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Junio 2026

MIAMI, LA CIUDAD IMPOSIBLE. ENTREVISTA CON PEDRO MEDINA LEÓN SOBRE MIAMI: MAPA CULTURAL (Y POP)

Pedro Medina León publica Miami: mapa cultural (y pop), un libro que explora la memoria cultural, las contradicciones y las múltiples identidades de uno de los territorios más cambiantes de Estados Unidos.
Miami suele narrarse desde el brillo: las playas, el neón, el lujo, el turismo y la postal inagotable del espectáculo. Pero detrás de esa imagen existe otra historia, mucho más compleja, atravesada por migraciones, exilios, violencia, música, literatura, periodismo, contracultura y reinvenciones constantes. Sobre esa otra Miami —más cultural, más contradictoria y también más humana— viene escribiendo desde hace años el autor Pedro Medina León.
Tras Tour: una vuelta por la cultura popular de Miami, un libro que se convirtió en referencia para entender la identidad cultural de Miami en español, Medina León publica ahora Miami: mapa cultural (y pop), una obra que profundiza en las múltiples capas históricas, sociales y simbólicas del sur de Florida.
En esta conversación, el escritor reflexiona sobre la imposibilidad de definir Miami de una sola manera, la fragilidad de su identidad, el peso de la cultura popular en la construcción de la memoria colectiva y la necesidad de documentar, en español, un territorio que todavía tiene muchísimas historias por contar.
—En el prólogo hablás de Miami como una “ciudad improbable”. ¿Qué significa exactamente esa idea para vos y en qué momento sentiste que esa improbabilidad era también una identidad cultural propia?
Para mí, Miami es camaleónica. Es un lugar que atraviesa distintas etapas en períodos muy breves. Durante 10 o 15 años puede ser la capital hotelera; luego, la del narco; después, la de la inmigración cubana; más tarde, la de la inmigración venezolana. En este momento, es una urbe futbolera.
También ha sido balneario y una meca del real estate en Estados Unidos. Esa sucesión de identidades hace que nunca termine de cuajar ni de sedimentar del todo sus bases. Por eso me parece improbable. Uno vuelve 10 o 15 años después y encuentra un espacio completamente distinto, casi irreconocible frente al anterior.
Pero esa transformación constante también forma parte de su personalidad. Miami es efímera, se reinventa cada década y quizá por eso la gente nunca termina de pertenecer del todo a ella. De cada etapa queda algo, y así se van formando, poco a poco, sus rasgos propios. Son marcas frágiles, endebles, pero justamente esa fragilidad define su improbabilidad, su imposibilidad y su capacidad permanente de reinvención.
—A lo largo del libro retratás una Miami muy distinta de la postal turística habitual: una urbe atravesada por el exilio, el crimen, la música, el arte, la desigualdad y la nostalgia. ¿Qué desafíos atravesaste para construir este “mapa cultural y pop” sin caer ni en el cliché ni en la idealización?
Miami es, de por sí, el territorio de los clichés: las luces de neón, las patinadoras en Ocean Drive, el skyline. Ahora existe incluso otro más moderno: el de “conocer el Miami real”, “el Miami que no es el de las postales turísticas”. Hay una fórmula repetida incluso en la intención de mostrar su otra cara, pero sin terminar de escarbar demasiado.
¿Cómo se combate eso? Con lectura, calle y experiencia de vida. Miami tiene un pasado muy interesante y muchísima bibliografía, tanto de no ficción como de ficción, aunque casi toda en inglés. Cuando a uno le despierta curiosidad, investiga, se documenta, lee varios libros sobre el tema que quiere desarrollar y después escribe.
Creo que esa es la única manera de no caer en el cliché pop —Scarface, por ejemplo—. Uno puede contar esas historias, claro, pero tiene que ir más allá. La superficie se combate con lectura, documentación e investigación.
Un ejemplo es el Miami Marine Stadium, en Virginia Key. Hoy aparece en todos los stories y reels como “el Miami que no conoces”. Se trata de un estadio abandonado, lleno de grafitis, una joya arquitectónica olvidada. Pero salir de esa mirada es contar, por ejemplo, que Queen dio allí uno de los conciertos importantes de su primera gran gira fuera del Reino Unido, cuando empezaba a consolidarse internacionalmente. Para ellos fue impactante tocar sobre una plataforma flotante. Fue una locura.
