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Agosto 2026

LA EXPLOSIÓN Y LAS SOMBRAS DE UNA BREVE SUPERNOVA. EXTRACTO DE LA NOVELA: VERMELHA de Emilio Palomino

 

Capítulo 1

Explosión. La bala entra en la piel, el hueso, el cerebro. Un millón de sinapsis suspendidas. Luminarias apagándose en un callejón oscuro. Estrellas. Luces. Destellos. La bala abandona al cuerpo recién perforado y una descarga blanca, gris, roja, Vermelha atraviesa en instantes el tejido del tiempo y, en el agujero recién abierto en aquella frente joven, despierta una ventisca, un suspiro de vida.

Un grito, o al menos lo más parecido a un grito cuando se estrenan cuerdas vocales. Paredes a los cuatro lados, un techo, un suelo acercándose. Está por caer. Se detiene. Logra balancear el amasijo de carne donde ahora se encuentra. Su peso, sus extremidades. ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? Sus preguntas toman forma de imágenes. En su cabeza se escucha una voz muy parecida a la suya. Ella la sin-nombre que se llama Vermelha.

Entra el aire, sale el aire. Se siente frío en su pecho al entrar por las fosas en medio de su cara y por el agujero, más grande que los otros, de donde también salen sus gritos. Luces. Rojo. Azul. Vermelha. Noche. Bueno. Malo. Bello. Las pupilas del cuerpo que habita se dilatan y a través de ellas entran los colores de un mundo grisáceo. Noche. Rojo. Luces. Blanco. Los colores, las imágenes, los sonidos se aglutinan en el cerebro dañado de ese cuerpo hasta cobrar sentido. Las palabras, ahora lo entiende, se le escapan. Mueve la boca y con una voz que desconoce pronuncia la palabra Hola.

—¡Antonio! —ruidos fuertes resuenan tras la puerta—. ¡Antonio, abre ya! —sus palabras retumban como golpes, como las pulsiones rítmicas que ahora Vermelha escucha en su corazón—. ¡Antonio, otra vez no!

Las formas del departamento comienzan a ganar textura. Los objetos cuyos nombres parece ya conocer. Ropa en el suelo, pósters en la pared. Vuelve a abrir la boca:

—Voy —dice sin saber el motivo. Un instinto, como el de respirar, como el vicio del corazón de su nuevo cuerpo por seguir bombeando.

Mueve sus piernas, una tras otra, hacia la puerta. El camino parece eterno mientras su consciencia continúa amoldándose a la musculatura. Le gusta la sensación del suelo contra sus pies descalzos. Le gusta el rozar de su piel contra la tela que la recubre. Llega a la puerta. Reconoce que la perilla es importante. Le gusta el frío del metal al girarlo. Una pequeña cadena le impide abrir la puerta por completo.

Unos ojos inflamados se asoman entre la cadena. En sus pupilas, Vermelha ve la luz fugarse. También ve su reflejo, el rostro sudado con cabello en su frente sobre un punto rojo. Reconoce a la persona que está frente a él. Su nombre, la palabra que lo representa, sale como agua de sus labios:

—¿Luis? —nombre que suena a desaire.

—¡Antonio! ¿Qué estás haciendo? ¿Estás bien? ¿Te hiciste algo? —la respiración cálida de Luis alcanza los sentidos de Vermelha en su nuevo cuerpo. Una calma acaricia su espalda.

—¿Quién es Antonio? —al pasar ese nombre a través de su garganta, el bombeo en su pecho se acelera y puede escuchar el fluir del líquido en su cuerpo aumentar de velocidad. Una gota sale del agujero, el más pequeño, en frente, el que el cabello cubre como un telón.

—Déjame entrar, por favor —la mano de Luis entra por la apertura de la puerta pidiendo ser sostenida—. Platiquemos —dice con el tono de la tormenta por amainar.

Vermelha siente el cosquilleo de la sangre, el miedo en el pecho —extraña sensación—, da un paso atrás y empuja la puerta hasta cerrarla sobre los dedos que Luis apenas logra sacar a tiempo. Vuelve a disfrutar del silencio del cuarto.

—Como quieras —suspira Luis. El sonido de sus pasos haciéndose más bajo.

La gota de sangre continúa resbalándose al costado de las cejas y de la nariz, desciende por la orilla de los labios dejando un gusto salino y quemado, acaricia su cuello como un recordatorio de los pliegues y las formas de su nuevo hábitat. Al pasar el dedo sobre la gota y levantarlo frente a sus ojos y ver la mancha roja, Vermelha sabe que, en ese rojo, ella existe. El rojo del templo donde moran los suyos, de donde ella viene.

Hay un espejo en la habitación con ella. La superficie rayada con labial y marcador. Un garabato de una cara con cabello largo hasta los hombros. En el espacio limpio del espejo, Vermelha encuentra la mirada de Antonio. Se fija en sus ojos: un túnel eterno donde en el fondo no hay más que sueños. Sueños, cal, recuerdos y sangre. Sangre brotando de su frente, gota a gota para recordarle del disparo. ¿Qué es un disparo? Un sonido muy fuerte, fuego y metal piensa articulando la idea de la bala. La idea del agujero que esta dejó en su frente y que al tocarlo la hace gritar. Hacían ya demasiados años desde que ella sentía dolor.

