UN DÍA CUALQUIERA DE 1962. Eduard Reboll

Al grup Gin-Tonic

 

Me levanto. Hoy es viernes y son las 7 de la mañana. Soy un niño con la misma edad que la hora que cito. Alzo el vuelo hacia el alba para ir a la escuela y me preparo para vestirme. Frente a mi cama, una silla con un pantalón de tergal, la camisa azul marino a rayas que me regaló mi abuela. Y también, a rayas es, mi bata de los Hermanos Maristas. Obligatoria, sí o sí, para entrar en un colegio del barrio de Sants donde ahora me dirijo.

Mi mamá, lo ha dejado todo bajo un orden riguroso, para que no haya dudas de qué el día es laboral aún …y no de fiesta como yo deseo. De todas formas, ya solo quedan dos jornadas para que mi Primera Comunión sea un hecho.

El que escribe, vive frente a un mercado municipal de abastos. A dos manzanas de la gran Barcelona, para ser precisos, en Hospitalet. Una villa donde, la mayoría de inmigrantes de Andalucía, Murcia y Galicia del reino de España, se han hospedado en busca de una mejor vida, huyendo de la miseria del campo rural y la injusticia.

Hoy, queda poco carbón en la cocina del piso segundo segunda donde habito. Y mi madre me advierte que no le queda tiempo para prepararme la primera comida del día. “Iremos a la granja, y si te portas bien, desayunaremos chocolate con nata si te das prisa… ¡Venga, levanta el culo!” Al bajar las escaleras saludo con un “buenos días” cordial y obligado, a los vecinos que siguen tu misma ruta.

Al abrir la puerta de la calle, el jolgorio de los carretones tirados por burros transportando la mercancía a los puestos de venta ambulante, es un hecho. Alrededor, un guardia urbano dirigiendo el tráfico con fruición. Un ciego vendiendo boletos de la buena suerte. Dos floristas, en orillas disímiles, compitiendo con sus rosas rojas y claveles a ver quién las vende más presurosamente. Al lado, un bar añejo con algunos abuelos que empiezan el día con una “barretxa” (una mezcla de licor de cazalla y moscatel) mientras inician una partida de dominó. Las motocicletas y automóviles no ceden el paso a nadie, haciendo sonar el claxon sin cesar. Y peleándose con los transeúntes constantemente; buscan un lugar donde aparcar encima de las aceras. A continuación, un sinfín de camiones poblados de cerdos, pollos y ovejas circulan camino hacia el epitafio del carnicero. Al bajar, el conductor, escucha el consejo de quien transporta el furgón: “Els pollastres que matarem avui són del Prat i el xai dels Pirineus, els millors” (Los pollos que mataremos hoy son del pueblo del Prat y el cordero de los Pirineos, los mejores). A tres puertas de mi casa un afilador acrecienta la velocidad de su máquina soltando chispas eléctricas; el hacha y los cuchillos para ritualizar el trabajo que le espera, no cesan. A lo lejos, el basurero saca su corneta de azófar y sopla a todo pulmón para que la gente baje el cubo de basura. Algunas vecinas, desde la ventana, tiran los desperdicios directamente al carro. El oficial les grita y les induce con bajos modales a que vengan al portal. Los “machos”, ya hace rato que han ido a trabajar de buena mañana a las obras de algún edificio, al taller, a la fábrica o a la oficina. A las 8, el barrio aflora bajo el reino de las señoras y los niños a toda velocidad.

Al final, me comí solo una ensaimada y un cacaolat en la vaquería, mientras veía como el lechero transportaba en pequeños bidones la nata; hoy, el propietario, no había preparado el chocolate de costumbre, y me quedé sin el “suïs” que es así como llamamos aquí, este dulce manjar cuando una taza de chocolate caliente le corona una hermosa crema blanca.

Ahora cojo el tranvía. Pago una peseta al operario y me bajo en la Plaza Salvador Anglada. A unos pocos metros, está la escuela del Beato Marcelino Champagnat donde asisto desde hace dos años. Entro al patio. Intercambio cromos del equipo del Barcelona y otros de la película Ben-Hur. Juego a balas en el jardín, y pierdo dos de ellas en una apuesta por no acertar dentro del hoyo correctamente. El Alcaraz me pega y me insulta por solo darle una canica y no dos como le había prometido. Entonces vocifera: “¡Rebolla la marinera, la más gorda la más entera!”. Lloro. Mis amigos en vez de defenderme, se ríen. “Marica que eres un marica ja ja ja”.

