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Febrero 2024

Montjuïc: odio y hechizo en Barcelona. Eduard Reboll

Una montaña, entre las siete colinas que pueblan la ciudad. Origen del territorio ibérico, donde los layetanos se refugiaron en el siglo III antes de Cristo, en busca de protección ante sus enemigos, para divisar el mar y el plano de la actual Barcelona. Monte Júpiter, en la época de los romanos. Etimológicamente, “Monte de los judíos” cuando éstos fueron perseguidos en la Edad Media y debían ser enterrados fuera de las murallas, por no tener raíces cristianas.

Cuando paseaba con mi abuelo cogido de la mano por el barrio de Sants, siempre le señalaba con el índice que quería ir a aquella loma “…¡Aquél castillo abuelito! ¡Quiero subirme a la torre, ser capitán y vencer a los malos! ¡Venga, vamos allí y me lo enseñas!”. El silencio de mi iaio – “abuelo” en catalán – era parecido al de un mausoleo. Sin apenas yo entender, el porqué entre sus labios. Para él, allí brotó un cerro maldito desde que acabó la Guerra Civil Española en 1939. Fue deportado en aquella fortaleza y vivió la pérdida de sus compañeros, al ser fusilados junto al presidente de la República Catalana: Lluís Companys. Montjuic había sido, por otro lado, la razón principal de su venida desde Valencia a esta ciudad, para trabajar como obrero emigrante durante la Exposición Internacional de 1929.

Odio

 

El castillo de Montjuïc fue construido en 1640 para resistir el ataque de las tropas de borbónicas de Felipe V que obligaron a cambiar las leyes del país y prohibió la lengua catalana en el territorio. Dos siglos más tarde, las milicias dirigidas por el general Espartero bajo la regencia de Isabel II en 1842, bombardearon la ciudad desde el castillo; y a continuación, el general Prim lo volvió hacer en 1843 para poner fin a una sublevación popular. Durante aquel periodo, los habitantes de mi ciudad -aún amurallada- avistaron como aquellas bolas de fuego salían del baluarte en dirección a sus casas. A medida que crecía Barcelona y se industrializaba a finales del siglo XIX, una multitud de emigrantes en distintos periodos venía como mano de obra para ensanchar la metrópoli. Esparcirse, tal como la conocemos ahora, hasta la colina de Collserola y cercada por los ríos Llobregat y Besós como frontera natural fue obra de Idelfonso Cerdà con lo que hoy conocemos como zona del Eixample. A partir de aquí, el barraquismo se instala en distintas franjas de la montaña. Y crea la marginalidad que deviene por prescindir de los recursos hidráulicos, eléctricos e higiénicos de una vivienda común. Y lo que conlleva habitar en una choza sin medios. Familias enteras venidas de distintas zonas de Andalucía, Galicia, El País Valencià y Aragón padecieron algunas este suceso. Barrios como Can Tunis, el Polvorín, Can Valero, o la Tierra Negra era pecado nombrarlos por su alta tasa de delincuencia y miseria. Este último, con la mala fama de practicarse la prostitución de baja estirpe, hasta mediados del siglo XX. Si además le sumamos el ruido bullicioso de las carreras de autos en los campeonatos de Fórmula 1 a partir de 1966. El decaimiento de las zonas verdes desatendidas durante el franquismo. La construcción de un extenso camposanto (Cementerio del Suroeste) en que, incluso, hay que ir en autobús de línea dentro de él para localizar el féretro de tu familia. O sin ir mas lejos, la militarización absurda del recinto para seguir controlando a los “sublevados” hasta que la dictadura desapareció a finales de la década de los 70 … se puede entender porqué aun, cierta población octogenaria de la ciudad, utiliza el verbo en presente de esta sección, para referirse a este abominable montículo.

Hechizo

 

Podría haber escogido otro sinónimo, pero a la misma vez, la montaña de Montjuïc goza de un atractivo especial por su otro pasado. Llena de magia en su historia. Visibilidad hacia la planicie urbana por su altura a 177 m. a nivel del mar. Parque natural frente al Mediterráneo con un faro que ilumina el océano. Lugar común y de recorrido para muchas familias en días festivos. Zona deportiva con cuantiosos espacios para su práctica. Y un sinfín de paseos e itinerarios culturales, con más de diez museos (MNAC, Fundación Joan Miró, Museo Etnológico…) y teatros (Teatre LLiure, Mercat de les Flors) en la misma zona.

Y es que, a partir de la década de los años 20 del siglo pasado, sabiendo que en 1929 se inauguraría la Exposición Internacional en Barcelona, el urbanista Nicolas Forestier junto a Rubió Todorí poblaron aquella montaña paupérrima y exigua de vegetación, en arboles ornamentales, jardines románticos o de estilo árabe, terrazas, senderos, esculturas, porches, pérgolas… Se hicieron distintos palacios de Congresos para acoger a las propuestas de las naciones del mundo que mostraban sus productos y sus ideas artísticas como el Pabellón Alemán de Mies van der Roe. Fuentes para amenizar el calor y ahondar en la estética urbana de la zona (La Font Màgica) de Carles Buïgues. E incluso, una villa ficticia y cercada por una muralla que representa a los mejores paradores, casas, iglesias y calles de las distintas regiones del país, llamado Poble Espanyol

En los años sesenta se inauguró un parque de atracciones. Un reclamo popular por la constitución de sus aparatos que mezclaban el miedo escénico y una risa ansiosa en los adolescentes como yo. Así emergió la Gran Montaña Rusa, el Loco Ratón y más adelante el Boomerang. Máquinas de ensueño, turbación y preguntas. “¡Uauuu! ¿Pero cómo ha podido suceder esto?” Decíamos al bajar de aquellos aparatos.

En 1992 se inauguran los Juegos Olímpicos. A partir de aquí, la ciudad remodela y transforma la montaña y sus instalaciones deportivas y se crean de nuevas para albergar a los atletas del mundo en un mejor nivel. El chabolismo concluye y sus habitantes se les concede una vivienda digna en distintos puntos de la ciudad. Se establece un hotel de alto standing y se acondiciona la zona gracias al alcalde Pascual Maragall.

Durante la pandemia, y debido a las restricciones de movilidad durante un largo periodo de tiempo, este espacio representó para los barceloneses una bomba de oxígeno para sobrevivir al Covid 19

Como cito al principio, este espacio es hoy para el que ha nacido aquí y el que lo visita averiguando su historia como turista: un sintagma de ambivalencias. Fluye tanto las leyendas de horror contadas u omitidas como el placer de gozar de la magia que esconde su paisaje actual desde su entrada en el siglo XXI.

 

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

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