También es recordar que en ese mismo lugar Allen Ginsberg fue censurado por la policía durante un recital en los años 60, cuando Miami era un pequeño foco de la contracultura. No era San Francisco ni el Village de Nueva York, desde luego, pero ese movimiento también tuvo importancia aquí. Salir del cliché consiste precisamente en contar esas capas que no aparecen detrás de la imagen superficial.
Historias como esas son las que aparecen en Miami: mapa cultural y pop. El libro tiene alrededor de 50 textos y todos buscan establecer un diálogo con la ciudad, contar otra versión; quizá, mi propia versión de Miami.
—En varios textos aparece la idea de una ciudad hecha de migraciones y de personas que nunca terminan de sentirse completamente “de Miami”. ¿Creés que esa sensación de pertenencia incompleta es una debilidad o, por el contrario, su principal motor creativo?
Creo que uno de los rasgos centrales de Miami es que quienes viven aquí rara vez terminan de sentirse completamente parte de ella. Ya lo decía la periodista y escritora Edna Buchanan: alguien puede llevar 20, 30 o 40 años instalado en Miami y, aun así, cuando le preguntan de dónde es, responde “soy de New Orleans”, “soy de Colombia” o “soy de Venezuela”. La pertenencia suele seguir anclada a otro lugar.
Esa sensación tiene relación con el carácter cambiante del lugar. Miami se recicla constantemente, atraviesa transformaciones muy rápidas y por eso le cuesta consolidar raíces sólidas. Y si el entorno no termina de echar raíces, sus habitantes tampoco.
Además, muchas veces funciona como un puerto temporal. Hay gente que llega, vive unos años y luego se marcha. Es un sitio caro, con movimientos migratorios permanentes y una población en recambio continuo. Ya ocurrió en los años 80, cuando comenzó la gran llegada de latinoamericanos y se produjo un éxodo importante de anglosajones. Desde entonces, el proceso no se ha detenido.
Miami cambia todo el tiempo, y esa inestabilidad permanente hace que el sentido de pertenencia también sea frágil.
—Tu libro conecta constantemente cultura popular y memoria histórica: Anthony Bourdain, Miami Vice, Messi, Truman Capote o los Bee Gees conviven con episodios oscuros de la Guerra Fría, el racismo o el narcotráfico. ¿Por qué era importante para vos reunir esas luces y sombras en un mismo relato y no por separado?
El paso de celebridades, artistas, músicos o escritores también forma parte de la memoria histórica de Miami, y esa memoria prácticamente no está recogida en ningún lugar, mucho menos en español. La cultura popular y la historia conviven; pertenecen al mismo tejido.
Que una banda de rock haya dado un concierto que marcó a una generación también es historia. Por ejemplo, una de las cosas que cuento en el libro es cómo el germen del festival de Woodstock nació en Miami. También aparecen los recorridos underground que Anthony Bourdain hacía cada vez que visitaba el sur de Florida: bares, restaurantes y espacios alejados de la postal turística habitual.
Al mismo tiempo, el libro aborda cómo los Brickell se asentaron aquí y moldearon el desarrollo urbano de la zona, o cómo Carl Fisher concibió la idea de Miami Beach. También cuenta la historia de Marjorie Stoneman Douglas como una de las grandes madres literarias de Miami: una figura fundacional por sus estudios sobre los Everglades y por todo lo que aportó al desarrollo intelectual y cultural del sur de Florida.
Todas esas líneas están conectadas. No tiene sentido separar la historia en su sentido más tradicional de la cultura popular, porque esta última también forma parte de la memoria colectiva.
Uno de los capítulos está dedicado a la literatura en español en Estados Unidos. Es un tema muy interesante porque Miami tiene una tradición literaria particular. La Feria del Libro de Miami es la más importante del país y una de las pocas que todavía conserva el formato clásico de feria, no simplemente de festival literario. Resulta paradójico que un lugar considerado muchas veces superficial o antiliterario tenga justamente una de las tradiciones librescas más relevantes de Estados Unidos.
Todo eso hay que recogerlo, documentarlo y contarlo. Por eso ese capítulo reúne entrevistas, autores y textos sobre libros que forman parte de la historia cultural contemporánea de Miami y que, con el tiempo, también quedarán sedimentados en su memoria futura.
—Publicaste Tour: una vuelta por la cultura popular de Miami en 2018, un libro que terminó convirtiéndose en una referencia en español sobre la cultura de Miami, incluso traducido al inglés y muy leído dentro y fuera del sur de Florida. ¿Cómo dialoga este nuevo libro con aquel primero? ¿Sentís que Miami: mapa cultural (y pop) es una continuación, una corrección o una mirada más madura?
