CUERPO FEMENINO NEGRO: REFLEXIÓN Y CONFLICTO. Laura Ruiz

Nirvah, la protagonista de Saisons sauvages[1] de Kettly Mars, escritora haitiana que vive y crea en Puerto Príncipe, expresa en algún momento: «Para ser puta […] hay que ser una mujer de verdad, con un verdadero coño entre las piernas… y saber utilizarlo […]» (274). Los estereotipos asocian la sexualidad negra con la prostitución, sin embargo, en esta ocasión, bajo el autocalificativo de «puta» lo que asoma es un grito de resistencia.

Nirvah, esposa de Daniel Leroy, redactor en jefe del principal diario de oposición, sufre junto a sus dos hijos la encarcelación de su marido durante la dictadura de Duvalier en Haití. Para proteger a su familia e intentar la liberación de su esposo, o al menos para que no sea asesinado en la cárcel, Nirvah accede a los deseos de Raoul, Secretario de Estado duvalierista, quien la llena de comodidades, manda a asfaltar la calle donde ella vive, climatiza su casa, etc. Los cambios que se avecinan luego de este consentimiento tienen como eje central el cuerpo, no solo como espacio de intercambio físico y emocional sino también como plaza de reflexión y conflicto.

Resulta significativa la manera en que Kettly Mars presenta las transformaciones de la protagonista en lo que a concientización del cuerpo se refiere. Al inicio de la novela, Nirvah ya ha ido de puerta en puerta tratando de obtener señales sobre su esposo secuestrado y encarcelado y solo le queda la opción de hacerse recibir por el Secretario de Estado. Luego de pasar horas en la sala de espera del gabinete, cuando por fin aquel accede a recibirla, Nirvah casi no puede soportar las ganas de orinar. Un fuerte dolor le oprime el vientre pero no se atreve a pedir al Secretario de Estado que le permita pasar a su baño personal: «No me atrevo a recordarle que tengo un cuerpo, un aparato urinario, una vulva […] No quiero que esté imaginándome en la habitación de al lado, vulnerable y desnuda. Esta función de mi feminidad me parecía en ese momento una debilidad, una amenaza contra mi propio cuerpo» (17). Resulta impactante que una mujer que comience reteniendo y privándose de sus necesidades básicas, en humillante negación de su cuerpo, consiga, páginas después, eventos después, erigirse en defensora de la condición de «puta» y que para ello encuentre que hay que ser una verdadera mujer, lo que en otro lenguaje significa: defender la sexualidad propia. Pero este proceso no sucede de la noche a la mañana sino que recorre un importante camino y atraviesa duras imposiciones patriarcales.

En la obra se alternan las voces de Nirvah, sus hijos, su esposo encarcelado —que habla a través de un diario— y Raoul, el Secretario de Estado. Todas estas reflexiones van armando el entramado de la narración. Uno de los fragmentos en los que es posible acceder a las cavilaciones del Secretario de Estado es ilustrativo de esa larga y degradante carga prejuiciosa que desde la esclavitud ha existido sobre el cuerpo y el erotismo de la mujer negra caribeña. Raoul recuerda a Nirvah y piensa en:

Su piel satinada, su nariz aguileña, sus largas pestañas cubriendo sus grandes ojos húmedos, su boca roja, casi morada, su pelo liso, tan negro, anudado en un moño que él imaginaba en desorden sobre sus hombros desnudos, acariciando aquellos senos cuyos pezones debían ser del mismo púrpura fatal que sus labios. La habría abofeteado, desvestido en público, humillado […]. La habría mordido hasta sacarle sangre […]. (26)

Por su parte, segura de que le quedan «pocas armas para luchar», Nirvah encuentra que solo le resta ese mismo cuerpo («que siempre podré lavar después») para hacer frente a la situación de desesperanza y peligro. A partir de dicho entendimiento busca adhesión y respaldo en su amiga Solange, a quien cuenta sus más tormentosos secretos. Esa mujer analfabeta, que vende sus favores sexuales a los tontons macoutes[2] y tiene claro cuál es su oficio, es quien explica a Nirvah la decisión de vivir de su propio cuerpo, de rechazar «ser la criada en casa de la Señora, lavar los calzoncillos del Señor, llevarles el café a la cama […]» (50), y así asumir una manera —otra y posible— de vivir. De este modo, las correspondencias femeninas que se entretejen también pasan por relaciones corporales que producen nuevos signos en un discurso oculto a medias, pero practicado y manifestado dentro de las coordenadas de género.

El tratamiento del espacio doméstico es también muy interesante en esta novela. Nirvah, en su hogar, a la par que sucumbe al poder político intenta someter ese mismo poder a su deseo. Hay una significativa irreverencia hacia el lugar tradicionalmente caracterizado por la sumisión femenina. La ruptura del rol de esposa fiel y de madre abnegada ocurre en el marco de la casa familiar. El centro de la actividad doméstica es el cuerpo que aprende a hacer sus propios duelos de un modo diferente.

