí, dime ¿cuánto quieres por el reloj y la pulsera? Tal como estoy, ya no me importa nada. Dame lo que tu sugieras y lo acepto Ricardo.

—“Ricardo” no: Eduard

—¿Cómo? Ya sabía que estabas jugando conmigo Eduard ¡Venga!, ¿cuánto me das?

—¿Qué cuánto te doy? No jodas ¿Dime quién de nosotros dos está jugando con el prójimo? ¿Tú o Yo?

Tenía dos brazos, pero sólo una mano operativa. Iba muy elegante. Vestido con su camisa blanca de seda y un traje azul marino, tal como corresponde por la zona donde me movía. Una mirada sutil en el primer minuto del encuentro; y bajo la sombra de la pena, al final del cuento. A continuación, cerró las cajas con el nombre de la joyería cercana al lugar donde me había detenido a ver unos pendientes para mi esposa. Colocó las anillas de la bolsa en su brazo manco y partió sin imputarse cruzando la calle hacia el lujoso Paseo de Gracia.

Usted mismo puede escoger el sintagma que sigue al título Crónica de un… A continuación los cito: timo, estafa, fraude, sablazo, treta, engaño o trampa.

Por un instante, me detuve.

Di la vuelta a la cuadra. Como periodista, sentí un látigo en mi figura. Aquella historia me la había creído hasta que mi memoria visual me dijo que: yo nunca había tenido un amigo a mi alrededor sin los cinco dedos de su mano izquierda. De repente, vi cómo regresaba de nuevo cerca de la platería de alto standing, en busca de una nueva víctima. Junto a sí, la Joyería Joy sosteniendo la planta de un edificio de pompa y boato.

—“Enjoy your time. For sure, I did it”. Decimos en América.

—Déjeme en paz

—Reconozco que me has “captivated”, y ahora te lo digo en spanglish. ¿Te has olvidado del idioma que compartimos juntos en Miami?.

—Que me deje en paz le he dicho. Yo nunca he estado allí.

—Venga Gutiérrez

—Déjeme…o

—¿O qué?… Quizás avises a la policía ¿…no? Una carcajada salió de mi pecho al unísono con un sentimiento de envidia.

—Le guste o no. Así es como me gano el sustento.

—Pues permítame felicitarle. Yo que me las doy de listo sólo al final de esta historia me di cuenta. ¿Conclusión?

—Qué conclusión ni que mierda… olvídeme.

¿Qué regalo le podía hacer a mi émulo en el circo que me llevó a creer que fuimos amigos en una metrópoli donde no había pisado en su vida, jugando conmigo a creer que era la escuela de la segunda opción la que permitió que nos conociéramos y nuestros hijos estuviesen juntos en el mismo pupitre?

Pues muy sencillo: el obsequio es esta columna dedicada a él con la segunda opción en el título que diga, por ejemplo Crónica de un gutiérrez. Nominalizando este apellido en nombre de un oficio por si alguna vez me volviera a suceder.

Que pasen unas felices vacaciones.

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

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