DE LA COMPLEJIDAD DE LAS REDES (Y LOS ENLACES). Carlos Gámez Pérez

Redes, nodos, conexiones, clúster, son vocablos que han capitalizado, que han monopolizado el ámbito de la cultura en las dos últimas décadas, desde la eclosión de internet. No en vano, esta columna, que usted está leyendo, ahora mismo, en este preciso instante, tiene como encabezamiento, como cajón de sastre, la palabra «Enlaces», y el título de la sección se puso a conciencia, en colaboración con el editor, para sintetizar todo lo bueno del diálogo entre los distintos ámbitos de la cultura y la tecnología que, en estos momentos, está teniendo lugar gracias a los enlaces, a la red. Parece que esos términos tienen que ser por naturaleza positivos, como lo era el vocablo «nuevo» a principios del siglo XX, en los albores de la modernidad. ¿Y es siempre así? Pues no lo tengo claro. La legión de funcionarios de la que me quejaba el mes pasado, en mi última columna, es una red, una red de conexiones, confabulaciones y contactos que lleva adelante la administración, la gestión de un territorio. No siempre es positiva, no lo era, a raíz de los comentarios que figuraban en mi escrito. Tampoco es positiva la interpretación, sesgada, que, en ciertos momentos, ciertas personas hacen de los datos, y que comparten, casi en exclusiva, con sus círculos. Se vio en el caso de Luna Reyes, cooperante, colaboradora de médicos sin fronteras, y Cristina Seguí, exmilitante de Vox, que aprovechó el abrazo, la conmiseración de la primera, con un inmigrante, un joven subsahariano recién descendido de una patera, para armar un relato de odio, de xenofobia, que cortaba la foto, la imagen real, que la tergiversaba, la tuneaba para su audiencia, el grupo de personas que la seguía en redes, sus círculos, que compartían, en buena medida, sus ideales políticos, su xenofobia, pero no la piedad por el inmigrante muerto, el amigo, el compañero de aquel al que consuela Reyes. Ese ejemplo, paradigmático, muestra lo parcial, lo limitado, en la mirada al mundo que se obtiene desde las redes sociales.

Ha habido diversos estudios alertando del cambio de comportamiento, del cambio de actitudes, derivadas del uso de las redes, que indican que nos hallamos, que nos encontramos en una bifurcación de la historia.  Y, sin embargo, es a partir de esas herramientas digitales, de esas redes, como se puede también desarrollar una serie de herramientas que nos permitan entender el contexto, pasado y futuro, de la humanidad, desde una perspectiva completamente nueva, a veces, incluso, pese a observar lo viejo. Así ocurre en el proyecto que desarrolla Culturplex en Ontario, Canadá, un laboratorio de análisis de datos culturales e innovación digital dirigido por el español Juan Luis Suárez. El equipo de Suárez mapeó nada menos que el Barroco, más que un movimiento cultural, una manera de entender el mundo. El proyecto parte de una concepción, de una idea, que su director expresa en estos términos, en las páginas del volumen #Nodos, una ambiciosa obra de interacción entre ciencias y humanidades editada por Gustavo Schwartz y Víctor Bermúdez: «la cultura es una red compleja en la que creadores, objetos, instituciones y consumidores se encuentran ligados por una serie muy grande de relaciones con cargas semánticas muy variadas, según el contexto en el que se desarrollan» (p. 46). A partir de estas premisas, el grupo que dirige Suárez se embarcó en el análisis de una base de datos de 11000 pinturas barrocas a ambos lados del Atlántico, con la intención de mapear ese movimiento, esa mirada, esa cualidad, la de Barroco. La inteligente elección, el brillante recurso de basar el mapeo en la pintura, permite solventar los obstáculos, las limitaciones del lenguaje, y del analfabetismo, y potenciar el de la devoción, pues se trataba de pinturas religiosas. En palabra de Suárez: «El análisis mostró que existe una red simbólica que conecta los diversos territorios a ambos lados del Atlántico a partir de la presencia de elementos comunes» (p. 47). El trabajo certifica la existencia de una red simbólica, y cómo esta se relacionaba con otros elementos que sustentaban esa sociedad en ese período histórico. Se trata del germen de lo que después hemos llamado globalización, que los estudiosos del grupo de Suárez han sabido mapear. Pero es mucho más. Como concluye el investigador: «Averiguar de qué manera contribuyen las redes complejas a la adopción y distribución de comportamientos individuales y colectivos de los seres humanos constituye una de las claves para gobernar el mundo de este siglo y preservar la libertad de los individuos» (p. 49). Pues eso.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos Gámez Pérez (Barcelona. 1969) es doctor en estudios románicos por la Universidad de Miami y máster en creación literario por la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado la novela Malas noticias desde la isla (katakana editores, 2018), traducida al inglés en 2019. En 2018 publicó un ensayo sobre ciencia y literatura española: Las ciencias y las letras: Pensamiento tecnocientífico y cultura en España (Editorial Academia del Hispanismo). En 2012 ganó el premio Cafè Món por el libro de relatos Artefactos (Sloper). Sus cuentos han sido seleccionados para varias antologías, entre otras: Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013); Presencia Humana, número 1 (Aristas Martínez, 2013); y Viaje One Way: Antología de narradores de Miami (Suburbano, 2014). En 2016 compiló y editó el libro Simbiosis: Una antología de ciencia ficción (La Pereza, 2016). Ha impartido talleres de escritura en el Centro Cultural Español de Ciudad de México y en la Universidad de Navarra. Colabora con revistas literarias como Nagari, Sub-UrbanoCTXT o Quimera.

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