DOWNTOWN: MADE IN MIAMI. Eduard Reboll

A todo ser, objeto, y espacio que he dejado

en esta ciudad

y que aún siguen en mi escritura

 

Debo regresar a la ciudad desde mi otra ciudad de origen. Abrir la aplicación de Google Photos en este momento. Desentrañar cualquier imagen en la computadora. Revolver el símbolo de ‘lupa” a ver qué encuentras en tu ayer. Inducir como algoritmo en la búsqueda, la palabra “Miami”.

Al instante, el plural de la metrópoli, entre múltiples personajes, objetos y símbolos en rosa, se aparecen frente a mi cerebro sobre el centro de la urbe. Los mil y un miamis que uno lleva dentro se quedan a elegir entre una gran selección. Comienzo.

Un downtwon se alza junto al agua del Atlántico desde el azar. Edificios de más de cuatrocientos pies algunos: El Panorama Tower, el hotel Four Seasons, el condominio residencial de la arquitecta iraquí Zaha Hadid, el colorido de neón del Cent Trust.  Otros tan sencillos e icónicos como el Freedom Tower se asemeja a una iglesia laica llena de efemérides bajo el dolor y la huida de los que tuvieron que cruzar el estrecho y pisar Key West en la década de los 60. El Goverment Center que, a veces, más que un lugar de acogida administrativa del condado, se asocia con creces a una estación de metromover donde iniciar un viaje a su alrededor.

Ahora me subo en él, dentro del video virtual que me sugiere el buscador en You Tube.

En este ferrocarril de juguete y sin conductor, nos encontramos Bayside a la derecha. El turismo nórdico del país ingiriendo margaritas y mojitos de color, mientras pasean por Bayfront Park. A continuación, contemplando los yates que nunca poseeré, me viene a la memoria el supuesto viaje en el paquebote de Royal Caribbean. Posiblemente sí, será un hecho, navegar en este crucero ante una vejez prematura que hoy llama a mi puerta mientras me recreo en esta zona virtual.

Siguiendo este camino por el raíl, por un momento oyes los gritos imaginarios de un partido de básquetbol en el America Airlines Arena, entre los Heats y los Lakers. En otros, recuerdas dentro de este espacio, a la cónsul Cristina Barrios en 2012 dialogando junto a Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat en aquel icónico concierto llamado: No hay dos sin tres. (Por cierto, tengo entendido que hoy actúa en Miami “El noi del Poble Sec” tal como le llaman a Serrat en Barcelona haciendo eco del barrio donde nació. Disfrútenlo.)

Ahora me acerco a un museo que nunca entré, el Frost Science Museum. Razones de entendimiento sobre materias relacionadas con la física o las matemáticas; o simplemente porque, de joven, suspendía estas materias sin entender la razón de la ley de la gravedad, el porqué de la nomenclatura química o el significado de una ecuación de segundo grado .

En cambio, otro museo, sí que ha sido mi casa a menudo desde su origen por mi amor y encono hacia la belleza, lo insólito de ciertas ideas en las artes visuales o simplemente por un sinfín de preguntas que me produce contemplar una obra; me estoy refiriendo al PAMM. Con siglas onomatopéyicas relacionadas con el disparo de un arma (…muy americano). Un apellido bien español, Pérez, que al principio, hasta sonaba inaudito por carecer de una raíz anglo. Innumerables exposiciones han acompañado mi estancia en esta ciudad. La rememoración de las islas de Javacheff Christo cubiertas de rosa; sus coberturas monumentales en Europa. Aquel color infantil en los objetos del hogar de Amelia Peláez. El abrazo humano de la obra de George Segal ante una luz cenital y oscura. El homenaje a los artistas afroamericanos y caribeños y su pintura reivindicativa a partir del caso George Floyd que vi el julio pasado. Mi cariño especial por Purvis Young y su arte outsider concebido entre las calles de Overtown …la efigie del catalán Jaume Plensa mirando hacia la bahía.

El Arsht Center que independientemente de su función en el campo de la música, el canto, la danza, el teatro y la ópera, uno no puede dejar de visualizar aquel prisma rectangular bajo el epígrafe The Miami Herald. Periódico referente en la ciudad y cuna liberal de sus habitantes. El Olympia Theater espacio donde quien escribe vio actuar por primera vez como actriz a su hija bajo el mismo nombre que la sala. Participó como crítico cinematográfico en el Miami Film Festival. Escuchó la voz de Raphael y sintió el glamour mediterráneo de su construcción en 1925, sentado en la fila siete de la platea.

El Wolfson Campus de MDCC su estructura citadina. Su recinto numerado. Y este mismo vagón donde ahora viajo de mentirijillas contemplando el aula que el bardo Leopoldo María Panero interrumpió en su poetry speech para soltarnos: “¡Anda, yo quiero subirme en este trenecito!” durante el Miami Book Fair del 2011. Su final en el School Board lugar de encuentros, algún llanto ocasional y la euforia del día que me contratan para enseñar las sílabas y la historia de la lengua que compartimos ahora.

La hermosa iglesia del Gesu originaria de la fundación de la ciudad. El Miami City Cemetery ocupado por los cadáveres del ayer y algún que otro sujeto liándose un cigarrillo de marihuana mientras llora a su mujer jamaiquina   .

Acercarse al Main Library y subir a la sección hispana. Recorrer los pasillos donde José Martí, Nicolás Guillén, Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Rulfo, Octavio Paz, Borges, García Márquez, Vargas Llosa… descansan en los anaqueles. Ir al baño y encontrarte a un usuario en la taza del váter leyendo Cien años de soledad conmedia botella de ron en la mano, mientras otro roba papel de secar para su uso privado cuando salga de aquí. O al History Miami Museum a entender el origen y el porqué, esta localidad es como es. Y subirse al tranvía original mientras descubres la cultura de los micoosukees en un documental. O sin ir más lejos, entender la influencia de Julia Tuttle sobre Flager para que el tren llegara hasta aquí.

El downtown de los homeless en busca de un cigarrillo en el suelo, arrastrando un carro del supermarket, una borrachera en su figura, o esperando atentos que la comida de las iglesias de la caridad llegue pronto. El centro urbano de los puestos de tocadiscos, transistores, casetes, aparatos electrónicos o de ventilación. Y el de los inicios del mundo informático cuando llegué en el 95. Hoy cerrados por el periodo histórico que vivimos. Hoy, bajo la llave del “to rent” la mayoría, según me cuentan mis amigos, por culpa de la pandemia.

El downtown con un cierre simbólico para este artículo en nombre de la justicia: The MDC Courthouse parecido a un cake con una vela en singular para ser soplada por un niño. Y una cárcel, más parecida a un rascacielos moderno que a un lugar de omisión y castigo, donde residen más de mil trescientos internos: El Federal Detention Center. En el Google Maps se ve a un individuo reflexivo alrededor del edificio, con los ojos vendados por la obligada intervención digital de la aplicación.

Gluuuuups. Cierro mi celda particular por hoy. Te quiero Mayami (1)

1 (…no sé, queda más integrado el nombre en spanglish por el periodo que me tocó vivir. ¿No creen?)

 

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

 

 

 

 

 

One response to “DOWNTOWN: MADE IN MIAMI. Eduard Reboll

  1. Excelente Gran y unico Eduard, eres poeta por todos los poros, huesos, corazon, piel….Grande, eres un súper Grande….Que honor, alegría poder leerte….Bravo coño y OLÉ…

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