Gisèle Pineau: Historias susurradas, trenzas y exilios. Laura Ruiz Montes

Gisèle Pineau nació en París pero no es parisina. No creció en Guadalupe pero es antillana y, asumida como tal, ha elegido la recurrencia diaspórica caribeña antes que la asepsia metropolitana; la cartografía del alma antes que la geográfica; la «impureza» del idioma, su «contaminación» con el creol antes que la «incorruptibilidad» de la lengua gala. Reconocida como una de las creadoras caribeñas más representativas de la región, fue la primera mujer en obtener el Premio Carbet del Caribe, por La Grande Drive des esprits, traducida al español y publicada en Barcelona (1999) por Ediciones del Bronce, bajo el título Una antigua maldición. También ha obtenido otros premios tales como: el Des Hémisphères- Chantal Lapicque, por Chair Piment; el Prix du Livre RFO por L’Espérance–Macadam y el Prix Carbet des Lycéens, por Folie, aller simple; Journée ordinaire d’une infirmière, siendo primera vez que ese galardón se entrega a una guadalupana.

También es posible leer de su autoría L’Exil selon Julia, Morne câpresse, Mes quatre femmes y Cent vies et des poussières.  Así como los relatos para jóvenes Un Papillon dans la cité y Le Cyclone Marilyn. Sus contribuciones al ensayo han aparecido en compendios como Femmes des Antilles;  traces et voix cent cinquante ans après l’abolition de l’esclavage y «Écrire en tant que Noire» en Penser la créolité. Esta lista nada exhaustiva se complementa con otros títulos que abarcan varios géneros literarios.

La primera edición de El exilio según Julia (L’Exil selon Julia) vio la luz en París (Éditions Stock), en 1996, año en el que obtuvo el Premio Terre de France y al siguiente, el Premio Rotary. En 1999, Richard Watts difundió algunos fragmentos en inglés. La editorial alemana Hammer la publica en el año 2000, mientras que la definitiva versión anglófona (Exile according to Julia) se debe a University of Virginia Press, Charlottesville, en 2003. Su hasta hoy única traducción al español, fue dada a conocer, en 2017, por la Editorial Oriente, de Cuba.

En El exilio según Julia, una niña relata la partida de su abuela hacia Francia, en los años sesenta del siglo xx, la relación de aquella con los nietos, su no inserción en el país de acogida y los avatares de la familia. Julia encarna el símbolo de la discriminación por el color de la piel y el desconocimiento del francés, la invalidez del creol como lengua y la ausencia del país natal vivida en el encierro de un apartamento donde el dolor se mezcla con el rescate de ese propio país a través de la memoria afectiva. Ese es el espacio narrativo de esta magnífica novela: un territorio de pugna entre el cotidiano parisino y la memoria de la isla antillana.

El único paliativo al invierno galo es un viaje íntimo al país natal y una suerte de cimarroneo espiritual. Julia cuenta historias que desatan en su nieta nostalgias por la isla desconocida. La ausencia de la isla caribeña pasa por cada angustia de la abuela. De la añoranza se construye el presente y se fundará el futuro. Así, El exilio según Julia deviene presencia y memoria.

Julia trasmite a su descendiente un saber, otro, colmado de recetas de cocina, remedios naturales, plantas y sembrados. No teniéndole fe a la medicina francesa, emplea cocimientos para distintos males, llegando en ocasiones a desesperarse por no encontrar las hierbas necesarias, tan comunes en su patio antillano, y completamente inexistentes en el continente europeo. Su huerto es el centro de su reino. Su jardín creol es herencia de aquel que en los días de la plantación proveía a los esclavos de plantas alimenticias y medicinales.  Guadalupe es para Julia su casa y su jardín. Este último es lo que más la ata a su país natal y por ello lo más evocado desde Francia. La pequeña, que en un inicio comenzó a vivir un exilio por procuración, pronto ve atizada su añoranza por los dolores causados por el racismo. Ante la crueldad de la metrópoli, su intolerancia y la discriminación, la niña se refugia en ese «jardín» personal de la abuela. De esta parcela de tierra espiritual se nutre la naciente identidad caribeña que quiere y exige una redefinición que le permita ser sujeto de su propia historia.

Pineau, hija de emigrantes guadalupanos, oyendo cada noche las historias de su abuela negra y analfabeta, pegada al calor de su cuerpo en la intimidad familiar y viviendo en el afuera la exclusión y la discriminación racial, se convierte, ella misma, en espacio emergente y sensible. Esta escritora, que alternó durante muchas horas la escritura con su labor como enfermera psiquiátrica en Guadalupe, decidió, a través de esta autoficción, compartir sus experiencias de infancia vividas en la metrópoli, sus marcas personales, las huellas de dolores y también de hermosos aprendizajes.

