A mediados del siglo XIX, un poeta y editor poco conocido entonces concibió a su país, los Estados Unidos, como una promesa en expansión: no un Estado ya constituido o cosa terminada, sino un proceso abierto, una democracia en acto cuya energía emanaba del cuerpo común. Con un proyecto ontológico y político que imaginaba una nación capaz de reconocerse en la pluralidad sin neutralizarla, en la diferencia sin jerarquizarla, Walt Whitman compiló a lo largo de su carrera uno de los poemarios definitorios de la futura poesía del siglo XX: Leaves of Grass, u Hojas de hierba.
Leaves of Grass no fue un libro fijo ni cerrado: Whitman lo reescribió, amplió y reorganizó a lo largo de toda su vida. Entre 1855 y 1892 aparecieron nueve ediciones distintas, cada una con variaciones sustanciales en el número de poemas, su orden y su tono. La llamada deathbed edition de 1891–1892 suele considerarse la versión definitiva. Así, Leaves of Grass no es solo un libro publicado en una fecha determinada, sino un proyecto vital y poético en permanente expansión, inseparable del propio devenir de su autor y de su país.
Sí bien Martí lo consideraba vigente como una fuerza telúrica más que un artesano del verso, ya Whitman racionalizaba lo que el filósofo Richard Rorty llamaría más tarde una forma de patriotismo no identitario sino aspiracional: una lealtad a un «nosotros» aún por venir, más cercano a una fe cívica que a una doctrina. «I am large/ I contain multitudes» declararía en poeta neoyorquino en «Canto a mí mismo».
Pero muchas bombas han caído desde entonces. Guerras. Invasiones. Más guerras. Hasta localizarnos en un presente de miedos; un presente distópico e incierto. Whitman se ha vaciado de multitudes que son deportadas, encarceladas o, en su defecto, desaparecidas.
En efecto, frente al horizonte de entonces, el presente estadounidense de 2026 se ofrece como un contraste severo, no tanto porque haya traicionado por completo la utopía whitmaniana, sino porque la ha desplazado hacia formas paradójicas de simulación, administración y desgaste, donde la imaginación democrática es sustituida por la gestión del riesgo y la nostalgia de un pasado selectivo.
La utopía de Whitman postulaba, ante todo, una confianza radical en la democracia como experiencia sensible. La democracia no es para él un mero régimen institucional, sino una manera de sentir y de decir: una vibración que atraviesa cuerpos, oficios, lenguas, deseos. Como su poesía misma.
El poeta se propone como médium de esa vibración. Su «yo» es expansivo, hospitalario, capaz de decir «yo soy» sin excluir a los otros, porque ese yo está hecho de otros. La nación aparece así, como un coro sin director, una multitud no reconciliada pero sí comunicante.
En términos de la pensadora de la teoría democrática Bonnie Honig, se trata de una democracia entendida no como equilibrio estable, sino como campo de apertura conflictiva, siempre expuesto a ser reactivado. El conflicto no se niega, pero se integra en una visión de abundancia: hay lugar para todos porque el espacio —físico, simbólico, afectivo— parece inagotable, y porque la política no se concibe como clausura, sino como práctica incesante de reapertura, algo que Whitman semiotizaba en sus versos largos y cadenciosos.
La distancia entre Walt Whitman y el presente régimen estadounidense no se deja describir adecuadamente como una oposición entre ideal y desviación, entre promesa y fracaso externo. Se trata, más bien, de una traición inmanente, de una torsión del imaginario democrático whitmaniano desde dentro de su propia gramática afectiva.
Allí donde Leaves of Grass imagina una democracia fundada en la expansión del cuerpo común —un «I» que solo existe al disolverse en el «you» y en el «we»—, el trumpismo regente reinstaura un yo hipertrofiado, blindado, paranoico, que solo puede afirmarse mediante la exclusión y la exterminación. Borrar la diferencia es positivar el status quo. Pero para Whiman no había status quo: todo era errancia, transferencia, fluidez, flujo. La realidad no podía suponerse desde un punto fijo porque no hay punto fijo, solo movimiento.
El proyecto de Whitman, sin embargo, concibe la nación como un proceso de incorporación infinita. En «Song of Myself», el poeta afirma: «For every atom belonging to me as good belongs to you», inscribiendo la política en una ontología de la copertenencia radical.
El presente régimen de Donald Trump, por el contrario, reorganiza la nación como una propiedad cerrada, gestionada bajo la lógica del umbral, del muro y del permiso. La frontera —material y simbólica— deja de ser un espacio de tránsito para convertirse en fetiche soberano. No es casual que el muro (la segregación) funcione menos como infraestructura que como signo: una escenificación de la nación entendida ya no como cuerpo plural, sino como fortaleza identitaria de supremacía blanca.
Esta inversión afecta también al estatuto del pueblo inmigrante, que es la realidad que trae Whitman en «Song of the Open Road». En Whitman, el pueblo no es una identidad fija ni una esencia previa, sino una multiplicidad en formación, siempre incompleta, siempre por venir. El poeta no habla por el pueblo, sino desde su indeterminación. El trumpismo, en cambio, reduce el pueblo a una figura plebiscitaria, homogénea y reactiva, definida negativamente por aquello que excluye: migrantes, disidencias raciales, sexuales o epistemológicas. El «We the People» deja de ser una apertura performativa para convertirse en una consigna de cierre.
Aquí la traición no es solo política, sino semiótica. El lenguaje whitmaniano —expansivo, enumerativo, hospitalario— se ve reemplazado por una retórica de la simplificación agresiva, del eslogan, de la repetición vacía. Donde Whitman multiplica voces, Trump reduce el discurso a una cadena de signos saturados («great», «tremendous», «fake») que no buscan describir el mundo, sino imponer una atmósfera afectiva. Como ha señalado Lauren Berlant, este tipo de retórica produce una forma de apego cruel: una promesa de pertenencia que se sostiene sobre la perpetuación del daño.
Asimismo, el régimen de Trump desarticula una de las intuiciones más radicales de Whitman: la inseparabilidad entre democracia y vulnerabilidad. En Democratic Vistas, Whitman insiste en que la democracia no es un sistema de garantías, sino una práctica arriesgada, expuesta al error, al exceso y a la mezcla. El trumpismo, por el contrario, sustituye esa vulnerabilidad constitutiva por una fantasía de inmunidad: inmunidad frente al otro, frente a la historia, frente a la interdependencia global, lo que Achille Mbembe ha descrito como una política de la hostilidad, en la que la soberanía se ejerce no produciendo mundo, sino gestionando quién puede ser desechado.
Finalmente, la traición a Whitman se consuma en el plano del tiempo histórico. El poeta imagina a Estados Unidos como una nación orientada hacia el futuro, no en términos de progreso lineal, sino como apertura permanente a lo que aún no tiene nombre. Trump, en cambio, instala una temporalidad regresiva, encapsulada en el lema «Make America Great Again», que no remite a un pasado concreto, sino a una nostalgia sin objeto, funcional a la clausura del porvenir. En este sentido, el trumpismo no solo traiciona a Whitman: desactiva la posibilidad misma de una imaginación democrática.
La pregunta que queda abierta —y que el ensayo no debería clausurar— no es si Whitman puede «salvarse» del trumpismo, sino si su poética aún puede operar como fuerza crítica en un régimen de simulación democrática, donde los signos de la democracia circulan desligados de sus prácticas.
Tal vez, hoy, leer a Whitman no implique recuperar una utopía perdida, sino aprender a reconocer el punto exacto en el que esa utopía ha sido apropiada, invertida y puesta a trabajar contra sí misma.
Tal vez hoy las multitudes en Whitman son las que se arrojan al frío gélido de un invierno cruel en la calle.
© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.
En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.
En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.