La textura de la sangre le susurra que la toque. Vermelha la esparce en sus mejillas. La palidez de su rostro de pronto se siente más viva y más muerta. Más llena de color. Descubre cómo se siente una sonrisa en ese cuerpo. Se unta más para hacer figuras como espirales en sus clavículas, figuras que le recuerdan a casa. Una casa en un plano más allá de las figuras. Un silencio de brote constante, muros eternos brillando como soles en un páramo amplio donde hasta la más minúscula mota de polvo deja tras de sí una estela. Su mundo, tan diferente, tan igual al de su nuevo cuerpo. Su alma eterna, contenida ahora entre piel y uñas, pelo y huesos. Ve volar frente a ella una escama, una partícula flotante de su nueva piel y al hacerlo con atención se da cuenta que en este nuevo mundo las cosas también dejan estelas.

Explosión. Se percata que su cuerpo tiene coraza protectora. Un tirón de tela blanca alrededor de su cuello y cayendo sin gracia —salvo las manchas de sangre— alrededor de su torso. Debajo de la playera siente el pelo de su pecho acariciar el material del que está hecha. Miles de estímulos pequeños como caricias desprolijas. Demasiadas sensaciones. Se desviste. Remueve primero la playera blanca, luego lucha unos instantes con el material rugoso que cubre lo que ahora sabe nombrar como piernas. El espejo. Vuelve a mirarse a través del garabato de labial y las manchas rojizas que dejó al untarse la sangre. Su cuerpo crece y después se encoge. Su piel refleja aún la poca luz que logra filtrarse en ese cuarto oscuro. Levanta la mano frente a ella y la acerca a su cabeza, sus oídos. Desciende por su cintura, el ombligo y la columna. La calidez que le emana desde dentro. Calidez. La palabra nueva que surge en su mente.

Escucha su propia risa, una risa alegre, al reconocerse en las fotografías sobre un secreter a un costado del espejo. Todo en ese cuarto ahora empieza a provocar memorias. No suyas, pero ocultas en la colección de neuronas de ese, su nuevo cerebro. Ese mueble era de su abuela. Las fotografías impresas salieron de la cámara de su hermano, esa que compró orgulloso con su primer sueldo luego del aumento. En una de las fotografías un hombre eufórico sostiene una bandera en un desfile. Es el rostro de su novio, el hombre que vino a gritarle hace un momento. Junto a Luis, en la fotografía, está el cuerpo que entonces pertenecía a un tal Antonio abrazado a alguien más, un hombre delgado con los dientes expuestos por la sonrisa. Mientras Luis ondea la bandera, Antonio y el otro hombre se abrazan entre colores arcoiris.

Colores, tantos colores. Vermelha analiza fugaz, pero intensamente, cada uno de ellos. Los colores que vibran, los que aplacan y los que despiertan. Al verlos, su cuerpo hace cosas que ella aún no entiende. El verde, tan vivo, tan impaciente por moverse, el verde de las plantas y de la podredumbre. Amarillo tan ansioso, lleno de luz, felicidad y enfermedad. Rojo sangre en mejillas contentas, rojas de vergüenza y de furia desplegada. Azul ahogamiento y libertad, azul cielo. Morado de galaxias, velocidad y muerte. Demasiados colores saturando su visión y habitando el espacio vacío entre sus orejas.

Debe tenerlos. Necesita sentirlos cerca cubriendo la insípida monotonía de su piel. Haciendo destacar su breve y negra cabellera. Dando saltos en el predecible flujo de sangre por sus venas.  Abre un cajón en un mueble junto a la cama. Encuentra ropa interior y, enterrada debajo, una caja donde se esconde maquillaje. Receptáculos circulares, casi vacíos, del color de su piel, luego un poco más oscuro, luego un poco más brillante. Pasa los dedos por el polvo colorido y se unta con ella en su rostro. Mancha dos de sus dedos con diferentes colores. Tres. Pinta su rostro dejando un halo electrizante. Vuelve a mirarse al espejo y abre la boca para reír. Un vaso de agua posa también sobre el mueble. El mundo atravesando el líquido puro que lleva dentro. Los colores refractándose arriba abajo, traslúcidos. Rebotan las tonalidades de un mundo apagado encendido. Toma el agua para peinar con ella su cabello y así recubrir el agujero de bala en su frente.

Desde fuera del departamento también se escuchan risas a lo lejos. Insultos, llantos y voces aburridas. Abre la puerta —esta vez tiene que quitar el seguro— y mira al azul cielo convertirse en rosa y amarillo. En morado y luego, asomándose, el azul oscuro de la noche tentadora. Baja los tres pisos que llevan a su departamento. Algo —seguramente más sangre— se desliza todavía por su frente y por su nuca, pero para Vermelha eso ya no es importante. Solo le importa seguir las luces que le dan forma a la ciudad.

Capítulo 1 de Vermelha. La explosión y las sombras de una breve supernova. Puedes adquirir el libro completo en Amazon, Amazon Kindle, Apple Books, Kobo y directamente en las redes de Editorial Scaptura y www.scaptura.mx/vermelha

 

 

 

© All rights reserved Emilio Palomino

 

Emilio Palomino (1997), escritor mexicano con más de una treintena de publicaciones nacionales e internacionales incluyendo la revista literaria Nagari Magazine en Miami. Ha colaborado con organizaciones como UNESCO México, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis Potosí e IberCultura Viva.
En 2022 publicó “Amor, Locura y Pandemia”, su primer libro de cuentos. En 2023 fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) del estado de SLP. En 2024 ganó el LIIIConcurso Latinoamericano de cuento “Edmundo Valadés” por su cuento “La Colonia”.
Actualmente colabora con la fundación Expansiva Hábitat Cultural, A.C. para la creación de arte multidisciplinario e imparte talleres de Escritura Creativa como herramienta de soporte para la comunidad neurodivergente. Pueden encontrarlo en IG como @emiliopalomino__

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