PERIODISMO: ANTECEDENTES DE UN OFICIO. Eduard Reboll

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No tenía más de siete años, el pantalón aún era corto y mis ojos radiantes por averiguar cualquier enigma. Mi abuelo, después de comprarme un helado de turrón y enseñarme el lenguaje del barrio aquel viernes, me cogió la mano y casi a empujones me introdujo en El Molino, la famosa sala de music hall en Barcelona. No entramos directo a la platea…sino dentro el camerino. Ante mí, unas lentejuelas y varias plumas sobre la piel de un bailarín. En la boca de una vedette -La Bella Dorita o La Maña, si no recuerdo mal- un carmín bien tupido. Cerca de los roperos, la luz aparecía baja; y luz directa, en cambio, sobre la cara de una stripper frente al espejo. Erizados como la punta de su pintalabios, unos pezones con un broche falso de diamantes. “¡Qué hace este niño aquí…sáquenlo¡”. Alrededor, la ilusión por salir a escena de todo el cuerpo de baile. Entre bambalinas, observando a los espectadores a través del telón, vi algún que otro rostro de hombre con su baba en el dedo índice. A mi lado, un tramoyista acaricia mi cabeza y me sonríe: “!Qúe te parece este mundo eh!…dime qué te imaginas!”. La respuesta; la propia a esta edad: “Yo no sé “. A continuación, mi abuelo le da un beso en los labios a una mujer cerca del proscenio. Un corpiño negro, le sostiene sus pechos. Ella va maquillada con “harina”, según sus palabras. Al cabo de un rato, pega un silbido con ambos dedos y abre sus cejas para llamar mi atención. Salgo corriendo. Hacia casa, mi abuelo me dice: “Éste es un circo distinto…no hay animales salvajes, sin embargo, hay muchas mujeres que se visten de payaso”.

Preguntas

¿Qué pasaba en aquella habitación llena de bombillas en los espejos? ¿Por qué las mujeres usaban aquel vestuario para sentirse distintas?. Y más aún… ¿Me mintió el trúhan de mi abuelo con aquel relato?

2

Un domingo cualquiera de diciembre. Años 70. Navidad cerca. En el Salon Gran Price de la ciudad de Barcelona hay un combate de lucha libre americana. Yo estoy sentado junto a mi padre. El ring está vacío; la sala llena. Un microfóno  desciende del cielo y el juez anuncia el espectáculo . “Señores y señoras a mi derecha El Demonio Enmascarado, Juan Galván… A mi izquierda el León del Barrio, Vicente Febrer”. Al primero se le encienden unas luces púrpuras de su cabeza y le arropa un manto negro en sus hombros. La gente le silba y le espeta un sonado “Buuuuhhhh”. El segundo viste un body de oro y una capa de pieles salvajes. Se coloca en medio de un foco cenital y empieza a rugir mientras se golpea los pulmones con el puño cerrado. El salón en pleno lo vitorea y lo aplaude. Empieza el combate. Los luchadores escudriñan el cuerpo del contrincante. Circulan alrededor en busca de la piel del otro. En un momento determinado, y después de varios intentos, el “león” agarrra por la cadera a su oponente. Lo voltea. Coloca su espalda contra las cuerdas y lo lanza fuera de la zona de lucha. El público se alza en gritos: “!Mátalo!”. El “demonio” cae a los pies mismos de una mujer que viste un abrigo de visón. El juez baja del ring y levanta la mano mientras sopla con vehemencia su silbato. Toda la primera fila lo abuchea “!Al infierno; mándalo al infierno!”. De una manera despectiva la señora se levanta; lo patea y le pone el tacón de su zapato rojo en la boca. Los espectadores no cesan de emitir sus aullidos y humillarlo “!Dale…dale!”. Se acerca al ruedo “el león” y con sus uñas se abre paso. El público de las primeras gradas se retira. Levanta a su satanás. Lo zarandea. Y le da varios cabezazos en la frente. A petición del árbito regresa al ring. Alza con las dos manos su broche de oro de campeón. Y unas bragas del mismo color que el calzado de la señora se le enredan junto a su victoria de metal. Aquella mujer  mira fijamente con ojos demiurgos a su as, y El León del Barrio escupe al suelo. En medio de aquel infierno de gloria y locura en oro, tomamos nuestras prendas y huímos de inmediato. Mi padre está feliz.

Preguntas

¿Cómo es que la mayoría iba a misa y sólo unos pocos, como mi progenitor y yo, “pecábamos” a las 12 del mediodía con aquel espectáculo bochornoso? ¿De qué manera un árbitro determina el valor del “teatro” en aquella pelea cuerpo a cuerpo? ¿Qué papel jugó aquella mujer en primera fila…y por qué se encontraba allí cómo parte del show defendiendo al “león bueno”?

3

Día 18 de mayo de 2007, Miami. Rogelio Diamond, profesor de comunicación en el Máster de Periodismo de MFU (Miami-Florida University) está impartiendo la última clase. Los estudiantes, distendidos con una coca-cola en la mano mientras comen unas empanadillas y alguna croqueta escuchan al profesor. Sentados en sus pupitres, pocos son los que toman apuntes. Hay una humedad latente. El agua de una tormenta que se acerca, pronto va a descargar su ira. Mr. Diamond se dirige a la clase: “Díganme…¿Qué interés tenía Truman Capote para que A sangre fría fuera narrada como una noticia de sucesos de trescientas páginas?”. Un alumno se levanta para abastecerse de más soda y, al acercarse, le dice…“Profesor quedan pocos minutos para acabar el semestre…please”. La gente no está prestando demasiada atención en este momento. Se oye como un murmullo. De repente, María Juliana Sónsoles una estudiante de San Juan de Puerto Rico le contesta…

“A la edad de 17 años mi hermana gemela y yo estábamos en la habitación; ella arreglaba sus blusas en el clóset y yo escribía en mi diario cerca de la luz natural. La ventana daba a la casa de enfrente. Allí vivía una pareja que tenía muchas plantas en el balcón. Él trabajaba en la carnicería del supermercado de la esquina y ella como costurera en un taller de tejidos. La tarde era hermosa y cercana al ocaso. Una vez acabó de regar aquella mujer sus flores, el hombre puso las manos en la cintura de su esposa y miró hacia el cielo, como si su felicidad y el universo tuvieran el mismo nombre. Yo describí aquella escena en mi cuaderno desde la añoranza por no poder vivirla en aquel instante. A los pocos segundos, unas gotas espesas surgieron de su boca, como un pequeño vómito rojizo. Yo pensé que era una herida de algún herpes en su labio y que iba a ser curada al momento por su marido. Pero no. No fue así. Él seguía con las manos entrelazadas a su cuerpo mientras la hemorragia ya llenaba toda su bata del hogar. La cabeza se dobló en el hombro de él y la cara se amorató. Estuve en silencio por un rato contemplando aquella escena sin ser advertida. Fui incapaz de gritar o avisar a nadie. Atónita, no pude apartar la vista. Al girarme, mi hermana me dijo ‘todas tus blusas de flores están en el lado derecho y las mías las puse plegadas en los cajones de abajo’. A continuación cerré mi diario. Al cabo de tres días, el periódico El Vocero anunciaba en su página de sucesos el envenenamiento de Sebastián Orduña a su esposa. En su cartera encontraron un billete de avión hacia Santo Domingo para dos personas”.

El profesor Diamond se sentó en un lugar vacío frente a María Juliana y tomando sus manos mientras le miraba a sus pupilas azules le dijo. “¿Por qué has escogido esta profesión?”. Ella, con los ojos tan aguados como las gotas que ya salpicaban con fuerza el ventanal de la clase, nos dijo a todos:“No tengo respuesta…lo sé”.

Preguntas

No hay

4

Recuerdo que Mario Diamond antes de cerrar la luz del aula nos dijo. “Si no se hacen preguntas …será mejor que se dediquen a regar su jardin y abandonen el oficio”. Ésta es la respuesta a esta profesión…preguntas y más preguntas

Preguntas

¿por qué desde siempre necesité respuesta…a todo?

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Eduard RebollEduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

email: eduard.reboll@gmail.com

4 responses to “PERIODISMO: ANTECEDENTES DE UN OFICIO. Eduard Reboll

  1. Lo peor de preguntar es que en muchas ocasionesr las respuestas no son lo que esperamos, aun asi seguiremos preguntando.

  2. Qué interesante Eduard. Los orígenes de toda vocación son singulares, un padre y un abuelo sui generis además de experiencias tan insólitas para un niño no pueden menos que despertar en él la curiosidad y las preguntas, seria interesante para cada uno de nosotros preguntarnos qué fue lo que prendió en cada cual la llamita.

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