Visión de la madre ciega. Una lectura de Bicentenario, de Lyonel Trouillot. Laura Ruiz Montes

En Bicentenario (2004), del escritor haitiano Lyonel Trouillot[1], el estudiante Lucien Saint-Hilaire, protagonista de la obra, pierde la vida al final de una manifestación por el bicentenario de la independencia de Haití. La crisis de la nación caribeña y el gobierno de Jean-Bertrand Aristide son el telón de fondo de este texto donde resalta la fuerza pujante de la madre del estudiante asesinado, Ernestine Saint-Hilaire, quien deviene una suerte de heroína a partir de su ideología, necesaria y emergente.

Ernestine Saint-Hilaire es mostrada al lector únicamente a través de los recuerdos de su hijo. Mientras este se prepara para asistir a la marcha conmemorativa su madre, invidente y lejana, ronda el espíritu del joven. Es ella una mujer campesina, del interior del país, que padece el confinamiento de la ceguera pero que, no obstante, logra que su hijo traspase las fronteras del provincianismo para marchar a la capital a estudiar y buscar respuestas. Encerrada en un espacio psicológico de sujeción, esta madre es capaz de poner en marcha una circulación de ideas que lega al hijo en un importante momento histórico de la nación haitiana.

El joven estudiante, quiere poner luz en los ojos ciegos de su madre. «Es por tus ojos muertos que voy a la marcha» (103), dice. Para mostrar otra cara posible de la realidad caribeña va a la marcha y muere en el gesto de llevar adelante las intuiciones de esa progenitora que funge como guía espiritual y moral. La misma que transgrede, siendo una madre sola y ciega, cuya mayor hazaña es la crianza de sus hijos y su bregar hasta conseguir para ellos una buena educación. Ella encarna las aspiraciones de la patria y todo lo que es logrado a través de la educación, a la par que muestra los sinsabores de un Haití dividido que en Bicentenario no alcanza solución operable.

Lucien, el héroe, muere producto de una delación en la que su hermano menor está implicado. Ese mismo hermano, en algún momento de la obra había expresado: «escupo sobre tus libros y sobre esa vieja loca de Ernestine, sobre tus camaradas de promoción, sus vanas esperanzas» (17), convencido de que «hay un solo alemán que cuenta […] Hitler». (17) La representación de los dos hermanos denota la imposibilidad de una unión factible en la isla contradictoria. Los hijos se le han vuelto irreconciliables a la madre ciega, es decir, a la patria. Los hermanos permanecen en pugna mortal como símbolo de la desesperanza social, como triste contextualización caribeña de todos los Abel y Caín que en la literatura y la vida han sido.

El hijo recuerda las palabras y acciones de la madre. Por él sabemos que Ernestine deja escapar su voz solo en momentos muy puntuales, en una especie de estética minimalista. Comenzando sus parlamentos generalmente de la misma manera: «Moi Noire […]» (Yo, negra…), la intención no es ganar en ritmo ni lograr efectos con la letanía. El propósito es visibilizar la existencia de la definitoria raíz negra que conforma el presente. Las verdades ancestrales llegan a nuestros días a través de la figura materna que se convierte en la certeza detrás del héroe, la representación de una tradición negra de resistencia.

En Bicentenario, los diálogos se manifiestan a través del monólogo interior del educando quien vuelve una y otra vez sobre el recuerdo de esa progenitora que tiene fe en la instrucción de sus hijos pero que no puede ver las contradicciones reales, la situación social porque su ceguera la acorrala. Cualquier intento de interpretación de este personaje está destinado a la polémica natural, sobre todo si es posible ver en la madre la puesta en escena del papel de una ideología. La madre ciega que aboga por la educación es un intento de traer a la contemporaneidad la esencia de la Ilustración. Pero el aterrizaje de la Francia del siglo XVII en el Haití del XXI es accidentado, imposible, mortal. No es posible una solución individual, burguesa, a una extrema situación colectiva.

