DANTE, SU FE EN LA PATRIA Y JULIO CÉSAR. ¿QUÉ HAN OPINADO OTROS POETAS? Gustavo de Paredes

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

Xalbador García

Dante, su fe en la patria y Julio César. ¿Qué han opinado otros poetas?

Dante, convencido de que su verdad era única e inapelable, es el autor más “agresivo” de la  literatura occidental, en opinión del literato y teórico de la Universidad de Yale, Harold Bloom. En la Divina Comedia, colocó al guerrero Odiseo —quizás el mayor azote de los teucros, incluso por encima de Agamenón y Aquiles—, en la octava fosa del octavo círculo del Infierno, donde están agrupados los engañadores y los fraudulentos, muy cerca de Satanás. La razón de esto reside en las argucias que el rey de Ítaca ideó para socavar a Troya. Una de ellas, el robo del Paladión; otra, la propuesta de construir el gigantesco caballo, repletarlo de soldados y dejarlo, a manera de obsequio, a las puertas de la ciudad, que abrió el embustero Sinón, cuya alma también sufre el castigo eterno.

Dante —a quien el año pasado se le rindió un homenaje planetario en conmemoración de los 700 años de su muerte— condenó a sufrir tormentos eternos a los que consideró sus enemigos más íntimos. Cuanto mayor fue el grado de acercamiento que tuvo con ellos —intelectual, espiritual, emocional o personal— más elevada resultó la condena que les aplicó.

Contrario al duro fallo que emitió respecto a Odiseo, Dante situó en el Limbo fresco a poetas de “hermosa fama”: Homero, Horacio, Ovidio, Lucano, todos unidos para honrar la llegada de Virgilio y admitir en su seno al propio Dante. Las simpatías del florentino se extendieron hasta la amazona Pentesilea y el valeroso Héctor —muertos en combate por el argivo Aquiles—, el pío Eneas, el pensador Cicerón, el dictador Julio César y otras figuras que contribuyeron a gestar las glorias de Roma.

Al visitarlos en el Limbo, Dante “vibra de alegría” con ellos, lo que en otras palabras significa que ligó los actos de estos personaje con el heroísmo y la virtud, no con el pecado; y les habría destinado un lugar superior si no fuera porque carecían del sacramento del bautismo, y por eso expelían gemidos nostálgicos y estaban impedidos de disfrutar la perfecta visión de Dios.

Por contra, el poeta puso a los magnicidas Bruto y Casio en el punto más escalofriante del Infierno, las fauces de Satanás, y los equiparó con Judas Iscariote, vendedor de Cristo por 30 monedas de plata.

Los afectos e inquinas de Dante respecto a quienes participaron en el proceso fundador de Roma y su consolidación como potencia espiritual, política y militar fueron nítidos. Abrazó a los que ayudaron a cristalizarlo y condenó a quienes intentaron impedirlo.

Ahora bien, por su proximidad con el campo y el agro, y la belleza con que los describió en las Geórgicas y las Bucólicas, Virgilio fue el poeta a quien Octavio Augusto seleccionó para relatar sus glorias militares, por encima de los coetáneos Horacio y Ovidio. La Eneida, obra que Virgilio escribió, marcó distancia de dicha encomienda y se centró en contar el periplo de Eneas desde el derrumbe de Troya hasta la llegada a Lacio, donde comenzó a erigir una nueva patria, en detrimento de los reyes Latino y Turno, y a la cual las generaciones futuras llamaron Roma. Dante observó en esto un mérito muy especial y en la Divina Comedia reconoció a Virgilio como uno de sus guías. Convertido en fantasma, el poeta lo acompañó desde el Infierno hasta el Purgatorio, donde se difuminó en el aire para ser sustituido por la victoriosa Beatriz, transformada en símbolo del conocimiento teológico.

El férreo eslabón que unía a Dante y Virgilio era el orgullo patrio, con independencia de la sangre y el dolor que se esparcieron al forjarlo, particularmente en la era de Julio César.

En Julio César —obra homónima—, Shakespeare pareció sacar la barreta para comenzar a romper la concepción hegemónica de Dante al establecer un contraste entre los crudos actos del dictador romano y el ideal republicano que, para el florentino, encarnaban Bruto y Casio. No obstante, las conclusiones de la obra los empataron. En la primera parte, los conspiradores coincidían en que coronar a César equivaldría a darle el aguijón con el que habría de pinchar al pueblo, y por ello lo asesinaron en el Senado durante la celebración de los idus de marzo. En la segunda, Bruto y Casio mueren durante la batalla de Filipos, que sostuvieron contra Marco Antonio y Octavio bajo la atenta mirada de Julio César, presente en el lugar a manera de espectro vengador.

Quien sí asumió una postura radicalmente contraria a la de Dante fue el irlandés Jonathan Swift. En Los viajes de Gulliver, este corrosivo navegante llegó a Glubbdubdrib, isla en la que los magos invocaban a espíritus antiguos. Entre otros se aparecieron los de Julio César y Bruto. En una brevísima charla, el dictador aceptó que aun sus proezas mayores carecían de la gloria que caracterizaba a las lideradas por quien le arrebató la vida a fuerza de puñal. Es Bruto precisamente quien recibió los encomios de Gulliver por haberse opuesto al despotismo y defender las leyes, la Constitución y los valores democráticos de la República. Así, en opinión de Swift, la posibilidad que tuvo Gulliver de reunirse y conversar con Sócrates, Epaminondas, Tomás Moro y Catón “el joven”, representantes del pensamiento ejemplar, fue más que merecida.

Swift no se esforzó en ocultar el disgusto que le provocaban el protagonismo y el ímpetu expansionista de Julio César, quien, por cierto, en su historial reunió tres intentos abortados de invasión a la Bretaña, entre el 34 a.C. y el 25 a.C.