Acaban de tocar el timbre para que todos los alumnos vayamos a formar. Al momento, levantamos la mano derecha para mantener la distancia con el prójimo de frente, igual que lo hacen los militares en el cuartel cuando suena la corneta del sargento. Hoy, sin saber el porqué, suena el himno nacional: “Arriba España …los yugos y las flechas llegan al compás. Gloria a la patria que supo seguir, sobre el azul del mar el caminar del sol…”.

Entramos en clase. Nos sentamos en unos pupitres de tabla y dos plazas, con el olor putrefacto propio de la condición arcaica de la madera. En medio, un tintero, al lado, un pequeño espació para permitir descansar la pluma y la plumilla. En frente de la sala, el crucifijo del señor Jesucristo en bronce, el retrato del fundador de la orden a la izquierda y en el lado contrario, el regente de la época: Francisco Franco Bahamonde, el Caudillo. Empezamos la lección de Caligrafía. Si alguna mancha cayera en el cuaderno, esto mermaría la puntuación. Yo, por suerte, solo tengo tres pequeñitas en el lado izquierdo de la página. Mi nota es 5,5 entre un baremo de 10.

¡Uff!, al menos aprobé.

Ya no habrá una colleja de mi padre al llegar a casa. Él, que acudió a la misma escuela de pequeño. Sacaba muy buenas calificaciones en esta asignatura y en la de Matemáticas. Y siempre supo que la raíz cuadrada de l6 era cuatro, pero le costó entender que los cuatro de la familia: éramos un circulo unido.

Seguimos. Son las 5,30 de la tarde, y hoy hablamos de las partes de una misa de difuntos en la clase de Religión. “Repitan conmigo: Tus valores y enseñanzas viven en nosotros y te hacen inmortal, Señor. Pasaste por nuestras vidas como una estrella fugaz, pero tu brillo vivirá siempre en nuestros corazones. Nos separó la muerte, pero el amor nos mantiene unidos. Quererte fue fácil, pero olvidarte será imposible. Repitan conmigo: Aaaaméeeen. Ahora silencio”. En la última fila, el Sevilla, se ríe como un cabrón. Acaba de tirar unos granos de arroz desde el canutillo de un bolígrafo Bic a su compañero contiguo. Mientras, él, de buena fe y con el corazón abierto, recordaba el día que fue al entierro de su abuelo. Chupi, el “niñito bueno” se ha levantado y ha ido al hermano Francisco a decirle lo qué le ha hecho el maldito Sevilla. Mientras se dirigía desde el fondo de la clase a la mesa del profesor, más de un alumno le ha increpado llamándole “chivato”. “Venga para aquí enseguida. Ponga la mano bien recta y cierre los ojos” le dice el maestro. Entonces, saca una regla de medir de ochenta centímetros y empieza a darle en la palma varias veces. El Sevilla, no llora. El Sevilla no grita ni se queja. Tiene unos cojones de toro que no hay quien le sostenga. Al girar la figura y dirigirse a su sitio de regreso, aún es capaz de soltar una leve sonrisa de “campeón” a toda la clase sin que lo vea el clérigo.

Bien. Afortunadamente en junio aún es de día y a las seis de la tarde, mis amigos y yo nos vamos ahora caminando por la carretera de Sants. Yendo hacia a casa, nos divierte el amarillo y negro de los nuevos taxis 1500 de la Seat. Los nuevos letreros de neón de las tiendas. O el último modelo de chicle Bazooka que vende la señora Juanita en una esquina junto a la plaza. En nuestra conversación un tema en los labios de todos: A partir del domingo seremos hombres. Sin duda. “Acuérdate que recibiremos el cuerpo y la sangre de Cristo en la boca cuando nos pongan la hostia en la lengua” dice Miguelillo. “A mí esto me da igual “contesta Sebastián, “…probaremos el vino por primera vez. Y al ingerirlo, sí que nos hará forzudos como el Capitán Trueno ja ja ja. Venga, una carrera a ver quién llega antes. El último, paga una bolsa de pipas para todos. ¿Preparados? ¿Listos? : Una, dos y tres… Ya!

Al llegar al hogar, una sorpresa para mi primera comunión: una tele. Sí, una caja de madera donde ocurrían cosas de la vida social, de la vida política española o incluso pasaban películas en un formato mucho más pequeño que en el cine Continental o el cine Alhambra de mi barrio. Cosas, como las que pueden ver aquí cuando cliqueen. Disfruten –…o maldigan- su visionado de cuatro minutos.

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Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

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