saltar al contenido
  • Miami
  • Barcelona
  • Caracas
  • Habana
  • Buenos Aires
  • Mexico

Abril 2026

LA OTRA MÚSICA. Silvia Sánchez

La primera vez fue solo un rumor que viajaba de la mano y en la boca de dos primeras violinistas que se callaron en cuanto lo sintieron cerca, al encontrarlas en uno de los pasillos del teatro en el que ensayaban. La gente tenía tendencia a guardar silencio cuando lo sentía próximo.

Tal vez era ese andar pausado, disimulado, casi furtivo, o que llegara siempre a todos lados como si escondiera algo o esperara descubrirlo, la cara mustia o la mirada resentida. Siempre había sido el raro de su casa, de la escuela, del conservatorio y ahora, entre muchos raros, era el raro de la orquesta sinfónica.

Largo, delgado y desgarbado, con expresión ceñuda o ausente, un cabello indomable que requería mucha paciencia y gel para quedar en orden. Unas profundas ojeras congénitas que le daban un aire fatigado. Parecía y estaba siempre molesto.

–Pinches viejas … nomás son primeros violines porque seguro le enseñan las nalgas al director –pensó en un tono que sólo usaba consigo mismo, pero que siempre dedicaba a otros.

Sólo alcanzó a oír: “Juan Gabriel”.

–Nacas y pendejas, no me sorprende que les guste esa música– completó el pensamiento anterior.

Tuvo que arrepentirse y reconocer su error cuando, durante otro ensayo, escuchó el rumor completo y firme:

–Vamos a preparar y presentar un homenaje a Juan Gabriel.

Esta vez lo oyó fuerte y claro, de un par de contrabajos que, para no variar, se sintieron asaltados y callaron cuando volteó a verlos fijamente, para después sentirse apenado e incluso ruborizarse ante su abierta impertinencia.

Su primer sentimiento fue de negación.

Cuando el director les confirmó la noticia, les habló sobre la estructura del programa, las piezas y los ensayos; se rindió ante un agobiante sentimiento de furia sorda que le encendió las entrañas y amenazaba con hacerle explotar una arteria que siempre brincaba en su frente de manera desagradable.

Hubo muchas cejas levantadas, expresiones de asombro, risas nerviosas y quejas abiertas. Hubo quien alegó que convertirían el teatro y recinto de la orquesta en un palenque. Hubo quien incluso gritó.

–¡Pues ni que fuéramos mariachis!

Los músicos rusos no opinaron mucho porque no tenían una idea muy clara de qué iba el asunto, pero algunos que conocían a Juan Gabriel, también manifestarían su inconformidad.

Sin embargo, otros tantos se mostraron indiferentes e incluso hubo algunos que parecían, no sólo conformes, sino entusiasmados con la noticia.

La Orquesta Sinfónica de San Juan no era muy grande, ni tenía mucho renombre, a duras penas llegaban a setenta músicos importando extranjeros de Europa del este que no habían conseguido gran éxito en ningún otro lado.

Aun así, con todo y con poco, eran una orquesta sinfónica y no a todos parecía agradarles la idea de preparar un concierto de música popular, sin importar si Juan Gabriel era un tesoro nacional, había religión con su nombre (sin apellido, claro), era el hijo pródigo de Parácuaro o habían quedado a deberle el Nobel que por error fue a parar con Dylan.

Él se calló. Cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y las uñas perfectamente cortadas y limadas se le clavaron en las palmas. Pero no dijo nada.

Después, se limitó a otear furtivamente para interceptar y recolectar pedazos de chisme en conversaciones ajenas mientras ensayaban y preparaban las piezas y el concierto en general.

Juan Gabriel representaba un origen y un pasado del que renegaba por todos los medios.

Entre Juanga y José José se habían ambientado casi todas las borracheras que organizaba su gran, escandalosa y extrovertida familia.

Daba igual si eran quince años, la fiesta del Patrono del Barrio (San Agustín), Navidad, la candelaria, Sábado de Gloria, el día de la madre luchona o el del padre fugitivo, cualquier pretexto era bueno para cerrar la calle donde estaba su casa y lograr que la fiesta se volviera una verbena popular y abarcara más de una cuadra.

En más de una ocasión los festejos terminaron con infidelidades, gente que se había quedado dormida en la calle para resucitar al siguiente día, peleas, jalones de greñas, batallas campales y, en una ocasión, hasta balazos.

Así que en su cerebro, memoria y recuerdos, Juan Gabriel representaba mucho de lo que quería huir cuando estudió música.

–Y músico clásico –manifestaba con desprecio su papá–  al menos fueras mariachi, pero ni esa gracia… un traje de esos, te queda grande.

Cantante frustrado, su padre amaba la música, pero “la otra”, así que cuando la relación se les terminó de ir al carajo, empezó a sentirse medio huérfano. Sin embargo, conservó con su madre una ajena cercanía, marcada siempre por una incómoda honestidad que en el fondo, tal vez, guardaba algo de complicidad.

Parte de ese pasado, había quedado cremado y guardado junto con las cenizas de su padre y los montones de fiestas y reuniones familiares que siguieron y a las que no fue, argumentando estar ocupado con su carrera.

Así que ahora visitaba a su mamá una vez al mes, sólo cuando sabía y confirmaba que no estarían sus hermanos, tíos, tías, primos y cuñadas.

Durante una de esas ocasiones mientras cenaban pan y café con leche, se le ocurrió comentar su disgusto con el homenaje.

–Ya sé que no te gusta, pero la verdad, no sé por qué te quejas, tienes mucho en común con él en sus inicios –dijo, mientras arqueaba distraídamente una ceja.

Ante la expresión de extrañeza de su hijo, añadió con desparpajo:

–Cuando empezó, él también era solamente un maricón pobre que amaba la música.

No contestó nada, pero esa idea dio tantas vueltas en su cerebro, que acabó por caer resignada en él, donde se instaló cómodamente.

Su carrera estaba estancada, tal vez nunca pasaría de segundo violín. Era el de más antigüedad y ni siquiera había estado cerca de ser uno de los primeros violines. El lugar se lo habían dado a Mónica, una mocosa flacucha recién egresada de la escuela estatal de música que siempre parecía triste y tocaba como si tuviera algo atorado entre el esternón y las costillas.

Ese sentimiento de pérdida mezclado con frustración e injusticia era ya tan habitual en su vida que ni siquiera lo percibía.

Entonces, empezaron a preparar y ensayar “Hasta que te conocí”.

Una noche se sentó en el suelo de la sala de su minúsculo, pero pulcro e impersonal departamento, se puso los audífonos y aunque su celular le advirtió que estaba subiendo el volumen por encima del nivel recomendado, la escuchó interpretada por el Divo de Juárez en Bellas Artes con la Orquesta Sinfónica Nacional, Enrique Padrón de Rueda y el mariachi Vargas de Tecalitlán detrás.

La memoria lo llevó a una de esas fiestas y borracheras en su casa y su calle. No se acordaba con exactitud qué festejaban, pero seguro era Navidad o año nuevo, porque pudo recordar vívidamente que hacía mucho frío y uno de sus vecinos le prestó una sudadera.

Se llamaba Toño y junto con la sudadera y una amena plática alejada del desmadre, los gritos, los borrachos, los jalones y las mentadas de madre, le dio su primer beso.

De las bocinas que sacaban a la calle y amenazan con explotar haciendo confeti de decibelios, salía la clarísima voz de Juanga:

“–Porque ahora pienso en ti,

más que ayer, mucho más”

La vida dejó a Toño junto con mucho de lo que quería mantener atrás, entre lo que se encontraba  el susto que se llevó cuando después de aquel beso, vio a su padre mirándolos con una mezcla de indignación e incredulidad. Nunca tocaron el tema, pero ese día se acabó la hora en la que solían ver en la tele juntos, los concursos y reality shows de canto que tanto entusiasmaban a su papá. Le surgían pendientes, recados y ocupaciones y con frecuencia evitaba encontrarse con sus ojos. Después de un tiempo, cuando por fin la dirigió hacia él, la mirada de su padre se convirtió en un permanente signo de disgusto mezclado con desilusión.

La voz del Divo le trajo con el recuerdo de la sudadera y el beso de Toño, el de un momento pleno en que se sintió aceptado sin reservas…

Escuchó la canción completita mientras las lágrimas caminaban por sus mejillas y él se las frotaba, incómodo, pero feliz.

No buscó a Toño y tampoco cambió su expresión mustia, ni la mirada resentida. Seguía siendo el mismo tipo raro y ceñudo que hacía que la gente guardara silencio mientras se acercaba.

Tal vez solo parecía menos inconforme.

El día de la presentación, se enfundó en su raído esmoquin, se peinó milimétricamente y manejó su inmaculado Datsun hasta el teatro.

Mientras caminaba rumbo a la afinación final, oyó una voz muy cerca que parecía dirigirse a él, revisó y aguzó el oído con cuidado. Efectivamente, le hablaban.

–¿Y esa sonrisa? Hasta parece que lo estás disfrutando –le dijo Mónica, la violinista flacucha con problemas de esternón; misma que en los tres años que llevaba en la orquesta jamás le había dedicado una palabra.

–Lo que se ve no se pregunta.

© All rights reserved Silvia Sánchez Madrid

 

Silvia Sánchez Madrid nació en el Estado de México en 1977.  Es Licenciada en Derecho por la UASLP  y cursó la Maestría en educación por la UCEM, desde hace 26 años se dedica a la docencia de nivel medio-superior.

Narradora y cuentista, formó parte del taller “Juan Donoso Pareja” de la casa de la Cultura de San Luis Potosí (Museo Francisco Cossio) coordinado por el Maestro Félix Dauajare.

Actualmente forma parte del taller literario “Abismos” coordinado por el Doctor Xalbador García.

Ha publicado cuentos en Antología “Luna nueva sobre Babel”, y en la II Antología de Escritoras “Voces en el desierto”, ha participado en la segunda y tercera lecturas masivas de escritoras y ha publicado cuentos en la revistas de Instituto de las Mujeres en San Luis Potosí “Olympia” así como las revistas digitales de “Nagari” y “El gallo galante”.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.