El cuerpo maternal, en Nirvah, también queda desplazado. Madre de dos hijos, no es capaz de ver lo que ocurre dentro de su propia casa, casi ante sus propios ojos. Una amiga le cuenta las murmuraciones acerca de las relaciones íntimas de Raoul con Marie y Nicolas, sus hijos. Nirvah elige no creerlo. A pesar de sentirse sacudida por emociones violentas, defiende a Raoul, no verifica ni vigila. Niega a toda costa los rumores. Habiéndose dicho a sí misma, en principio, que estar con Raoul no era una elección ingenua sino la forma de resguardar a su prole y obtener para ellos beneficios, llegado el momento, no los protege. De alguna manera, les condena a una muerte psicológica en su afán de que todo continúe como está y nada altere la nueva «normalidad» que presupone el entendimiento carnal con el enemigo. En un extremo de la balanza está la terrible información recibida y en el otro el recuerdo del tremendo placer que el Secretario de Estado le procura por primera ocasión en su vida.

Ante la mirada del lector crecen las contradicciones que el cuerpo de Nirvah le dicta a sí misma. Si bien por momentos pareciera simplemente solo una mujer sometida, queda claro, no obstante, que hubiera podido elegir otro amante poderoso sin renunciar a la protección de sus hijos o huir del país una vez acentuada la sospecha de que su marido podría no salir jamás de la cárcel o hasta vender su cuerpo (como Solange) y con el dinero conseguir escapar. O finalmente podría quedar la más terrible de las opciones: ser mártir… Opciones todas precarias pero a la vez posibles. Sin embargo, elige la certeza del placer nunca antes experimentado; elige oír la voz de su cuerpo que desmiente la jerarquización de la maternidad y los hijos. Y es que Nirvah, ante todo, piensa en sí. Aunque no lo confiese abiertamente, piensa en sí. De la relación dominante/dominado, esta vez, el cuerpo sometido también saca provecho; no reprime el deseo sino que lo vive y recrea y en ocasiones también lo crea.

Solo una vez se atreve Nirvah a cuestionar a Raoul sobre las supuestas relaciones sexuales de él con su hija. Teme que el duvalierista no regrese a la casa y se pregunta: «¿Cómo afrontar la dureza diaria y la maldad de los demás sin su temible presencia como un perro guardián delante de mi puerta? ¿Cómo pasaría yo las noches en mi cuarto helado sin su fuerte deseo y el gozo oscuro que él me trae?» (223). Hay un punto donde lo que más importa es la salvaguardia del gozo. Finalmente, consternada por haber faltado al deber de proteger a sus hijos, enfrenta al amante. En el fragor de la discusión, él la impugna con cólera y la comprime con violencia a la vez que desliza las manos por su cuerpo. Nirvah comienza entonces a condescender, a sentir los espasmos de su vientre, mientras piensa: «No quiero ceder pero no podría decirle que no a mi cuerpo». (245). Esa es la mayor paradoja de esta novela. Nirvah se apropia de su cuerpo para convertirlo en herramienta de lucha y resistencia y, sin embargo, es obvio que no basta el cuerpo: no es posible resolver las opresiones simultáneas solo a través de él. Por ello, la protagonista sucumbe a un extraño círculo donde subversión y resignación, defensa de sí y dependencia se turnan en pasmosa mezcla. Cuestiones estas que, en casi todas sus instancias, reflejan un Caribe que aún no alcanza a resolver sus contradicciones más profundas. Batallas que aun necesitan ser libradas.

[1] Saisons sauvages. Mercure de France, París 2010. Las citas son de esta edición. Traducción Guadalupe Vento.

[2] Denominación popular de los miembros de la milicia haitiana al servicio de la dictadura de los Duvalier, disuelta formalmente en 1986.

© All rights reserved Laura Ruíz Montes

Laura Ruíz Montes (1966). Poeta, editora, ensayista y traductora. Ha publicado libros de poesía en Cuba y el extranjero, de los cuales Los frutos ácidos y Otro retorno al país natal, obtuvieron en 2008 y 2012 respectivamente el Premio Nacional de la Crítica Literaria. También ha publicado libros de ensayos (centrado en la literatura caribeña), teatro y literatura para niños y jóvenes. Su traducción del francés de El exilio según Julia, de Gisèle Pineau obtuvo en 2018 el Premio de Traducción Literaria. Su último libro de poesía publicado es Diapositivas (2017). Su volumen Grifas. Afrocaribeñas al habla (entrevistas a treinta creadoras del Caribe anglófono, francófono e hispanohablantes) está en proceso editorial en el Fondo Editorial Casa de las Américas. Es la editora principal de Ediciones Vigía y la directora de La Revista del Vigía de esa misma editorial.

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