VEJEZ: la lentitud del verbo. Eduard Reboll

Mientras jugaba con una pelota de colores en la cocina, mi abuelo, con una navaja de pescador en la mano, sacaba la piel de las sardinas antes de ponerlas en la cazuela. El plateado de las escamas se esparcía por la superficie de las baldosas como nieve plástica. Y, el acto de agacharse a recogerlas, le suponía más de un minuto largo en doblar la cadera y acercar sus manos al suelo. La pelota seguía su rumbo.

Entre aquellos dedos, yacía una unidad: el aceite recorriendo las manchas blanquecinas de su piel y el azul quebrado de sus venas en el dorso. Cuando los párpados estaban a la misma altura, la esclerótica se teñía de rojizo. En ocasiones, alguna lágrima se desprendía, sin ningún porqué que yo pudiera deducir. Aquel hombre que en sus cuentos sobre la Guerra Civil Española hablaba de la rapidez imprescindible en el frente para poder sobrevivir en aquél ayer, tardaba sesenta segundos largos en alcanzar un gesto de recogida a tierra. Tres conjugaciones en esta imagen de los años cincuenta definían a mi antecesor desde la parsimonia: doblar, recoger y resistir. Y al final, un adverbio que siempre los acompaña: el «lentamente».

Cinta, mi abuela materna, miraba fija la pantalla del televisor. No entendía como desde aquella caja de madera en aquel entonces, los individuos se podían reproducir como si estuvieran de verdad delante suyo. Mientras veía una telenovela, se pasaba la mañana intentando deshojar las alcachofas para poder digerirlas al mediodía. Y hasta creía que era una excursión ir de la sala del comedor a la cocina para ponerlas a freír. En sus letanías propias, sin más religión que el de un monólogo que partía del momento, recitaba cada una de las tareas que tenía pendiente antes de las doce del mediodía: «Abriré el armario. Sacaré la harina y el aceite. Lo cerraré para que no entren moscas…Y después ya veremos si tengo ánimos». Cada oración era una novela tras otra. El tiempo y los verbos se servían bajo la languidez.

Hoy a mis sesenta y seis, el cine interior sobre lo vivido en mí, se difumina como aquellas interrupciones que, de repente, se ralentizaban cuando al proyeccionista en la sala se le había enredado la película. Sensaciones bajo el vaho de la imagen y el vozarrón de los personajes. A veces, emulan mi memoria al intentar recordar qué fue aquello desde la urgencia. Lo que representó un triunfo. O un recuerdo imprescindible para entender quién has sido y quién te circunda. Se le une el crujir de la rodilla antes de iniciar mis ejercicios sobre una cinta en el gimnasio. El de los dedos, previo a los signos del lenguaje que darán pie a un artículo como el que ahora lees. La bisagra que une los dos hombros con el resto de mi esqueleto. El simple acto de bajar las nalgas, para que se acomoden en un banco o un sillón de cuero para que mi figura descanse. O simplemente ir a «San Google» para consultar, en su biblia, el actor que por ejemplo protagonizó Easy Rider  —por cierto, era Denis Hooper; gracias Wikipedia—. Conclusión: cada vez es más difícil ser un «easy rider» por este mundo del recuerdo.

Antonio Gamoneda le puso un epígrafe a todo lo anterior. Un hermoso poemario que denominó con otro título: Arden las pérdidas. Pues bien, esta es la antesala antes de que el mármol guarde nuestro cadáver en el camposanto.

Por cierto…, ¿qué día es hoy?

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Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

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