Por Dharma
Hay memorias que llegan tarde. No el día en que algo termina, ni siquiera cuando alguien se va, sino mucho después, cuando la vida parece haber seguido adelante y se cree que ciertas emociones finalmente aprendieron a quedarse quietas. A veces ocurre frente a algo tan sencillo como un río. Basta observarlo durante unos minutos para comprender que existen presencias que, aun ausentes, continúan moviéndose dentro de nosotros. Hay cosas que el tiempo parece llevarse y otras que, de maneras extrañas, permanecen: la tranquilidad de sentirse esperado, la certeza silenciosa de que alguien volvería del trabajo todos los días.
En la infancia creemos que las cosas importantes son las grandes: las celebraciones, las palabras memorables, los acontecimientos destinados a quedarse para siempre. Pero el tiempo, con esa manera silenciosa que tiene de poner todo en su sitio, termina enseñándonos algo distinto: muchas veces la vida estuvo sostenida por gestos tan pequeños que parecían invisibles. El sonido de unas llaves al otro lado de la puerta. Un automóvil llegando al final del día. La tranquilidad inexplicable de saber que alguien había regresado y, con ello, el mundo parecía nuevamente en orden.
Solo con los años entendemos cuánto amor habitaba en aquello que parecía cotidiano. A veces la vida no se sostiene sobre grandes escenas, sino sobre la calma discreta de ciertas presencias. La certeza de que, aunque el mundo afuera pudiera ser incierto, algo permanecía intacto. Una voz conocida. Un silencio que no pesaba. Esa extraña sensación de resguardo que pocas veces se nombra mientras existe y casi siempre se comprende cuando ya forma parte de la memoria.
Tal vez por eso el río ha sido siempre una forma silenciosa de enseñanza.
Hay ríos que avanzan con fuerza y otros que parecen demorarse, como si conocieran algo que nosotros todavía no comprendemos. El río encuentra obstáculos, rodea piedras, cambia de forma, a veces parece desaparecer bajo la tierra y, sin embargo, tarde o temprano vuelve a encontrar cauce. Nunca regresa siendo exactamente el mismo, pero deja huellas: en la tierra, en las piedras y también en quienes aprendieron a caminar junto a él.
Tal vez haya algo profundamente humano en esa manera de transformarse sin hacer ruido, de continuar incluso después de haber cambiado. Porque hay presencias que no siempre permanecen del mismo modo y, aun así, continúan acompañándonos. A veces olvidamos agradecer mientras aún hay tiempo.
Confundimos permanencia con costumbre y la costumbre, a veces, tiene algo cruel: vuelve invisible aquello que más sostiene. Damos por hecho ciertas presencias como damos por hecho el cauce de un río, hasta que algo cambia y comprendemos demasiado tarde que parte de nuestra paz vivía ahí, en esa existencia discreta que parecía eterna simplemente porque nunca imaginamos que pudiera faltar.
El amor más profundo quizá nunca fue escandaloso. Tal vez no se parecía al incendio sino al río: constante, firme, silencioso, sin necesidad de imponerse.
A esa forma de afecto que no siempre encontraba las palabras correctas, pero estaba. Que sostenía sin ruido.
Hay padres cuyo amor nunca supo decirse del todo y, aun así, terminaron construyendo refugios enteros dentro de nosotros.
El río parece recordar aquello que los hijos a veces comprendemos tarde: que nadie se va del todo cuando dejó suficiente huella. Hay presencias que permanecen como el surco del agua sobre la piedra: lentas, silenciosas y, aun así, capaces de transformar para siempre aquello que tocaron.
Porque el camino del río puede parecer perdido por momentos. Puede ocultarse, cambiar de forma, incluso desaparecer de la vista.
Pero tarde o temprano encuentra nuevamente su rumbo. Y quizá el amor de algunos padres también se parece a eso: permanece de maneras que no siempre entendemos cuando todavía está ahí, hasta que un día descubrimos que parte de nuestra fuerza, de nuestra manera de resistir y de seguir adelante, nació justamente de aquello que parecía tan cotidiano que olvidamos nombrarlo.
Hay caminos que, aunque dejen de verse, jamás dejan de existir dentro de nosotros.
© All rights reserved Erendira Paz López

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.
Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.
Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.
Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.
Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.
Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento.