Hay una estatua en la sala doce del museo que lleva trescientos años mirando la misma pared. Yo llevo tres martes mirándola a ella.
No sé su nombre. El cartel dice algo en latín que no entiendo, pero no me parece necesario. Los nombres son para las cosas que pueden perderse. El mármol no se pierde, solo se acumula, se enfría y se vuelve más él mismo con cada año que pasa.
Yo, en cambio, me pierdo constantemente.
La primera vez que la toqué —aunque no se debe— lo hice con el índice muy despacio, como quien comprueba si algo está vivo. Estaba fría. Esa frialdad me recorrió el brazo hasta el pecho y algo en mí supo que eso era lo contrario de la muerte. La muerte es caliente. La muerte es la fiebre, el cuerpo que se rinde, la piel que ya no puede más. El mármol no muere porque nunca tuvo la valentía de vivir.
Y sentí lástima.
Luego me alegré al pensar en el día anterior, cuando me hice un pequeño corte troceando zanahorias para un sofrito. Y salió sangre. Tan roja que sería la definición perfecta del color. Ayer sangré y al recordarlo ahora me siento, estúpidamente, superior a la estatua que me devuelve la mirada.
Llevo un libro siempre en el bolsillo izquierdo. No lo leo en el metro ni en la cola del supermercado. Lo leo aquí, en el banco de madera frente a la estatua sin nombre, porque necesito testigos cuando Kafka me destroza:
“Ojalá el mundo se acabara mañana. Entonces podría amarte sin escrúpulos, ni miedo, ni moderación”.
Lo subrayo con una presión que casi rompe el papel. Disecciono cada palabra, no como lector, sino como herido que reconoce la misma herida en otro. Los libros no son sabiduría. Son gritos de auxilio de gente que ya no está, preservados en papel para que nosotros los vivos sepamos que no estamos solos en esto de desmoronarnos.
Plath lo sabía. Cortázar lo sabía. Yo lo sé y de todas formas no sé qué hacer con saberlo.
El problema del mármol es su perfección.
No puede sentir cómo el frío de noviembre quema la entrada de la nariz. No sabe lo que es leer una frase y tener que cerrar el libro porque ya no cabe más belleza en su cuerpo demasiado limitante. No conoce el peso específico de un beso, ni ese nudo de acero bajo el pecho que aprieta justo cuando estás a punto de ser feliz.
El mármol es eterno. Y esa eternidad es su propia condena.
Yo prefiero mi piel que se eriza. Prefiero mis ojos que lloran en los museos sin razón aparente, o con demasiadas razones como para explicarlas todas. Prefiero saber que un día voy a terminar, porque solo lo que puede romperse tiene alma. Solo lo que puede perderse merece ser preservado.
Por eso escribo: para vengar mi propia muerte y recordarme lo vulnerable que soy ante ella. La eternidad no la quiero, no me sirve, no me transmite nada.
La estatua lleva trescientos años perfecta.
Yo llevo tres martes vivo.
Sin duda, gano yo.
© All rights reserved Ángela Guzmán Medina
Ángela Guzmán Medina (Huelva, 2005) es autora de la novela Verde (Con M de Mujer, 2024, 2.ª edición). Ha obtenido primeros premios en narrativa en los certámenes del IES Doñana (Almonte) en dos años consecutivos, y en el concurso de relatos cortos de Hinojos. En octubre de 2025 participó en la Feria del Libro de Sevilla. Estudia psicología y escribe narrativa confesional e íntima.
@angelaguzman.m_