La naturaleza parece haber cometido una extraña injusticia. Entrega a los hijos el deseo de la libertad mucho antes de concederles la experiencia necesaria para sostenerla. La juventud recibe el impulso antes que el juicio, la necesidad de decidir antes que la prudencia y la certeza antes que la razón. Y los padres, mientras tanto, permanecemos contemplando cómo alguien a quien todavía debemos proteger comienza a reclamar un mundo que aún no alcanza a comprender.
Todos los padres sabemos que los hijos deberán marcharse. Nadie trae una vida al mundo para conservarla eternamente bajo un techo. Los hijos nacen para levantar su propia voz, disentir, elegir y construir una existencia que únicamente les pertenecerá a ellos. La libertad constituye, quizá, la obra más difícil de los padres, porque exige preparar a alguien para abandonar precisamente aquello que durante años le dio refugio.
Sin embargo, existen partidas que llegan antes de tiempo.
Hay hijos que desean volar antes de que sus alas terminen de emplumarse. Reclaman el cielo con una convicción que todavía no conoce la fuerza del viento. Se sienten preparados para decidir sobre su vida, desafiar al mundo y alejarse de aquello que perciben como un límite cuando la experiencia aún no ha llegado y el juicio continúa formándose. El impulso se adelanta a la prudencia y las emociones adquieren la fuerza de una verdad absoluta, sin alcanzar a ver el abismo que se abre delante.
No porque abandonen una casa, sino porque abandonan el territorio donde la experiencia de los padres todavía podía servirles de guía. Hay una edad en la que el deseo se convierte en una forma de conocimiento y el ímpetu parece más verdadero que la realidad. Todo se vive con una intensidad que no admite demora: el amor, la amistad, la rebeldía, la necesidad de pertenecer y la convicción de que la vida comienza precisamente allí donde los padres aún son necesarios.
Quizá ése sea uno de los dolores más profundos que un padre puede conocer: comprender que la vida ya exige una libertad que todavía no puede sostenerse.
Los padres conocen ciertos precipicios porque la existencia ya los obligó a atravesarlos. Han visto cómo algunas decisiones modifican una vida, cómo ciertas heridas tardan años en cerrar y cómo la realidad termina cobrando aquello que la juventud alguna vez creyó gratuito. Los hijos, en cambio, habitan la edad de la invulnerabilidad.
Fuimos construidos para proteger. Aprendemos a reconocer el peligro, a vigilar el sueño, a escuchar el llanto y a permanecer despiertos frente a la enfermedad. El amor se convierte en una forma de vigilancia y la preocupación termina por habitar la sangre.
Pero llega un momento en que la sangre ya no basta.
Y ése es el verdadero duelo: no la muerte, no la ausencia, sino la impotencia.
Los hijos continúan vivos. Respiran, deciden, se rebelan, se alejan y desafían aquello que intenta protegerlos. En ese instante se descubre que no siempre es posible convencer y que existen experiencias que ninguna advertencia consigue evitar.
Tal vez la herida más profunda consista en comprender que todavía no era el tiempo. Que faltaban años. Que la experiencia no había terminado de construir aquello que permitirá sostener la libertad que hoy se reclama con tanta certeza.
Porque la libertad también pesa.
Y hay alas que desean el cielo antes de haber aprendido la fuerza necesaria para permanecer en él.
No existe una enseñanza para este dolor. Nadie explica cómo sobrevivir al momento en que el amor deja de tener autoridad mientras el instinto permanece intacto.
Aprendemos entonces que la experiencia no puede heredarse y que ciertas verdades únicamente son comprendidas cuando la propia vida decide pronunciarlas.
Pero hay hijos que parten antes de tiempo. Y son esas partidas las que dejan la tarea más difícil del amor: aceptar que no podremos vivir la vida por quienes amamos.
Porque hay hijos que regresan cuando la experiencia finalmente les entrega las palabras que la juventud no poseía. Y hay otros que tardan más tiempo en descubrir que detrás de las advertencias nunca hubo control, sino amor; nunca hubo cadenas, sino miedo; nunca hubo deseo de impedir la vida, sino el anhelo profundo de proteger aquello que más se ama.
Quizá la última moraleja de los padres consista precisamente en esto: aceptar que nuestros hijos caminarán por territorios donde nuestra voz ya no alcance y nuestro corazón duela. Sin embargo, la verdadera ley de la vida consiste en seguir caminando y ser felices, aun en las distintas tesituras de la vida.
Aunque las alas hayan partido antes de tiempo, cuando solo tenía quince años.
© All rights reserved Erendira Paz López

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.
Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.
Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.
Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.
Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.
Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento.