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Abril 2026

LA PALABRA INSACIADA: sobre unos poemas de Chantal Maillard. Elidio La Torre Lagares

El hambre, primer orden de problemas en la existencia, no se reduce a la falta; es una forma de intemperie que respira. No comparece como vacío pasivo que aguarda ser colmado, sino como una oquedad activa que delibera. En su cavidad se articula una inteligencia oscura: no pide únicamente alimento, sino sentido. Es un espacio que medita desde la multiplicidad de los deseos, un intersticio donde el cuerpo y la idea se interrogan mutuamente. El hambre, así entendida, no suplica saciedad; rompe en pensamiento.

En Decir el hambre, una selección de poemas de Chantal Maillard publicada por la Fundación Inquietudes de Madrid, el hambre, en lugar de comparecer como mero tema, se asienta como condición. No se limita a nombrar la falta de alimento ni la precariedad económica ni la injusticia social —aunque todas esas dimensiones se insinúan—. El hambre es, ante todo, una forma de estar expuesto. Una ontología en negativo. Una manera de habitar el mundo sin la ilusión de plenitud.

Maillard no escribe sobre el hambre: escribe desde el hambre. Y ese desplazamiento es decisivo. Porque escribir desde el hambre implica aceptar que el lenguaje mismo está en falta. Que la palabra no sacia. Que decir no colma. Cuando el texto recuerda que «Nada es permanente. Menos lo es la palabra… La lucidez es una chispa», no está proponiendo una teoría del conocimiento; está señalando una intemperie radical. La chispa no construye hogar. Apenas ilumina y se extingue. El hambre es esa chispa prolongada: una conciencia que no se estabiliza.

En el siglo XXI, donde todo parece orientado a la satisfacción inmediata —consumo, identidad, opinión—, el hambre en Maillard opera como resistencia.

Frente a la economía de la abundancia simbólica, propone una economía de la escasez deliberada. Escribir con «palabras pequeñas… muy concretas… para no mentir»  es un gesto de austeridad ética. No se trata de empobrecer el lenguaje, sino de impedir que engorde de falsedades. El hambre aquí es disciplina: una negativa a ingerir cualquier discurso disponible.

La palabra, en Maillard, no es alimento seguro; es riesgo. Cada frase se aproxima a la experiencia con cautela, consciente de que el nombre puede traicionar lo nombrado. «No pondrás nombre al fuego», decreta en el poema al que este verso da título. Esta prohibición no es un capricho místico; es una advertencia política: nombrar es domesticar; clasificar es apaciguar.

El fuego, convertido en concepto, pierde su quemadura. En tiempos donde la catástrofe se traduce en estadísticas y el dolor en titulares, la metáfora del hambre preserva la aspereza de lo real. El hambre no permite que la experiencia sea digerida por el sistema de signos.

Pero el hambre no es sólo una cuestión del lenguaje. Es una condición del cuerpo. En «Escribir (fragmentos)», la noche íntima se ve atravesada por la muerte de un niño. La escena no es heroica. No hay discurso inflamado. Hay desvelo. Hay perturbación. La muerte remota no permanece afuera; se instala en la habitación. El cuerpo que escribe se convierte en superficie de inscripción de una carencia colectiva. Aquí el hambre se vuelve política en el sentido más profundo: no como consigna, sino como sensibilidad herida.

El siglo XXI ha sofisticado la administración de la vida y de esto no le queda duda a nadie, mucho menos a los que nos autodenominamos poetas. Cifras, gráficos, algoritmos que anticipan comportamientos. La predictibilidad como el resultado del cálculo. Como la operación matemática que no se agota porque siempre dará el mismo resultado, el que se espera, el que se anticipa. La violencia se gestiona como dato, pero el hambre no es algoritmo. Es el resto que la estadística no absorbe. No es información; es inquietud. «¿Para consentir? ¡escribir para rebelarse!». Ya lo dijo June Jordan: escribir es un acto político porque requiere lectura, lectores, gente. La rebelión no consiste en gritar más alto, sino en no consentir la anestesia. El hambre mantiene abierta la herida que el discurso oficial intenta suturar.

Hay, sin embargo, una dimensión más íntima del hambre: la del yo que no se sostiene. En el libro, la identidad no es sólida; es tránsito. Lo intuido se pierde cuando se convierte en pensamiento. La conciencia no retiene. La experiencia se escapa. El hambre es esa fuga permanente. El sujeto no es centro lleno, sino espacio atravesado por una falta constitutiva. En un tiempo que exige coherencia y autoafirmación, esta fragilidad es subversiva. El hambre impide que el yo se convierta en empresa. Lo devuelve a su vulnerabilidad originaria.

Esta vulnerabilidad no es debilidad; es lucidez. El hambre es una forma de atención. Una vigilancia que impide la complacencia. Cuando el texto evoca el “pueblo que fuimos”  , no lo hace para restaurar una nostalgia ingenua. La comunidad aparece como algo deshabitado, como fuerza dispersa. El hambre aquí es comunitaria: no falta de individuos, sino falta de vínculo. No hay bloque compacto; hay hilos que se rompen y recomponen. La comunidad no es plenitud; es trama precaria. El hambre mantiene esa precariedad visible.

En este sentido, el hambre en Maillard puede leerse como una metáfora del siglo. Un siglo marcado por la crisis ecológica, por la erosión de lo común, por la saturación informativa. El hambre no es sólo física; es ontológica. Es la conciencia de que el mundo no está asegurado. Que caminamos “sobre la misma pira”. La tierra arde y el lenguaje intenta medir la llama. Maillard desconfía de esa medición. El hambre es la negativa a aceptar que el fuego pueda reducirse a concepto.

Hay también una hambre de verdad. Pero no una verdad dogmática. En el “Conjuro”, la interiorización de la norma se revela como mecanismo de control. La conciencia se convierte en ministro de asuntos interiores. La verdad puede ser instrumento de dominación. “Ser libre no es un don, es una reconquista… a menudo es preciso callar”. El hambre aquí es deseo de una verdad no domesticada, pero también sospecha ante toda verdad que se impone como alimento obligatorio. El silencio se vuelve acto de resistencia. No porque niegue el mundo, sino porque protege lo que el discurso masivo devora.

Poetizar el hambre no es embellecerla. Es devolverle su filo. El hambre no es metáfora ornamental; es estructura. Atraviesa el ser, el lenguaje, la comunidad, la política. Es la falta que impide la clausura. El pensamiento comienza allí donde algo no está satisfecho. El hambre es ese comienzo perpetuo.

En un mundo que promete plenitud constante —bienestar, visibilidad, reconocimiento—, Maillard propone una ética de la insuficiencia. No hay saciedad definitiva. No hay palabra final. Cada afirmación se abre a un «sin embargo». Cada certeza se quiebra. El hambre es esa grieta que no se cierra.

Y, sin embargo, el hambre no es desesperación. Es movimiento. Impulso. Lo que nos empuja a escribir, a pensar, a no conformarnos con el discurso dado. El hambre no destruye; despierta. No llena; mantiene alerta. En esa alerta reside su potencia política.

Decir el hambre no es resolverla. Es sostenerla sin traición. No convertirla en mercancía emocional ni en consigna ideológica. Escribir desde el hambre implica aceptar que el lenguaje no basta, pero aun así persistir. Persistir en la chispa, aunque se extinga. Persistir en el hilo, aunque se rompa.

El hambre es el lugar donde el pensamiento respira sin garantía. Donde la palabra se aproxima al fuego sin nombrarlo del todo. Donde la comunidad se reconoce frágil y, precisamente por eso, posible.

En el fondo, el hambre es una forma de amor sin posesión. Deseo que no captura. Atención que no clausura. Es la fidelidad a lo que falta. Y esa fidelidad —incómoda, exigente— es la lección más radical que el libro ofrece a nuestro tiempo.

No se trata de saciar el hambre. Se trata de no olvidarla. De no anestesiarla. De permitir que siga interrogando cada palabra, cada gesto, cada promesa de plenitud.

 

 

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

 

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

¡Buenas ficciones, ficcionautas! "No sólo hay que mirar la Luna y el dedo que la señala, sino también, a la otra mano que intenta robar la cartera" ¿Qué se diría de alguien que ejecuta la fuerza bruta, el engaño y la corrupción para gobernar un jardín de infantes? ¿Qué códigos comunicativos se preservan en ese tipo de molde? De una aberrante separación sobreviene la inercia de una lógica unión de lo inocente y lo perverso, lo femenino y masculino, configurándose así una quimera que posee un particular lenguaje de carencia y desmesura, péndulo carcelario entre represión y liberación que juega por la noche y el día. Una afectación en el núcleo familiar que condiciona las relaciones y organización del cuerpo y mente social.   "En la oscuridad, cualquier luz es suficiente, sin embargo una polilla podría dirigirse hacia una equivocada" Los adultos se acostumbran, pero qué escucharían de sus niños. ¿Dónde empieza y en dónde termina el jardín de infantes en realidad? Otros preguntarán, cuándo... La estupidez, no sólo puede ser correcta, distinguida, refinada, reconocida, premiada y asimilada, andar bien vestida y ser ilustrada, también puede viajar en carreta o a la velocidad de la luz, o estár en más de un sitio al mismo tiempo. La estupidez cuántica no escapa a la relatividad en dónde se convierte en infinita, porque allí fue engendrada. Y fue el cómico y cósmico, Albert Einstein, el que descubrió que su engaño se desvanece cuando su masa es cero. El producto y resultado de una fábrica, es lo que es, no puede ser algo más del propósito para lo que fue programado. Y en ella trabaja mucha gente que la confunde con La Vida, siendo simple teatro.  Lucro en el defecto y la resiliencia en la virtud, se hermanan y establecen "la normalidad" en la cadena de montaje de la empresa.  El resultado del adiestramiento con premios y castigos es convertir al premio en no ser castigado. Consecuentemente, ninguna persona es ajena a los efectos de la descomunicación. Aunque se adapte y compense el defecto y se terciarice la responsabilidad, la realidad terminará tocando a su puerta dejando en evidencia el principio de armonía. Las señales son inequívocas, las virtudes y defectos nunca mienten, y el dolor y sufrimiento siempre tienen razón. ¿Quién escribe el guión? Unos miran hacia la pantalla de cine y dicen, ¡es sólo ficción! y cuando le dan la espalda hablan seriamente de realidad, un show por el que ya han pagado, pagan y pqgarán. Éste dilema se soluciona dándose cuenta quién queda de un lado y quién del otro, y el qué, que se lleva a cuestas y el que se debe dejar. Pero... ¿Quién es el intermediario, ese extraño relator que cuenta lo que sucedió y sucederá, y lo que nunca ocurrirá oculto en su silencio? Es una encrucijada interesante, pero si nos adentramos al inframundo griego del defecto, nos remitirá al cercano mito de Jesús en su crucifixión, el ritual del sacrificio de la verdad, la libertad, el amor y la justicia, de la vida, que justifica al verdugo, al que se le transfiere ilusoriamente una responsabilidad que regresa mas temprano que tarde a cobrar la cuenta, así se posiciona como agente evolutivo o azote divino autorizado. Y por el otro lado nos encontramos con su resurrección en virtud, Cristo, una refrescante consciencia renacida lógicamente en el mismo cuerpo, que observa y comprende el fenómeno de la cruz y ficción. La frustración del iniciado ante la creída e inalcanzable perfección es la que se rinde ante el mas fuerte, la seductora muerte, y con ello adorar al intermediario, el que tiene el poder de matar y de su amenaza. Nadie luchó, lucha ni luchará por su vida mientras no muera la apariencia, como bien dice el manual. Sin embargo, ésta historia comienza una ficción antes, con la de un paraíso perdido y secuestrado llamado Dios, luego Estado, y ahora "I.A.", con la promesa de regreso hacia la tierra prometida, que es un muro de los lamentos. "Cuando la esperanza es lo último que queda, ya no hay miedo a esperar o de esperar la amenaza, y se la devuelve al baúl de los recuerdos para cuando se la necesite en primer lugar" Un mito conserva una condición existencial que puede ser una cárcel en la relatividad del defecto o bien un ejercicio para la virtud. Por eso la vida es cuento y la palabra ficción, y nos encantan sean bellos o de horror, pero mucho más vivirlos y compartirlos. La mecánica es la misma durante el tránsito o éxodo desde la sensación de ausencia hasta la presencia de consciencia. Los sueños de ausencia, claman por los de presencia, necesitando a los que lleven a su destino. Y en el puente aparece el intermediario que bien cobra o paga según se requiera. Es el genio de la lámpara que vende infinitos e insoportables futuros llamados deuda, dónde muere la alegría, que embargan presentes para enterrar pasados, y así alimentar el bucle de un autónomo circuito. Innumerables rayos simulan movimiento en su periferia, que hacen decir es cierto, es realidad, olvidando el centro desde donde parten.  Los puentes del defecto nunca unen nada porque su objetivo es aislar en la medida y convertirla en la única realidad, expulsando lo que sobra hacia el laberinto del misterio. Un puente se construye de una sola manera, ¡bien! El principio creativo no se hace esperar, el núcleo familiar requiere un mínimo de dos para dar a luz un hijo. "La luz y los ojos tienen sentido siendo uno, la vista, y su fruto en lo observado, por lo tanto, los ojos de vida ven vida, y los de muerte lo suyo. Mientras cuerpo y mente es en la carne, y su fruto en lo amado, un reflejo de nuestro espíritu" El (1;1); (1;0); (0;1) y (0;0), recrean el presente en el equilibrio de los polos, pasado en el retorno a la esencia, futuro en el avance trascendente y silencio del todo en la nada. No hay contradicción. Sin embargo se simula una cuando existe conflicto entre los polos. Cuánto más pequeño el mundo resultante, más intenso y efectivo el infierno, estado temporal en dónde igualmente se aplican los mismos principios vitales y su magna pero condicionada abundancia. En la dualidad del defecto, se encuentra la mafia de los autoelegidos en el lado bueno cedido, mientras del otro los auto expulsados, los esclavos.  El Angel, Rey y Soberano, es el que custodia el reino con su espada de fuego, de hierro y antivirus.  Mapa amo; territorio esclavo. La ficción es a su teatro, la interferencia a su intervención, la simulación en su simulacro. Su sistema de control es un conjunto de círculos de poder concéntricos que aparentan estár desvinculados unos de otros. Los oficiales juegan a favor de los intereses de la empresa, mientras los opositores en contra, de lo que se interpone a esos intereses. Los que brillan suelen ser captados para arrear a los incautos hacia el templo. Sectas individualistas y colectivistas bailan al mismo son. El arquetipo "amo y esclavo" son extremos de una misma vara o cuerda disonante. En el medio, ficciones fantásticas, legales y técnicas conforman la imaginaria frontera y manto de impunidad, un can Cerbero que muchos llaman verdad, acuñados con libros sagrados, Constituciones y softwares. Todo es perfecto hasta que no. Básica y consecuentemente, lo que se desea, sueña, piensa, dice y hace puede ser usado en contra del cliente. El amo parasita el sistema aprovechándose del proceso y apropiándose de los resultados de la virtud y el defecto en el gobierno de la carencia, utilizando el símbolo de la verdad como instrumento. Pero es un esclavo mas al estar obligado a sostener la consciencia ideal y relativa dónde brillan en la mediocridad, en su intento de llenar el vacío con lo superfluo. Por eso suplen su carencia con la fuerza bruta, el engaño y corrupción, que muchos creen y llaman inteligencia. El matrimonio confunde el desarrollo de su consciencia con la sofisticaciòn de su simbólico artificio físico y virtual, al que delegan toda su responsabilidad. A las tonterías, por ser tontas, no se les presta atención, sólo cuando empiezan a dar cosquillas o comezón, y luego al hacer daño es cuando se les llama problema, y sin falta, aparece un veloz carro de