Hay mujeres que no piden lugar en la historia, porque son la tierra donde la historia aprende a echar raíz. Mujeres cuyas manos sembraron el mañana sin esperar que el mañana las recordara. Mujeres que sostuvieron generaciones aunque sus nombres se perdieran en los registros, aunque sus cuerpos se doblaran con los años y sus ojos dejaran de mirar la luz, porque su presencia permaneció viva en la memoria de quienes todavía las pronuncian.
Tú fuiste eso: raíz profunda que no se quebró con el invierno, semilla silenciosa que encontró la manera de abrirse paso, brisa que acaricia aunque nadie pueda verla.
No te veo, pero te escucho en la sangre que me llama. No te toco, pero camino sobre la tierra que tus pasos hicieron fértil. No estás lejos. Vives en el aroma del pan que horneo, en el rezo callado cuando el miedo me ronda y en esa voz que, cuando siento que ya no puedo, me susurra: «Resiste, aún no termina tu canto».
A veces me pregunto cuánto de mí comenzó en ti. Cuánta de tu fuerza llegó hasta mis manos y cuántos de tus silencios aprendieron a hablar en mi voz. Tal vez nunca imaginaste que una parte de tu vida seguiría andando en la mía; que después de tu ausencia tus pasos continuarían abriendo caminos y que aquellos sueños que no pudiste nombrar encontrarían en nosotras otra manera de florecer.
Porque no heredamos solamente los rasgos, los nombres o la sangre. Heredamos también la forma de levantarnos, la costumbre de seguir aun con el corazón cansado y esa fuerza antigua que aparece cuando la vida intenta doblarnos. Hay algo de ti en cada palabra que me atrevo a decir y en cada paso que doy, como si mucho antes de mi llegada tú ya hubieras comenzado el camino.
Quizá nadie escribió tu historia completa. Hubo dolores tuyos que nadie preguntó, cansancios que guardaste para no preocupar a los demás y sueños que fuiste dejando a un lado para que otros pudieran alcanzar los suyos. Muchas veces debiste seguir sin que nadie se detuviera a preguntarte qué querías tú, qué te dolía o cuánto habías tenido que callar.
Sin embargo, tu vida no quedó perdida en esos silencios. Sigue presente en cada hija, en cada nieta y en cada mujer que aprendió de ti a sostenerse con dignidad cuando el mundo quiso apagar su voz. Sigue en nosotras, incluso en aquellas cosas que hacemos sin saber que las aprendimos de ti.
Tú eres ese nombre que no necesita monumentos. La raíz que permanece bajo la tierra, la brisa que me acompaña cuando el camino se vuelve difícil y la presencia que no puedo mirar, pero que aun así continúa a mi lado.
Y mientras algo de ti respire en mis pasos y tu fuerza vuelva a levantarse conmigo, no habrá tiempo ni ausencia capaces de borrarte. Te quedas en nuestras manos, en nuestra manera de amar, en la fuerza con la que volvemos a levantarnos y en todo aquello que sembramos para quienes vendrán después, como una semilla infinita que continúa creciendo aun cuando ya no podemos verla.
© All rights reserved Erendira Paz López

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.
Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.
Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.
Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.
Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.
Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento.