ÁLVARO MATA GUILLÉ: CONVIVENCIA DE SUS MUNDOS POÉTICOS [PARTE I]. Héctor Manuel Gutiérrez

Elipsis:

Corrían los últimos y más escabrosos momentos de la estructuración del dossier Homenaje a Lilliam Moro, publicado por la editorial Dos Islas en marzo de este año. La profesora Stefania Di Leo, una de los contribuyentes al proyecto, me preguntó si era muy tarde para incluir a otro autor entre los participantes en la antología. Le contesté que me temía que sí, pues ya había entregado el manuscrito a la editorial. Con un marcado toque de lealtad a un posible anexo a la ya larga lista, insistió en que tratara de incluirlo, a lo que respondí que por supuesto haría lo posible por incorporarlo al grupo, pero que no garantizaba la aprobación por parte de la editorial. Y cuál no sería mi sorpresa, cuando me dijo que el autor que con tanto júbilo recomendaba, era nada más y nada menos que Álvaro Mata Guillé, dato que me impulsó a fastidiar una vez más al personal de la editorial. Recibí, vía Stefania, un brillante enfoque de su autoría. En resumen, los editores perdonaron mi insistencia y, por supuesto, la acción del bisturí analítico de Álvaro aparece en el dossier, cuaderno fresco y fértil en conceptos que recomiendo leer. Familiarizado con su labor literaria, pocos meses después de la publicación de la antología, contacté a este excéntrico y dedicado personaje. Le pedí me concediera una entrevista, a lo que accedió con entusiasmo. Aquí la comparto con ustedes.

Se ha dicho que no todo escritor puede recordar la «cosmogonía» de su propia escritura, independientemente del género que más le atraiga. Muchos pretenden olvidarla; otros la difunden o la renuevan; algunos la re-inventan a su antojo. ¿Qué puedes decirnos de la toma de consciencia de tu instinto creador? ¿Fue un entrenamiento, un accidente o acaso una epifanía?

Quizás, pueda responder más claramente a tu pregunta, transcribiendo una parte del texto con el que inicia el libro Un país sin nombre, en el que narro algunas de esas sensaciones iniciales que marcaron un camino, las cuales permanecen todavía sin borrarse. La condición humana permanece siempre ahí, es inherente al nosotros-nosotras, aunque a veces lo olvidemos, lo dejemos ir o lo mutilemos:

De niño

me preguntaba por la niebla mezclándome en ella,

dejándome ir en el letargo que abrazaba el polvo,

era un tiempo sin tiempo:

lo ajeno, la nostalgia,

yo mismo reapareciendo en la lejanía, en el cerro

que desdibujaba las cuevas de la bruja, en los

brazos de los árboles dirigiéndose hacia las lomas,

diluidos en la bruma

en el vacío…

Desde que aprendí a leer, escribí sobre mis sensaciones convertidas con los años en imágenes y preguntas, buscando expresar la extrañeza que nos embarga, la ajenidad, la desolación del tiempo en nosotros, en lo otro-otra que somos. Escribí sin saber que escribía envuelto entre titubeos y sueños, convirtiéndose en un ejercicio necesario para sobrevivir.

Al ir a ese lugar que es otro lugar del escribir, me encontraba, podía ser sin limitaciones: pensamiento y sensación se conjugaban, manteniendo también una relación estrecha con las lecturas que hacía y la música que escuchaba. Mezcla de sensaciones y asombro, de soledad y nostalgia, de preguntas sin respuesta. De esto y otras cosas hablo en el capítulo 4 del libro, ya citado, Un país sin nombre:

La lejanía mezclada con la niebla en la mañana,

con preguntas, lo ausente, el desasosiego,

se enlazaban a las novelas (Kafka, Rulfo,

Jorge Amado, Onetti) que leía

tirado en la cama,

escapándome de la extrañeza,

sumergiéndome;

leía,

dormía, leía;

¿era el aquí el allá o el allá el aquí?

No sabía,

las lecturas mitigaban el sentirse solo,

el absurdo;

entre la niebla, dormir y no dormir,

las lecturas se enlazaban con la música,

el canto que venía entre sueños

(Bach, Chopin,

Beethoven, Malher). ¿El allá

estaba en el aquí o el aquí en el allá?,

seguía sin saber,

preguntándome por la bruma,

buscando el origen.

Es obvio que te asediaba el séptimo sentido que sólo posee el artista: la sensibilidad a la especial fenomenología de «ser» en el mundo, la soledad como compañera insoslayable de esa habilidad de sentir, curiosear, investigar, cuestionar. En otras palabras, sospechar que hay otra fuente de conocimientos disimulados o disfrazados con el velo de la cotidianeidad. Es un fundamento ontológico que funde la filosofía con la poesía. Pero además incursionas en la crítica literaria, tarea en la que te destacas con manejo excepcional, navegas cómodamente tanto en el teatro como en la poesía. En sentido general, por siglos, teatro y poesía estuvieron intrínsicamente vinculados. ¿Cómo relacionas las interrelaciones entre estas dos faenas que se bifurcan y cada día muestran más evidencias de poseer carácter independiente, comparadas con sus idiosincrasias en épocas muy remotas?

