AFECTIVIDAD AL SERVICIO DE LA INVESTIGACIÓN POLICIAL. Carlos Gámez Pérez

Si hemos de hablar de series, como hice en columnas anteriores, debo confesar que estoy enganchado a Making a Murderer. Entre las muchas obligaciones, los escritos, las lecturas, no encuentro el tiempo, el momento, para seguir avanzando en ese documental de Netflix, que retrata, de una manera trágica, dramática, la crisis de la meritocracia, de las instituciones, en los EEUU y, por el mismo precio, la miseria y humillación que sufre, que sigue sufriendo, esa franja de la población blanca que allí se denomina con diversas etiquetas, todas despectivas: white trash, hillbillies…, y que caracteriza a los más pobres de entre los estadounidenses de origen europeo.

Esto daría mucho que hablar. Podría explicarnos muchas cosas del fenómeno Trump, de porqué se dio el fenómeno Trump, de la desconfianza creciente de las clases bajas hacia las élites. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, quiero hablar de los afectos y de cómo esta teoría emergente está cambiando todo lo que nos rodea, está cambiando el mundo. Evidentemente, me he inspirado en Making a Murderer para llegar aquí, en un capítulo de Making a Murderer, concretamente, el segundo de la segunda parte de la serie.

Les pondré en antecedentes. No sé si conocen el documental. Making a Murderer es una serie que narra el caso de Steve Avery, un muchacho que se pasa dieciocho años en la cárcel por un delito que no ha cometido: una violación. Posteriores pruebas de ADN demuestran que el agresor es otro. Ahí comienza la producción audiovisual, con su salida de la cárcel. Y se enfoca en narrar el retorno a la cotidianidad de ese muchacho, ya un hombre. Sin embargo, en mitad de la primera parte (o temporada), acontece un hecho que lo cambia todo. Aparece muerta, en la propiedad de los Avery, un inmenso taller mecánico con explanadas repletas de coches, una fotógrafa: Teresa Halbach, que ha ido a hacer unas instantáneas de autos al negocio de los Avery. Ahí el documental se complica. En breve, la policía acusará a Steve Avery del asesinato, mientras él mantiene que es inocente. También se implicará a su sobrino, al que se acusará de cómplice y testimonio después de un interrogatorio muy forzado.

A partir de ese momento, casi por sorpresa, los realizadores se centrarán en el proceso legal: la acusación, el juicio, la condena; y en el intento de Steve Avery y sus familiares de defender su inocencia. Es en este proceso, en la segunda parte, o segunda temporada, cuando el acusado ya cumple condena en una prisión de máxima seguridad pero, por el contrario, ha conseguido, ha logrado, el interés de Kathleen Zellner, una abogado famosa por las exoneraciones, por demostrar la inocencia de presos condenados, sus clientes, cuando aparecen los afectos. Zellner se rodea de los mejores especialistas, para reconstruir el crimen, para refutar las pruebas de la fiscalía y, entre ellas, somete a su defendido a un curioso experimento. Lo deja en manos de un analista: Lawrence Farwell, el Dr. Farwell, que ha desarrollado una técnica para el testimonio de los convictos superior al polígrafo: el Brain Fingerprint Testing o, en su traducción al castellano, la prueba de huellas cerebrales. Para quien ha leído sobre crímenes e investigación criminal en los EEUU, y créanme que yo estoy entre ellos, el polígrafo es como un tótem, un artilugio sagrado que revela casi siempre la verdad, en el que los policías creen a pies juntillas. Pues bien, el Brain Fingerprint Testing parece que lo supera, a partir de medir la afectividad. ¿Cómo? Pues bien. El investigador prepara una serie de contenidos, palabras o frases divididas en 3 categorías: 1) target, 2) irrelevant y 3) proves, que son, básicamente: 1) las cosas que el acusado debe saber sobre el crimen, porque aparecieron en su juicio, 2) frases o palabras que no tienen nada que ver con el caso y 3) elementos que solo puede saber el acusado si cometió el crimen, porque son pruebas que, o no salieron en el juicio, o han sido encontradas por el equipo de Zellner en su investigación. A partir de ahí, el Dr. Farwell planta a Steve Avery frente a la pantalla, y puede medir sus reacciones.

No les contaré lo que sucede porque sería hacer spoiler. Pero sí les diré que lo que se mide en este experimento, como su nombre indica, es la huella cerebral de esas palabras en el individuo, es decir, su afectividad, cómo le afectan. Lo potente es que se pueda medir. Pero ya me avisó la académica Isabel Jaén Portillo, la mayor especialista en neurociencias y literatura en el ámbito hispano, hace unos años. Recuerdo que me dijo que se estaba logrando medir cómo afectaban ciertas imágenes a las personas, a partir de experimentos, lo que era muy del interés de la industria cinematográfica. Poder medir el afecto, el miedo, la inseguridad, la ira, el amor, debería cambiar no solo la investigación criminal, sino muchas otras cosas de nuestra vida cotidiana. Se abre ante nosotros un mundo fascinante, en el que sería posible reconocer las emociones, o el germen del que surgen nuestras emociones, claro que esto puede tener siempre una perspectiva distópica. Lo dejo ahí, para que imaginen mundos futuros.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos Gámez Pérez (Barcelona. 1969) es doctor en estudios románicos por la Universidad de Miami y máster en creación literario por la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado la novela Malas noticias desde la isla (katakana editores, 2018), traducida al inglés en 2019. En 2018 publicó un ensayo sobre ciencia y literatura española: Las ciencias y las letras: Pensamiento tecnocientífico y cultura en España (Editorial Academia del Hispanismo). En 2012 ganó el premio Cafè Món por el libro de relatos Artefactos (Sloper). Sus cuentos han sido seleccionados para varias antologías, entre otras: Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013); Presencia Humana, número 1 (Aristas Martínez, 2013); y Viaje One Way: Antología de narradores de Miami (Suburbano, 2014). En 2016 compiló y editó el libro Simbiosis: Una antología de ciencia ficción (La Pereza, 2016). Ha impartido talleres de escritura en el Centro Cultural Español de Ciudad de México y en la Universidad de Navarra. Colabora con revistas literarias como Nagari, Sub-UrbanoCTXT o Quimera.

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