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Agosto 2026

VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS: EL RENACER DE LA CRUZ. Reynaldo de la C. Fernández Chávez

Veinticinco años después: el renacer de la Cruz

A sus 27 años, Dubiel sentía que la vida aún podía ofrecerle un nuevo comienzo. Había nacido en Cumanayagua en 1987 y su horizonte se limitaba a los confines de aquel pueblo rural que solo le ofrecía los mendrugos de un pan sin levadura: bañarse en el río Hanabanilla, trabajar de mesero en Yaguanabo, vender celulares en un portal, festejar con amigos y disfrutar una vez al año la Jornada de la Cultura en la plaza.

    Más que fecha religiosa, el 3 de mayo era excusa para exaltar su orgullo cumanayagüense. Ignoraba el paso de los peregrinos con la Santa Cruz por las Cuatro Esquinas; para él solo eran personas que entonaban cantos, desvaneciéndose entre el bullicio del Día del Cumanayagüense. Su referencia de la fecha era puramente profana, una versión sin mística, despojada de misterio, que la radio local repetía como mantra hasta convertirla en costumbre.

   Así transcurrió su vida, bajo el inmovilismo caribeño, sin otra razón que escapar. La oportunidad llegó en 2014 con los vaivenes de la política migratoria del gobierno cubanos entre incentivar la salida como válvula de escape y lucrarse con las ansias de libertad. “Ahora o nunca”, se dijo, y voló sin escalas hasta el centro del mundo.

Era el inicio de una ruta marcada por la precariedad y la amenaza de los coyotes. Su travesía incluyó canoas, avionetas y senderos que parecían descender al inframundo. Tras cruzar Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México, llegó al Río Bravo y McAllen.

   Aunque era el punto final para los coyotes, solo era el principio. El Río Bravo no es frontera: es umbral. Al cruzarlo, Dubiel no llegó a Texas. Llegó a Miami, ciudad paradoja de playas, Brickell, Calle 8 y la Ermita de la Caridad, abierta desde 1960 al cubano que huyó de la intransigencia de Fidel. Allí encontró razones para rendirse: bajo el sol de las construcciones o en noches interminables en su camión. Pero se sostuvo con la llegada de su padre, después su esposa y, por último, su hija.

   En 2023, un amigo lo llevó a Hialeah, a la celebración del Día del Manicaragüense Ausente. Su padre era de Manicaragua, y algo de ese pueblo también le corría por la sangre. Lo que vio lo desarmó: abrazos que rompían décadas, llanto sin permiso, nombres gritados desde el otro lado del salón.

Para mí fue una sorpresa descubrir esa alegría del reencuentro”, pensó: “Esto también lo podemos hacer los de Cumanayagua, y qué mejor día que el 3 de mayo“. Ahí empecé a crear ideas para organizarlo[1].

   Por diversas razones, no se pudo en 2024 ni en 2025. “Ni un año más”, pensó Dubiel. Y así se organizó. Al principio solo sería una fiesta por el Día del Cumanayagüense, su única referencia, pues desconocía la tradición detrás de esa fecha. Ignoraba que era la fiesta de la Santa Cruz de Mayo.

   La cruz llegó con fuerza ineludible. No se concibe el 3 de mayo sin ella, sin esa mirada que se posa en el madero. En la cruz se simplifica el dolor, se regenera la esperanza y se multiplica el gozo: es árbol de vida. Él solo quería una fiesta. Pero la cruz esperaba su rehabilitación. Entonces apareció Piti[2], otro cumanayagüense conocido por su sociabilidad. Con más intuición que memoria, se lanzó a buscar. Indagó, escarbó en la tradición. Y nació la cruz de estilo latinoamericano, artesanal, colorida, cargada de sincretismo. Fusionó la vieja costumbre española de “vestir la cruz” —madera adornada con flores— con el alma cubana del exilio. Esta no es madero de duelo. Es cruz “viva” que celebra la renovación y la esperanza. Reconoce a Cristo en la primavera, no en el Gólgota. Para el cumanayagüense ausente, vestirla es vestirse de raíces, memoria y promesa. La cruz dejó de ser muerte para volverse reencuentro.