Ambos libros dialogan muchísimo porque el punto de partida es esencialmente el mismo: la curiosidad por Miami, la necesidad de conocerla más, de escarbar, investigar y leer.
También comparten algo importante: ninguno nació con la intención inicial de “escribir un libro sobre Miami”. Yo escribo columnas que voy publicando en distintos medios, tanto de Estados Unidos como de otros países. Los textos de Tour y también los de Miami: mapa cultural (y pop) aparecieron en medios como El Nuevo Herald, Infobae, The Wynwood Times, Ruleta Rusa, el Círculo de Lectores de Perú y muchos otros. Con el tiempo, uno se da cuenta de que esos materiales dialogan entre sí y pueden reunirse en un volumen.
La gran diferencia es que este nuevo proyecto está organizado por capítulos temáticos. Cuando tuve claro que iba a publicar otro libro sobre Miami, decidí agrupar los textos en ejes específicos: la Guerra Fría, el Miami narco, la literatura en español en Estados Unidos, entre otros. Eso me obligó a investigar más y a profundizar en cada tema.
Tour era más aleatorio; podía incluir un único texto sobre un asunto determinado y ya. En cambio, este libro exigía construir capítulos completos y desarrollar cada universo con mayor profundidad. En ese sentido, siento que hay una evolución. Es una obra más trabajada, más investigada y, probablemente, también más madura. Mientras Tour surgió de reunir un conjunto de piezas dispersas, Miami: mapa cultural (y pop) nació con una conciencia más clara de estructura y de proyecto.
—Durante décadas, la historia cultural de Miami fue contada casi exclusivamente desde miradas anglosajonas. También señalás varias veces la ausencia de una tradición fuerte de no ficción en español sobre la ciudad. ¿Qué significa para vos haber construido una obra que probablemente se convierta en uno de los grandes referentes en español sobre la memoria cultural de Miami?
No sé concretamente qué significa, pero sí me genera una gran satisfacción sentir que estoy dejando un aporte para la identidad cultural de Miami en nuestro idioma. Bibliografía sobre la ciudad hay muchísima, pero casi toda está en inglés. En español todavía existe un vacío importante.
Estoy seguro de que con el tiempo aparecerán muchos más libros sobre Miami, probablemente mejores que el mío. Pero ser de los primeros también tiene un valor: impulsar y motivar a otros escritores y periodistas a animarse a trabajar sobre este lugar.
Miami necesita gente que la documente. Está llena de historias, de episodios históricos y culturales que todavía no han sido contados en español. Entonces, más allá de lo que pueda significar para mí personalmente, sí me resulta valioso sentir que estos libros pueden convertirse en un pequeño referente dentro de esa memoria en nuestro idioma.
Además, creo que hoy existe un interés muy grande por entender Miami más allá de los estereotipos. Tour ya lo demostró: fue un libro muy leído, incluso fuera de Estados Unidos. Y si de alguna manera estoy ayudando a acercar a la gente a Miami, tanto a quienes viven aquí como a quienes la observan desde afuera, entonces también estoy contribuyendo a llenar un vacío importante.
Eso me parece fundamental, porque todo lugar necesita construir y documentar su identidad, sus cimientos culturales y su propia memoria.
—Sos un autor muy prolífico. Tu obra de ficción, especialmente la saga noir del Comanche, nos acerca novedades constantemente. ¿Cómo trabajás en paralelo esos dos registros aparentemente tan distintos: el cronista y el novelista?
No sé qué tan distintos sean realmente ambos registros. En los libros de no ficción sí existe una intención consciente de contar Miami. En la ficción, en cambio, nunca me propuse hacerlo de manera explícita. Sin embargo, con el tiempo entendí que termina siendo el personaje principal de mis novelas.
Eso me lo empezaron a señalar los primeros lectores. Muchos me decían que el verdadero protagonista de mis libros era Miami. Y, haciendo cierta introspección, creo que tenían razón.
Soy un lector obsesivo de la literatura de ciudades. Cualquier novela donde el espacio urbano funcione como personaje central me interesa profundamente. Y creo que, de manera inconsciente, terminé reproduciendo eso mismo en mi trabajo narrativo.
Por eso, aunque aparentemente sean registros distintos, en el fondo ambos proyectos parten del mismo lugar: contar Miami. En unos libros lo hago desde la no ficción y en otros desde la novela, pero el impulso es el mismo. En ambos casos, Miami ocupa el centro del relato.
Porque la ficción también cuenta las ciudades.

 

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