TODAS ESAS COSAS SIN IMPORTANCIA. Laura Ruiz Montes

En el libro de relatos Amores y cosas sin importancia, la escritora haitiana Michèle Voltaire habla del cuerpo de la mujer, de su derecho al goce; del deleite de las pieles brillando plenas de excitación. Presentadas a veces desde un humor agudo y en otras ocasiones desde el más penetrante de los dolores, las mujeres de Voltaire conforman un universo muy disímil cuyo reflector apunta a esos cuerpos femeninos que exteriorizan discursos que van más allá de sus coordenadas anatómicas y sus apetencias sexuales.

En una primera lectura quizás lo que más impacte sea el tono erótico y desinhibido. La intimidad al descubierto, el atrevimiento, los cuerpos implacablemente desnudos. Pero no debe perderse de vista el firme carácter subversivo de este libro que, mezclando prosa y versos, hace un rasguño peligroso a la imagen que se ha proyectado de las mujeres antillanas, desde hace siglos.

Aquí no se habla de esas heroínas negras, marcadas por la matrifocalidad, destinadas a un hogar donde ellas son el centro. Ni tampoco se profundiza en el mito desde el cual todas esas mujeres han sido curanderas y sorcières —para decirlo en el conocido término del caribe francófono. No se trata de seguir cargando sobre los hombros el incómodo y difícil rol medular. No importan las posibilidades de fundar o no una familia, ni las opciones para esa familia. Es, más que todo, la opción de hacer con el cuerpo lo que el cuerpo pida. Apropiarse de él, vivir en él, a través suyo…

Pero más que el cuerpo y sus vaivenes, lo que interesa es la custodia de sí. Poder gemir en palabras vulgares o dulces es el summun de todos los derechos. Y para ilustrar esa ruptura de mitos vale remitirse a «El amor materno», prosa cruel, agónica, cínica, punzante, en carne viva: «Un día, él se acercó demasiado al fogón. Se quemó la mano. La carne chisporreteó. Ella miró y con una sonrisa indefinida dijo Tendrás cuidado la próxima vez […]».

En más de un momento, alguno de los personajes femeninos dice: «Me mintieron» o «Mi madre me mintió». La alusión está clara. Nada es como lo habían anunciado, hay que hacer un camino propio, que vaya más allá de la tradición, más lejos que lo contado y trasmitido. Hay que salirse de ese linaje de mujeres que engrosan el álbum familiar, que conforman los retratos de los rostros muertos pegados sobre los espejos.

No obstante, Michèle Voltaire también muestra los tormentos de los cuerpos. Habla de dolores que no se cantan, de la rayuela escrita con tiza sobre el asfalto que en un abrir y cerrar de ojos desapareció —como la infancia— para convertirse en un juego macabro: el paso del Infierno al Paraíso, que se recorre saltando en un solo pie, a merced de todos los peligros.

La prostituta Altagracia y su hija Salomé; los hinchados ojos de la loca Clemencia; la mujer que amaba a un hombre que fue asesinado en Santiago de Chile en 1973 y la piel «arrugada y ajada como un mosquitero» de Hortensia Nerval son cuestiones de familia que no quedaron bien escondidas y que contradicen la idea de la adolescente que en «A cada uno su película», cuenta:

Cuando llegué a este país no hablaba el idioma. «¡Hola, hola! Todos decían “Hola”. Yo respondía con mi nombre. Creía que todos se llamaban Hola. Pronto logré apresar esas palabras extranjeras. En la calle me tocan la piel y los cabellos porque los negros traen la felicidad».

Ese es el gran desmentido de este conjunto, el mito-raíz hecho añicos. Es, para decirlo en los códigos del título de la última prosa del cuaderno: «La verdadera vida», el drama, la tragedia tropical, y es así porque este volumen nos permite asistir al descubrimiento del lazo real, la relación irrefutable que existe entre las protagonistas de esta obra y la verdadera identidad de nuestras mujeres negras caribeñas.

© All rights reserved Laura Ruíz Montes

Laura Ruíz Montes (1966). Poeta, editora, ensayista y traductora. Ha publicado libros de poesía en Cuba y el extranjero, de los cuales Los frutos ácidos y Otro retorno al país natal, obtuvieron en 2008 y 2012 respectivamente el Premio Nacional de la Crítica Literaria. También ha publicado libros de ensayos (centrado en la literatura caribeña), teatro y literatura para niños y jóvenes. Su traducción del francés de El exilio según Julia, de Gisèle Pineau obtuvo en 2018 el Premio de Traducción Literaria. Su último libro de poesía publicado es Diapositivas (2017). Su volumen Grifas. Afrocaribeñas al habla (entrevistas a treinta creadoras del Caribe anglófono, francófono e hispanohablantes) está en proceso editorial en el Fondo Editorial Casa de las Américas. Es la editora principal de Ediciones Vigía y la directora de La Revista del Vigía de esa misma editorial.

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