Rincón Alegre

Donde acaba Miami y empieza la tierra, aparece Redland. Allí no llegan los sonidos del tráfico ni la prisa; solo imperan fincas, cuadras de caballos y casonas de campo. Es lugar de agricultura, donde se compran hortalizas y se saborea comida criolla en ranchones. Para muchos, visitar Rincón Alegre es el puente místico para volver a la Cumanayagua soñada. No pudo escogerse mejor sitio para renacer la Santa Cruz de Mayo.

    Desde temprano la gente llega. Se juntan, como si la fecha los llamara. En la entrada, una cruz de flores rojas y blancas los recibe sin palabras. No hace falta. Todos saben lo que pesa ese silencio: es tres de mayo. Y en Cumanayagua todos saben que sin cruz no hay fiesta, y sin aguacero no hay tres de mayo. El cielo lo sabe también, por eso amenaza. Un árbol junto a la cruz se vuelve brújula. Los carteles desprendidos de las esquinas no anuncian: señalan. Rafaelito, La Campanita, Barrio Guinea, El Hueco, Mandinga, Las Brisas, Calle Cienfuegos… No son calles. Son gente, abuelos, noviazgos y el primer beso, dominó hasta la madrugada. Cada nombre, un recuerdo, una lágrima.

   Llegan de toda la ciudad. Los abrazos se multiplican, mientras la música ahoga el llanto contenido tras décadas de separación. Son rostros que surgen del pasado sin palabras; aparecen de improviso y estremecen el alma, como si el tiempo no hubiera transcurrido.

   Desde Jacksonville, Renier Peñón viajó con su esposa y sus dos hijos. “No podía dejar de ir y encontrarme con tantos amigos de mi pueblo y vivir el ambiente de la Semana de Cultura”. De Texas, volaron Laura Pérez y Clay Romero, anticipándose un día para llegar puntuales. “Es mi tierra, son nuestras amistades y la tradición de reunirnos cada 3 de Mayo. Sentíamos añoranza de ver a personas que hacía años no veíamos”, dijeron. Yordanka Florín viajó desde Lehigh Acres. “Mi corazón no cabía en mi pecho de ver amigos que no veía hacía 30 años”. Todos, movidos por un mismo sentimiento, acortaron distancias para volver a ser uno solo.

   Finalmente, la peregrinación condujo a los asistentes por los jardines hasta coronar la cruz como reina de la noche, entre velas y los versos del himno “Pídele a tu Cruz de Mayo”. Las décimas de Clara Veitía, musicalizadas para el video, acompañaron un recorrido fotográfico por la tradición procesional de Cumanayagua. Aunque no fue acto litúrgico, representó a un pueblo que camina con su cruz sin olvidar sus raíces. A pesar de la distancia, esta tradición sigue guiando la fe de los cumanayagüenses lejos de su tierra. Es memoria viva que concilia dolor y alegría: una cruz que cicatriza la herida.

   Los hijos del exilio nacieron sin río Hanabanilla, sin Cuatro Esquinas. Florida los crió, pero la Cruz de Mayo los reclama. Para algunos es eco tenue; para otros, herida que no cierra cada 3 de mayo. Hay quien le reza en Madrid, Tenerife, San Juan. No la levantan con los brazos. La sostienen con la sangre. La llevan en la memoria. Porque el 3 de Mayo no se celebra: se hereda. No fueron tras la Cruz. La Cruz vino por ellos.

   Un niño nacido en Hialeah le preguntó a su padre por qué todos lloraban. El padre señaló la cruz: “Porque ahí estamos todos, hijo. Hasta tú”.

[1] Dubiel Águila Brito, N: Cumanayagua, 16/12/1987.

[2] Alejandro Flores Albuquerque. N: Cumanayagua, 28/ 09/1966.

 

 

 

© Reynaldo de la C. Fernández Chávez

 

Reynaldo de la C. Fernández Chávez es médico e investigador de temas culturales e históricos. Nacido en Cuba, reside actualmente en Miami. Ha publicado La huella perenne(2005) y Siguanea: la Atlántida de Cuba (2025). Tiene en proceso de edición El altar y la calley El último colegio.

 

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