bomberos que siempre llega tarde, cuando ya se ha cosechado y cumplida la misión. Ningún iniciado, cliente, paciente, consumidor o creyente elige al presidente, Papa o rey, tampoco al director, juez, gerente, pastor ni general, y menos al dueño de la tierra, del dinero o de la  empresa en donde trabaja, pero es más entretenido creer que si, jugando en un carrusel movilizado por una montaña rusa de sensaciones. Un circo. El contrato es entre el uno y los ceros detrás de él. Unos saben, deciden y mandan, y otros ignoran, obedecen y se adaptan, y a cada parte le corresponde lo suyo, su administración y refugio. "Roma, el mal mayor y menor beben de una misma fuente, en cambio Amor, sólo hay uno" El amor es ciego y siempre jura eternidad en el matrimonio con la apariencia, sin embargo en la separación se quedará con lo amado. Por eso el cornudo es el último en enterarse pero el primero en saberlo. Más allá de la locura, sea una democrática, militar, teocrática, monárquica, tecnocrática o un pentágono de ellas, la humanidad avanza y siempre prevalece lo verdadero. La gente seguirá protegiendo lo amado, construido y festejado, cada vez más, sin sus cadenas. A pesar de todo ésto, no hay que ser tan duros ni egoístas, porque el engaño, la mentira y la apariencia, tienen sentimientos, aunque también sus días contados. La muerte de la apariencia es inevitable, y sucede en su transparencia dejando a todos desnudos, convirtiéndose la complejidad en materia prima creativa, para enriquecer y dar alegría en la simplicidad de ser humanos. Nadie puede esconderse ni esconder nada, y nada escapa a la mecánica con la que se programa el truco. Sin embargo desde niños nos encanta jugar a las escondidas, ser encontrados y encontrar, recreando puertas y llaves en la ilusión. Es lógico e inevitable inclinarse hacia la belleza, las estructuras perfectas armonizan por sí solas cuando sintonizan con otra en la que resuenan, especialmente en hechos más que palabras. Mientras la estructura ordenada de un sistema artificial que la simula, nunca es garantía de nada, si el que le da vida no la supera. "La mano guía al martillo y no el martillo a la mano. Pero si se quiere clavar un clavo con un revólver, hay que tener mucho cuidado, porque el arma no distingue entre amigo o enemigo, por eso, a las armas las carga el diablo" Si alguien descuidado se adentra en el cuento ajeno, no irá a dónde quiera, sino a dónde está predefinido ir. Y aunque esté confiado en lo que crée, sabe y obedece, es el programador el que los deja sin efecto para instalar una nueva regla. Una vez programado el Alfa y el Omega, las variantes son anecdóticas y suman las estadísticas. El programador creerá ser amo del tiempo, y el esclavo, estar en alguna parte de la secuencia. La conformidad emergerá de máximos falsos con mínimos verdaderos, de constantes mecanizadas en un mar de mecánicas variables que juegan a la incertidumbre. "Engañador y engañado; buscador y encontrado; soñador y soñado; amo y esclavo; pendulan mientras alguien lo vive" En tal caso, el cuento sólo será contado cuando lo haga suyo y le haya dado un fin, porque la verdad es de todos y no tiene dueño. Y aunque el cuento sea tan sólo un sueño, cuando despierte, podrá sentir que realmente ha amado, visto y escuchado, comprendido, vivido. Una vez disuelta la ilusión, surge el reencuentro con la inocencia antes perdida en su adulteración, entonces podrá realmente darse cuenta y elegir. La carne, al final de cuentas, concilia las posibilidades más extremas y aberrantes con la fragmentación en el olvido y la reproducción en el recuerdo.  "Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas" La apariencia al Arte, el engaño a los sentidos, la autoridad a la íntima consciencia, mientras la idiotez a su correspondiente museo. Entonces cumpliremos con el gran deseo del idiota emperador, el de quedar inmortalizado siendo un eco, soberano en su incapacidad de amar y de ser amado. ...y así nos despedimos de la estupidez, esclavitud y la tiranía, aunque muchos dirán hasta luego. Fin

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