Ahora bien, a ojos de Virginia Woolf, el crédito que Shakespeare y Swift alcanzaron con sus obras es elevado. Pero no los eximió de críticas. En su novela Orlando, la inglesa maculó al “Cisne de Avon” al asegurar que solía hurtar ideas o pasajes a Marlowe para incorporarlos a su propia dramaturgia. Si esto es verdad, cabría preguntar si Shakespeare despojó a Marlowe de alguna idea para escribir Julio César. Con Swift, la escritora no hizo menos y lo expuso como un hombre de Antípodas: grosero y claro, brutal y amable, alguien que observó al dictador romano prácticamente como si se tratara de una sombra en la que era imposible confiar. El irlandés se afanó en demeritar la talla de César, epicentro de cuanto sucedía en Roma, y en ponerle a Bruto la corona de salvador.

Swift era cáustico y borrascoso y acumuló tantos amigos como enemigos políticos, pero no fue el juez omnímodo que sí fue Dante y tampoco tenía sus alcances líricos, simbólicos y alegóricos. Su juicio, sin embargo, es valioso. Esto se reflejó en la adherencia que logró del dramaturgo, cronista y diplomático Joseph Addison, con quien sostuvo algunos disensos pero no en la antipatía que les causaba Julio César.

Addison aprovechó la estatura moral que representaba Catón, ‘el joven’, y en su obra Catón, una tragedia, lo colocó muy por encima de Julio César, ya que lo mostró como un estoico e implacable censor, obsesionado con devolver a Roma la probidad y el honor perdido a instancias del feroz e incontenible dictador. Como fracasó, se quitó la vida. La consecuencia de la autoinmolación fue que César, víctima de la culpa y la mortificación, rechazó usar la corona de laurel. Consideró que la obtuvo a expensas de un patriota digno y recto.

El ojo crítico también estuvo en la prolífica narradora inglesa Taylor Caldwell, autora de La columna de hierro. En dicha novela estableció un juego de balances entre Julio César y Marco Tulio Cicerón, que al final se inclinó en favor del procónsul, aun con todas las incertidumbres, miedos y yerros que cometió. La escritora prefirió sus dotes y virtudes y relegó al dictador a un segundo plano.

Con todo lo anterior, es válido preguntar por qué Dante exculpó a Julio César y evitó cuestionar los actos que lo llevaron a recibir las veintitrés puñaladas de los conspiradores. El bardo florentino se silenció ante las cavilaciones del tirano sobre la posibilidad de que Alejandría sustituyera a Roma como capital del imperio y de la masacre, en muchos casos precedida de torturas, de setecientos mil individuos, entre lugareños y combatientes enemigos, de territorios como Corfinium, Farsalia o Thapsus. También hizo mutis frente al hecho de que corrompió a la capital del imperio para mantenerla oprimida y cerró los ojos ante la violencia que ejerció contra el Senado, los templos y el tesoro, el aterrorizado éxodo de ciudadanos que concitó y la manera como espantó a la plebe, incapaz de hacer nada en su propio favor.

Dante no sopesó estas razones, ni otras muchas, y en lugar de ello se constriñó a descalificar el magnicidio perpetrado por Bruto y Casio, a la vez que aceptó expresamente que sus amores estaban con Dios, Roma y los individuos que le dieron vida y prosperidad, Julio César en esa vanguardia.

Una explicación a esto podría encontrarse en La muerte de César, escrita por Voltaire. Esta tragedia —una de las tres que desarrolló en torno al magnicidio del dictador— contiene una frase confesional que expone la idea de que el déspota es una suerte de mal necesario: “Si no fuera César habría sido Bruto”. El tirano asumió a plenitud el costo de liberar a Roma de las cadenas de la oligarquía ejerciendo el poder con violencia, sin contemplaciones, incluso frente a la ausencia de consensos y la acumulación de odios en su contra.

Es muy posible que Dante observara que el caos en Roma durante la era de Julio César también significó su último y más importante lapso de esplendor, pues el imperio entró en un proceso de erosión a partir del magnicidio, que hombres poderosos como Octavio Augusto y Claudio no lograron contener. Una manera metafórica de devolverle el lustre es anticiparse a lo que Borges llamó la “indescifrable providencia de Dios”. En ese sentido, Dante se arrogó la tarea de fiscalizar e impartir justicia sobre un amplio catálogo de condenados y elegidos, y otorgó amparo a Julio Cesar. Cumplido el trabajo, alcanzó, totalmente purificado, a Dios, y permanece en estado de contemplación gozosa por el resto de los tiempos, sabedor de que contribuyó a apuntalar la grandeza a su patria, y poco podrían importarle las opiniones de otros poetas que se vayan acumulando.

© All rights reserved Gustavo De Paredes

Gustavo De Paredes: ganador, en 2018, de una beca del PECDA, con la que escribió la antología de cuentos El sol en cenizas. En agosto de 2017 ganó la convocatoria de obra cuentística, realizada por la Secretaría de Cultura de Morelos y la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, con la antología Un día para acabar con todo. Fue ganador de los Juegos Florales de Morelos 2015, en la categoría de cuento. Es responsable de diversos ensayos, aparecidos en revistas como Monolito, Nueva Vía, Voz de la tribu, de la UAEM; Ciencia y Cultura, del CINVESTAV, y Educa, de la UPN. Es maestro en Literatura por El Colegio de Morelos y profesor de la Licenciatura en Creación y Estudios Literarios en el Centro Morelense de las Artes. En 2005 fue becario del Diplomado en novela y cuento por la Universidad Complutense de Madrid.

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