ENTRE EL CONTENEDOR Y LA PAPELERA. Eduard Reboll

La ciudad, hoy, es una decorado malditamente romántico. Decenas de sujetos, con o sin hogar, deambulan sobre las baldosas de la acera. Los utensilios en su cerebro son mínimos para seguir en el aquí y el ahora

Dos elementos son partícipes en un viaje con varias estaciones durante todo el día: el contenedor y la papelera.

Dos instrumentos en su haber, son necesarios para poder operar. Primero, un carrito sustraído de un supermercado. Segundo, un brazo lo suficientemente largo para hurgar dentro la mugre implícita en un cilindro metálico lleno de residuos y alguna

suerte.

El contenedor

El hierro del desguace lo componen una mezcla de antiguos radiadores, un pedazo de tocadiscos sin el LP de los Beatles o Jorge Negrete, y una simple plancha de metal de distinta aleación; su precio, variará según a qué chatarrería acudas.

Un trío de sillas de bar con el brazo roído obtendrá un buen botín. Los tornillos, junto al óxido en su efigie; unos cuantos céntimos de euro. Dos valijas de aluminio, desgarradas por la huida hacia el país de acogida, se reutilizarán en caso de necesidad. Varios anaqueles de un frigorífico vetusto, dos estufas de butano, una plancha de acero, un conjunto de cubiertos y ciertos platos de barro cocido …se revenderán en un improvisado mercadillo sobre la acera.

El carrito de la compra lo puede remolcar un hombre de Malí o Mauritania. Una pareja de gitanos de Rumanía. Este joven sirio de la esquina con una colilla en la boca que en este momento se pregunta ¿dónde estoy?. Un marroquí recién llegado de Tànger con su familia y el Corán bajo el brazo. O, sin ir más lejos, un sujeto que hable en catalán o la lengua de Cervantes de aquí o de Latinoamérica, mientras el administrativo de un banco lo busca en su domicilio, hoy inexistente, por su condición de ruina.

A veces, el metal es lo de menos. Y aparecen un par de zapatos casi nuevos.

 

Un hombre en este momento los toma en su mano izquierda e intenta, desde la sobriedad, seguir su camino como si nada hubiese sucedido. Una camisa azul, con alguna mancha en el hombro y dos botones menos, es lo que adquiere su compañero de marras que le sigue. Sueña con ponérsela en octubre; cuando el primer frío del otoño lo llame y, la franela, le realce su figura esquelética. Un camión minúsculo, servirá para un hijo de cualquiera, pueda rivalizar o intercambiar juguetes con los compañeros de su colegio.

 

 

La papelera

Los que siguen hurgando en este pequeño pozo de cincuenta centímetros poseen nombre. Historia de sí mismos. Y, sobre todo, anhelo de encontrar lo inmediato para subsistir.

La dinámica es sencilla: suben la manga de su chaqueta o blusa y hunden la palma de la mano arremolinando el meñique, el anular y el índice para palpar el supuesto trofeo. Miran entre anhelo y estupor directamente al fondo. Y deciden reanudar el ánimo según lo que encuentren.

En la mayoría de las metrópolis del mundo occidental, cotejan las papeleras hombres y mujeres de distintos países para encontrar el sándwich de jamón y queso por terminar. La lata de cerveza medio vacía aún. Un cigarro roto. Un libro de autoayuda. Una parte del suplemento de un periódico donde poder continuar la tarde leyendo noticias del corazón. O, simplemente, utilizar el rotativo para que, junto al cartón de una caja que envasaba un televisor de alta definición, se pueda diseñar una cama en cualquier banco público, o en el escalón de una tienda cerrada por la pandemia.

Cuando era pequeñito, esta labor de recogida en los contenedores, era una profesión en sí misma. Los del oficio utilizaban un carromato de madera para su traslado. Y un burrito, con un saco en la boca repleto de forraje o heno, tiraba de la carga. En mi hogar, se llamaba drapaire (trapero). Y era tan digna su función social como la de un obrero de la construcción, un bodeguero o un taxista.

Sin embargo, dejo a cada lector de este artículo, el alias adecuado según el lugar que se encuentren, hacia los oprimidos que buscan manutención o sustento en la basura. Lo que sí les puedo confirmar es que, quien escribe este artículo, recogió por necesidad un colchón en un descampado en el barrio de la Prosperidad de Barcelona el día que decidió independizarse de su familia a los dieciocho años y cabezas de pescado de la inmundicia en un mercado de Santiago de Compostela para freírlas durante la cena cuando el presupuesto era cero, en un viaje en bicicleta por la Península Ibérica.

Y ahora, con su permiso, he finalizado mi cena y voy a tirar al contenedor correspondiente, mis despojos. Reciclar ayuda, no solo al planeta, sino también a quién aún sigue buscando alguna cosa entre los residuos sin clasificar.

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

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