En su obra, las coordenadas África–Caribe–Europa narran un sentido de pertenencia a lo antillano, donde el apego a las raíces es estrategia de supervivencia. Tierra adentro o allende los mares, Gisèle Pineau ha conjurado los recios peligros de la colonización y sobre todo ha palpado las heridas aún vivas de la esclavitud. En su narrativa se aprecian marcas indelebles de la transmisión del conocimiento alojado en el alma de la tradición del país y de aquellos valores que trazan una inserción en la Historia colectiva.

En una valiosa entrevista que Chantal Anglade realizara a la narradora[1], Gisèle Pineau cuenta las ofensas y desprecios del racismo, las sentencias contenidas en las palabras depositadas en sus oídos, como aceite hirviendo, y en sus consecuencias:

« ¡Regresa a tu país, a tu choza de paja en África!» OK, yo quería regresar a mi choza de paja en África, pero ¡no tenía choza de paja en África! En cambio, existían las Antillas que mi abuela me había felizmente legado durante su estancia en Francia a nuestro lado. Yo tenía ganas de borrar los primeros años de mi vida, inventarme una infancia antillana vivida en el país, tachar en mi tarjeta de identidad mi nacimiento en París. Cuando llegué a las Antillas, traté de atrapar el tiempo perdido, plantar mis raíces en la tierra creol […]

La raigal relación de Pineau con el creol en las páginas de El exilio según Julia se establece sobre una base profundamente afectiva y visceral:

Mi abuela paterna se reúne en París con nuestra familia cuando yo tenía cuatro años. Ella solo se expresaba en creol, no sabía leer ni escribir, no hablaba una palabra de francés. Como mis hermanas y hermanos, yo también respondía en francés a sus palabras en creol. Adoré esa lengua por sus riquezas, sus imágenes coloridas, su música, sus misterios y sus aromas […] es gracias a mi abuela que comprendí el creol […] El creol no es mi lengua materna, es mi lengua de nieta… Viví en Guadalupe más de veinte años seguidos. Sin embargo, siempre hay una parte del creol que se me escapa. No me hago ilusiones, sé que mi creol es limitado, pobre […]  pero poseer aunque sea una ínfima parte de esa lengua se convierte en algo mágico cuando de escribir se trata, de forjar un texto entre el francés y el creol, a partir de lo vivido, en el espíritu de las dos lenguas. Me siento fuertemente impregnada de la lengua creol, de su poesía, de sus ritmos, de sus sonidos […] La lengua creol está siempre presente en mis novelas, en cada página, porque no puedo escribir como una metropolitana que jamás ha abandonado su metrópoli. No puedo escribir de otra manera […]

Esa, su «manera», el descubrimiento de signos identitarios y la mezcla de diversas culturas y realidades, son pilares fundamentales de toda la creación de Gisèle Pineau, en especial de El exilio según Julia, valiosa novela que sostiene el rincón luminoso desde donde nuestras abuelas caribeñas trasmiten lo esencial de la vida, en el olor de las especias y en la entrañable natilla caliente que yace el fondo del jarro de nuestra infancia.

[1] «Les femmes des Antilles chuchotent beaucoup dans les cuisines. Entretien avec Chantal Anglade», en http://www.remue.net/cont/Pineau_01entretien.html> Todas las respuestas de Pineau aquí citadas provienen de esta entrevista. Las traducciones son todas mías.

 

© All rights reserved Laura Ruíz Montes

Laura Ruíz Montes (1966). Poeta, editora, ensayista y traductora. Ha publicado libros de poesía en Cuba y el extranjero, de los cuales Los frutos ácidos y Otro retorno al país natal, obtuvieron en 2008 y 2012 respectivamente el Premio Nacional de la Crítica Literaria. También ha publicado libros de ensayos (centrado en la literatura caribeña), teatro y literatura para niños y jóvenes. Su traducción del francés de El exilio según Julia, de Gisèle Pineau obtuvo en 2018 el Premio de Traducción Literaria. Su último libro de poesía publicado es Diapositivas (2017). Su volumen Grifas. Afrocaribeñas al habla (entrevistas a treinta creadoras del Caribe anglófono, francófono e hispanohablantes) está en proceso editorial en el Fondo Editorial Casa de las Américas. Es la editora principal de Ediciones Vigía y la directora de La Revista del Vigía de esa misma editorial.

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