El performance político en esta obra hace confluir la ficción y lo nacional en un gesto que les contamina a ambos al fusionar la realidad con sus expresiones artísticas. De todo ello deriva una incomodidad literaria generadora de preguntas: si la madre ciega representa la ideología, ¿cómo dejarse guiar por un discurso inválido?, ¿cómo creer solamente en la importancia de la educación y los buenos ejemplos?, ¿cómo luchar por erradicar la ceguera en los proyectos nacionales, sin perder la vida en el intento, sin dejar a la madre/patria/ideología doliente y sola?, ¿cuál es la posibilidad en medio de la ceguera? Preguntas que aún subsistirán por largo tiempo en nuestras naciones caribeñas.

Sin embargo, a la par de todo lo anterior –y sin desmentirlo– es posible leer en ese afán de educación de la madre, un concepto capital, una alternativa a la exclusión; una metáfora de la posibilidad de que la educación se convierta en rebelión, en empuje intelectual, en parte del cambio. Su ceguera consiste en no tener en cuenta que el progreso no puede asentarse únicamente sobre la base del conocimiento. Muchas circunstancias impiden que solo el saber pueda liberar. Esta es la ceguera que Lucien quiso curar, la luz que ambicionó poner en los ojos de su madre, en el pensamiento de la isla destrozada. Para que sea incuestionable que el sueño de superación individual no es suficiente, muere el estudiante y también para que no haya duda de que si bien la educación es indispensable, el contexto reclama un más allá, un hacer que las cosas pasen: una acción colectiva.

No es posible ser objetivos, por ello acaso no sea errado aseverar que las ficciones son lo menos incompleto del entramado que conforman las epopeyas nacionales. La Historia, ya se sabe, la escriben los vencedores. Pero ¿quién, sino los poetas, los novelistas.., escriben la verdad en los márgenes? ¿Quiénes favorecen otra dimensión heroica? ¿Quiénes sino los personajes de las ficciones entonan el canto heroico de la cotidianidad y la desproporción histórica, para acabar colocando al centro de la escena la restauración del pasado y una conciencia crítica del presente?  Noam Chomsky, ya en 1986, había dicho que si él «quería conocer la manera de imaginarse la realidad, leía libros de historia, pero si quería conocer la realidad leía novelas y poemas».[2]

Ernestine Saint-Hilaire provoca gran impacto con su defensa del poder reivindicativo de la educación. Su cuota de participación en el discurso nacional es innegable, su influencia en la juventud es insoslayable ya que, ayudando a conformar una ideología, consigue una apertura del cerrado sistema doméstico y social. El alcance del pensamiento de Ernestine y su noble ideal de cambio quedan invalidados con la muerte de su heredero. Estas son las caras reales de una sociedad que genera preguntas y está atestada de contradicciones y ambigüedades. Lo más dialéctico que debe esperarse de la literatura es el valor de raspar la superficie, buscar detrás de los protagonistas para encontrar la auténtica proeza. Urge hoy certificar el carácter de las verdaderas heroínas caribeñas, enfrentadas a fuerzas imponentes, y que acometen tareas difíciles con inusitada carga de coraje, asentando, definitivamente, su vigoroso papel en las historias literarias y nacionales.

[1] Lyonel Trouillot: Bicentenaire. Éditions Actes Sud, Paris, 2004. Todas las citas son de esta edición y las traducciones mías. Trouillot nació en 1956 en Puerto Príncipe, donde vive y a donde siempre regresa tras cortas excursiones continentales.

[2] Referido por Hugo Niño, en El etnotexto: las voces del asombro. Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2008, p. 53.

© All rights reserved Laura Ruíz Montes

Laura Ruíz Montes (1966). Poeta, editora, ensayista y traductora. Ha publicado libros de poesía en Cuba y el extranjero, de los cuales Los frutos ácidos y Otro retorno al país natal, obtuvieron en 2008 y 2012 respectivamente el Premio Nacional de la Crítica Literaria. También ha publicado libros de ensayos (centrado en la literatura caribeña), teatro y literatura para niños y jóvenes. Su traducción del francés de El exilio según Julia, de Gisèle Pineau obtuvo en 2018 el Premio de Traducción Literaria. Su último libro de poesía publicado es Diapositivas (2017). Su volumen Grifas. Afrocaribeñas al habla (entrevistas a treinta creadoras del Caribe anglófono, francófono e hispanohablantes) está en proceso editorial en el Fondo Editorial Casa de las Américas. Es la editora principal de Ediciones Vigía y la directora de La Revista del Vigía de esa misma editorial.

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