Desde niño las definiciones me causaron problemas: no distinguía los límites que marcaban las definiciones: ¿Qué es esto o aquello? ¿Quién el otro, la otra, aquel que nos habita? ¿Qué es un poema, una novela, la condición humana, nuestra voz o el lenguaje? ¿Qué somos?

Nuestra condición, como señalé anteriormente, no varía. Somos los mismos-las mismas, siendo otros, siendo otras en un tránsito que se desvanece en la sombra. Un transcurrir que oscila entre la orfandad y la intemperie, entre los múltiples ecos que nos habitan. Nos constituye lo plural: nuestras sensaciones son múltiples: en nosotros se expresa el tiempo que se transfigura en recuerdo uniéndose al presente.

Al enfrentarnos, como sucede en la poesía o el teatro, con ese no-saber que nos embarga, que baña de misterio el entorno, se desvanecen culturas y normas; desaparecen los nombres y las referencias que damos a las cosas sin que sepamos qué son realmente las cosas. Volvemos al origen intentando —en ese regreso desde la primariedad del cuerpo y las sensaciones— buscar un algo que nos consuele y deletree, sabiendo que «…cada uno es un todo», como decía Octavio Paz, «Pero no hay todo: siempre falta uno. … No hay uno ni todo: hay unos y todos. Siempre el plural, siempre la plétora incompleta, el nosotros en busca de cada uno: su rima, su metáfora, su complemento diferente», persiguiendo los ecos que se esconden detrás de los nombres. Cambia el material que utilizamos para explicarnos y expresar el estar aquí en el ahora, no cambia lo que somos, la pluralidad de nuestros fantasmas y voces.

Efectivamente; y de ahí que los avatares de la poesía sean múltiples y no siempre en secuela. El género ha transitado por muchos caminos, a veces jugando peligrosamente con las incidencias tanto de la cultura, como de la educación o las del poder [o falta de ello]. ¿Cuál es tu visión del papel que ocupa o debe ocupar en las precipitaciones o avalanchas de la sociedad actual?

Entre cultura y educación hay un lazo estrecho, formando parte del basamento que constituye a las sociedades: las moldea, les da forma. A través de la educación se transmite, no sólo información o conocimiento, pues es el lugar de la reflexión, del imaginarnos o crearnos. Lo educativo forma parte de la tradición de nuestras preguntas, de las ideas que tenemos sobre las personas, sobre nosotros-nosotras: incluye nuestra propuesta de sociedad, lo que somos o podemos ser, el cómo convivir. Socavar —debilitar, banalizar, envilecer— a las instituciones educativas o culturales (entendidas unas como transmisoras de significados y las otras como forjadoras de lenguajes, de signos entre signos con los que transmitimos —elaboramos— un sentido para estar aquí en el ahora) derruye a la sociedad. Socavar la educación, como se hace constantemente en lo contemporáneo, incluso mancillando a los maestros-maestras, no sólo debilita símbolos, empobrece la convivencia, empobrece el vivir-existir, cercenando el elemento central de cualquier democracia: lo plural, lo diverso, lo disidente, imaginar, crear, el titubeo.

Derruir, por lo tanto, a las instituciones culturales o al sistema educativo, como se viene haciendo en nuestras sociedades, no sólo censura el conocimiento o a la ciencia, no sólo limita las diversas expresiones humanas o las múltiples manifestaciones sociales, es el reflejo de una perspectiva monolítica, de una única verdad; la centralización y pobreza totalitaria que acalla lo distinto

FIN DE PARTE I

 

IMÁGENES:

Álvaro en la casa donde nació Sor Juana Inés de la Cruz, Hacienda de San Miguel de Neplanta, Estado de México. Foto de Carolina Zamudio.

Emblema oficial del festival fundado por Álvaro.

Álvaro con cuello cervantino/shakesperiano: <<Festival Internacional En el Lugar de los Escudos>>, 2019, México.

 

© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez

Héctor Manuel Gutiérrez, Miami, ha realizado trabajos de investigación periodística y contribuido con poemas, ensayos, cuentos y prosa poética para Latin Beat Magazine, Latino Stuff Review, Nagari, Poetas y Escritores Miami, Signum Nous, Suburbano, Eka Magazine y Nomenclatura, de la Universidad de Kentucky. Ha sido reportero independiente para los servicios de «Enfoque Nacional», «Panorama Hispano» y «Latin American News Service» en la cadena difusora Radio Pública Nacional [NPR]. Cursó estudios de lenguas romances y música en City University of New York [CUNY]. Obtuvo su maestría en español y doctorado en filosofía y letras de la Universidad Internacional de la Florida [FIU]. Es miembro de Academia.edu, National Collegiate Hispanic Honor Society [Sigma Delta Pi], Modern Language Association [MLA], y Florida Foreign Language Association [FFLA]. Creador de un sub-género literario que llama cuarentenas, es autor de los libros CUARENTENAS, Authorhouse, marzo de 2011, CUARENTENAS: SEGUNDA EDICIÓN, agosto de 2015, CUANDO EL VIENTO ES AMIGO, iUniverse, abril del 2019 y DOSSIER HOMENAJE A LILLIAM MORO, Editorial Dos Islas, marzo del 2021. Les da los toques finales a dos próximos libros, AUTORÍA: ENSAYOS AL REVERSO, antología de ensayos con temas diversos, y LA UTOPÍA INTERIOR, estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato.

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