cuando yo aún no había nacido, mi familia vivía ya en esa parte de la ciudad en la que ahora las mujeres llevan el escote bajo y el habla caliente.
adyacente a esta vecindad, se alza el armazón de una gigantesca fábrica azucarera, de ladrillo compacto y ennegrecido, que se ha ido derruyendo por dentro. aún conserva los suelos y los marcos de los cristales a modo de galería señorial de los años veinte. de cuando los años veinte se referían a la década de 1920.
en el otro extremo de la avenida se yergue un puticlub legendario con aspecto – quizás por mimetismo – de nave industrial que se ha mantenido en pie al margen de modas y reconversiones. la guagua es un puticlub de frontera, de los de antes, algo avejentado y venido a menos, pero monumental como la planta remolachera y, al igual que ella, dispuesto municipalmente para extraer algo de dulzura en una barriada tan dura. las ordenanzas no regulan el flujo entre la azucarera y el amor destilado y turbio en el puticlub, pero en el cambio de turnos hay un tráfico fluido.
una acera larguísima vertebra, a manera de espina dorsal, las pocas casas y los pensamientos que articulan la vida casi fosilizada y las pasiones maltrechas de quienes circulan entre ambas fortificaciones, y se extiende más allá de ellas. entremedias hay una gran explanada: una pradera preindustrial, vacía y monoteísta cuyo avance detiene – o entorpece – sólo la longitud desmedida de la acera. a lo largo de ella el transeúnte, vaya en uno u otro sentido, tiene tiempo de reflexionar durante su peregrinación, y de malperder su alma.
al poco de revolverse, la ciudad evolucionó en estas dos direcciones que desarrolla la acera, mientras que la explanada siguió yerma y maldita como un desierto bíblico. hay pocas farolas a lo largo de la acera, aún menos a la entrada de la guagua, y ya no queda ninguna en santa elvira. aun así, la fábrica desprende todavía el traqueteo de las máquinas trabajando a todo tren durante la noche: la cinta transportadora llevando la remolacha adentro, los pistones arriba y abajo troceando y triturando, prensando, maquinaria pesada pura y dura. más abajo, en el puticlub, hay fragor de cuerpos insertándose, engrasándose, vidas ya troceadas que se recomponen en un producto final placentero y a veces un poco triste. afuera, amenazadora, la llanura preindustrial, y la acera larguísima que proporciona el tiempo suficiente para desatar, si uno no es precavido, el desamparo.
a veces, cuando me siento especialmente perdido, acabo merodeando por la zona, como queriendo articular mi vida prenata en un lugar en el que nunca viví. en realidad, lo que me define y me salva no es tanto hacia cuál de las construcciones voy, sino a qué demonios o anticipaciones doy rienda suelta mientras me apresuro por la acera, siempre larguísima, siempre fría, y a menudo deshabitada. avanzo un poco más y me enredo en el abrigo. ya casi oigo las voces.
© All rights reserved Miguel Rodríguez Otero
Miguel Rodríguez Otero es autor del poemario es aquí (Talón de Aquiles), y de la colección de relato breve La Mujer que Huele a Café (ed. Erradícame). Sus relatos aparecen en Eñe, Drugstore, Nagari, Los Bárbaros, Letralia, Irreverentes, y otros. His poems can be found in River Heron, wildscape literary journal, Red Fern, and elsewhere. Le gusta andar por el monte y es amigo de una grulla que vive cerca de su casa.